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Domingo 07 de Agosto de 2016

Familia... ¿qué familia?

No existe una forma natural de ordenamiento y para muchos es difícil aceptar nuevos maneras de relacionarse. Qué lugar tiene el amor en la sociedad actual. Los desafíos del progreso.

La pertenencia a una sociedad requiere que los individuos que la integran se sometan al orden social establecido y compartan una ideología (en la que se incluyen principios éticos, jurídicos, políticos, ideales estéticos, ideas religiosas, filosóficas y económicas) propia de todo el conjunto. Esta pertenencia le ofrece a cada sujeto sentir como normales las condiciones de su existencia. De igual manera las distintas formas históricas de organización familiar participan de esa cualidad que nos permite ver como “natural” una forma particular de ordenamiento.

   Hasta finales del siglo XIX, era “natural” que los jóvenes no pudieran casarse sin el consentimiento de sus padres, quienes le elegían la pareja para formar una familia que conservase su linaje y el patrimonio familiar, y lo transmitiese a las siguientes generaciones. Las muchachas eran casadas con hombres mayores, puesto que éstos ya tenían una posición económica consolidada y podían brindarles protección.

La transición hacia la sociedad moderna produce un movimiento sísmico que arrasa con los vínculos históricamente afianzados, rompiendo con las tradiciones y los credos religiosos. Todo aquello que daba estabilidad al individuo, así como su cosmovisión, sus presupuestos ideológicos, son cuestionados o abandonados en el pasaje a la vida moderna.

   La familia no podía estar ajena a estos cambios. Cuando el sujeto pierde los lazos con la familia extensa, con las tradiciones históricas, cuando desaparece Dios y con él el cura, cuando se carece de vecindades amigables con las cuales se construye una historia compartida y una memoria colectiva, se produce una búsqueda de todo lo perdido en un vínculo con el otro, en las relaciones amorosas. La idolatría de la pareja es la contrapartida de las pérdidas que produce la vida en la modernidad. Si no hay Dios ni cura, ni la familia numerosa de otras épocas, ni vecindario estable y amistoso, ¿qué nos queda? Nos queda la pareja. Y entonces entra en escena el amor que adquiere una importancia desconocida en otros momentos históricos.

   Es así que a principios del siglo XX se establece como “natural” que la pareja se fundase en el amor “hasta que la muerte nos separe”, en el anhelo de los esposos de estar juntos, de procrear y educar a sus hijos, de compartir experiencias, de un intercambio emocional satisfactorio y la búsqueda de relaciones sexuales placenteras. La mujer deja de ser un súbdito para ser un ciudadano. Ahora es la “compañera” del hombre, con quien comparte su vida y la educación de los hijos.

   Debemos destacar la lucha que libró la Iglesia para que el matrimonio se fundara sobre el consentimiento de los esposos, en el amor de la pareja y no en la voluntad de los padres. De esta manera la Iglesia relativiza el derecho del padre, le quita un poder que quiere para sí. Más adelante será el Estado quien asuma el rol de la Iglesia como garantía de la libertad de los jóvenes para elegir su pareja. Otra gran transformación se produce a mediados del siglo anterior cuando el aparato productivo capitalista incorpora a la mujer en el mercado del trabajo. Es una verdadera revolución que comporta un cambio de actitudes, normas, costumbres. La inserción de la mujer en el mercado laboral en las mismas condiciones que el hombre, su independencia económica que confirma su libertad individual, la eficacia de los métodos anticonceptivos que le permiten el acceso a una sexualidad plena (ahora desvinculada de la conyugalidad y la maternidad), la posibilidad de una existencia que no necesita justificarse con el matrimonio, y aún más, muchas mujeres que aprecian su autonomía y libertad no quieren compartir su destino con un hombre y optan por tener sus hijos en soledad, son otras de las características de las relaciones posmodernas.

   En los tiempos actuales ya no son los hijos ni la conservación del patrimonio lo que más importa; el amor-pasión preside la unión de la pareja y la satisfacción sexual se transforma en un imperativo. Es más, muchas parejas se disuelven cuando el amor se termina. En la actualidad, las personas no aspiran a entenderse más o menos bien, buscan la satisfacción, la felicidad. La gente con frecuencia se separa porque sus expectativas acerca del matrimonio son muy altas, muy pretenciosas, y no toleran conformarse con menos de aquello que aspiran. Es un triunfo del narcisismo a costa de la relación de pareja.

   La experiencia de parejas que fracasan prematuramente ha llevado a otras a extremar las precauciones. Antes de emprender una asociación más comprometida, establecen una nueva forma de relación, los matrimonios “a prueba”. Estas parejas institucionalizan un modo de convivencia que de ser exitoso puede decidir el pasaje a la conyugalidad.

   Cualquier observador puede constatar la pronta disolución de muchas parejas de jóvenes y el paso de sus miembros a la formación de otras. Este fenómeno, producto de las condiciones socioculturales actuales, era impensado en otros momentos históricos. Los sociólogos denominan a este reemplazo de una persona por otra “monogamias sucesivas”. Podemos llamarlas también “monogamias seriales”.

   La familia tradicional no ha desaparecido, pero ahora se naturalizan otras formas de vínculos que se caracterizan por el carácter provisorio de las uniones y su reemplazo por otras. La familia para toda la vida comienza a ser una excepción y lo que pasa a ser común es la convivencia temporal de él o ella en parejas y familias distintas o en parejas que no conviven, que sólo están juntas los fines de semana, en viajes o en vacaciones. Estas convivencias suelen alternarse con períodos de soledad o de relaciones ocasionales.

   Cada vez, en mayor medida, el grupo familiar de un matrimonio con sus hijos deja de ser la norma. Mujeres divorciadas con hijos, madres solteras, están al frente de hogares en los cuales su pareja es intercambiable. Dado que la mujer en la mayor parte de los casos queda a cargo de los hijos y del hogar, va a constituir la variable “fija”, “estable” de la vida familiar, la cual se moverá a su alrededor. El hombre “circula” en estos lugares y sólo una nueva paternidad le otorga derechos de padre de familia, derechos que no puede ejercer o lo hace con conflictos sobre los hijos que su nueva pareja tuvo anteriormente.

   Las familias monoparentales están formadas por un solo progenitor (varón o mujer) y uno o varios hijos. En general son madres con hijos que por motivos diversos están al frente del hogar. Puede ser una opción voluntaria de mujeres que no quieren compartir su vida e hijos con un hombre, o el resultado de circunstancias indeseadas como el fallecimiento del cónyuge, el divorcio o separación, el rechazo del otro miembro a asumir la paternidad, o la adopción de un niño por una persona que no tiene pareja.

   Pero como las personas que se separan tienden a formar nuevas familias, las familias ensambladas ya tienen un largo recorrido y su expansión está asegurada porque los individuos no toleran la convivencia cuando el amor o la pasión disminuye o finaliza. Esta mayor complejidad familiar da como resultado las diferentes categorías de hijos: los míos, los tuyos, los nuestros, complejidad que se extiende a todos los vínculos con las sucesivas familias.

Grandes modificaciones

Pero en la primera década de nuestro siglo se produce un cambio radical en la institución matrimonial como nunca antes. Hablamos del reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo. Hasta la actualidad son diecinueve los países que lo reconocen como un derecho y otros dos en parte de su territorio.

   A los que anteponen la creencia de que el género de los progenitores sea decisivo para la elección sexual de los hijos, podemos afirmar que casi todos los casos de homosexualidad que conocemos provienen de familias heterosexuales. Si discutimos el bienestar de los menores, debemos señalar que los casos de maltrato infantil y de abuso sexual se producen en la intimidad de la hasta ahora Sagrada Familia. Y si nos referimos a la salud mental, tendríamos que prohibir el matrimonio heterosexual pues además de ciudadanos equilibrados es cuna de asesinos, pedófilos, violadores y enfermos mentales de toda índole.

   Si bien es una obviedad, vale la pena afirmar que los mismos méritos y virtudes y también las mismas carencias y deficiencias vamos a encontrarlas tanto en el matrimonio homosexual como en el heterosexual.

   Los matrimonios homoparentales crean nuevas formas de parentalidad; en aquellos formados por dos mujeres puede ser que convivan sin hijos o con los hijos de una o de ambas provenientes de anteriores parejas heterosexuales. Si hay deseo de hijos del matrimonio el camino es la inseminación con semen donado proveniente de un conocido o de un banco de esperma, o la adopción de una criatura.

   Las familias homoparentales formadas por hombres pueden adoptar, pero si esta no es la vía, encuentran una mayor complicación que el matrimonio entre mujeres. Tienen que recurrir a una donación de óvulos y luego conseguir un vientre sustituto o de alquiler, eso si uno de ellos es fértil. Vemos que los avances tecnológicos hacen posible la concepción fuera del cuerpo de la madre, en una probeta, circunstancia en la cual el óvulo, el esperma, o ambos, pueden provenir de donantes. Es más, si la mujer no está en condiciones de llevar un hijo en su seno, puede hacerlo una madre sustituta o de alquiler.

Triparentales

Otra constelación familiar es la de las familias triparentales, como la de Antonio que tiene un año y tres apellidos, siendo el primer hijo de un matrimonio homosexual en Latinoamérica en sumar a su documento el del padre biológico junto a sus dos madres, triple filiación concedida en la ciudad de Mar del Plata. Hay otro antecedente en el mundo en Canadá. Los padres de Antonio son Susana, Valeria y Hernán, amigos de vieja data, aun antes que las mujeres se casaran en 2012. El autor de la nota dice que: “La familia con un padre, una madre, niños, perro y jardín convive cada vez con mayor frecuencia con otras múltiples”.

   Otra noticia periodística informa que una docente transexual obtuvo la adopción plena de un niño. Es directora del Centro Educativo Eva Perón, en la ciudad de San Luis, donde ejerce cargos directivos en el ámbito de la educación desde 2009.

   El devenir histórico y las transformaciones de las condiciones materiales de nuestra existencia convierten en variables aquellas instituciones como la familia que creíamos permanentes e inalterables. Es posible que estos cambios hayan sido muy rápidos, pues en el transcurso de un siglo se altera de manera significativa lo que fue una constante durante milenios de cultura judeocristiana.

   Estas nuevas formas de convivencia merecerán el juicio negativo de los espíritus conservadores, que verán en ellas la disolución de una institución sagrada como la familia, y para otros constituirán un progreso que liberará a los sujetos de antiguas esclavitudes. Sea cual sea el juicio de nuestros contemporáneos, la historia sigue su curso.

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