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Sábado 22 de Mayo de 2010

Facundo

En este húmedo viernes de otoño, la peatonal Córdoba entera adora al dios consumo. “Verde y negro combinan”, le dice una adolescente a otra en el corazón del Paseo del Siglo. “Ahora voy por las zapatillas”, le informa una muchacha de largo cabello rubio a su madre también rubia, pero no natural. “Apurate que ya cierra”, le contestan. Más allá, detrás de las estatuas de plaza Pringles, una sombra melancólica las mira. Es la del poeta Facundo Marull.

En este húmedo viernes de otoño, la peatonal Córdoba entera adora al dios consumo.
“Verde y negro combinan”, le dice una adolescente a otra en el corazón del Paseo del Siglo.
“Ahora voy por las zapatillas”, le informa una muchacha de largo cabello rubio a su madre también rubia, pero no natural.
“Apurate que ya cierra”, le contestan.
Más allá, detrás de las estatuas de plaza Pringles, una sombra melancólica las mira. Es la del poeta Facundo Marull.
Nadie sabe dónde está Facundo. Si vive (algo improbable, porque nació en 1915) o si murió lejos de la ciudad que amaba, y a la que le escribió textos maravillosos que recién ahora han comenzado a ser leídos.
Nadie sabe dónde está, nadie contesta. Pero tampoco hace falta, porque lo que escribió vive.

“Ya no tengo mi casa en Rosario.
Ya no sabría dónde volver con mi mal humor
ni en qué sitio dejar la moto;
ya no tengo ni una silla en Rosario,
ni perro que me ladre,
ni el umbral de una puerta para sentarme a lamentarlo.
Ya no existe el hombre que odié
y que me odiara;
ni la esquina, ni el farol, ni la pared
que me amaba”.

La ciudad que recorrió Facundo Marull ya no existe. Plaza Pringles, la misma donde amó a una tal María Luisa a quien le dedicó un misterioso poema, asiste al triunfo de la superficialidad y el dinero. Tal vez alguien contemple todavía los altos plátanos cuando se vuelven color cobre antes que sus hojas tapicen las veredas. Pero esta tarde no los mira nadie: todos miran las vidrieras. Todos compran, compran, compran.

“Ya nadie me envía una carta, ni recorre los almacenes buscándome, ni me espera con la boca pintada, ni lamenta haberme conocido. Ya no recuerdo qué tranvía pasaba por el túnel de Sunchales, ni la casa de Arroyito, ni a Katouchka, ni el perfume de su cama, ni en qué balde enfriaba el vino, ni qué mentiras dije junto a su cuello hace tantos años que ni recuerdo...”.

La ciudad no sabe todavía quién fue Facundo. Los que caminan por plaza Pringles sin ver las estatuas no lo saben. No lo saben los jóvenes, lo ignoran los viejos. La ciudad sigue olvidándose de sí misma. En las aulas universitarias citan a teóricos franceses y releen por enésima y aburrida vez a Borges.

“Habrá llovido mucho en mi ausencia y en las alfombras
que se olvidan en el patio,
habrán colgado nuevos luminosos,
habrán nacido generaciones de poetas, de talabarteros,
de chiquilines sin porvenir que juegan en la misma calle
donde solía caer borracho junto al árbol que abrazaba y a veces veló mi sueño
y ahora sobrevive a la pena de nuestra separación...”.

Ya es casi de noche. Las hordas de consumidores comienzan a ralear y la oscuridad cubre con su manto generoso la calle sin rostro, el paisaje sin pasado, los hombres sin nombre, las mujeres sin alma. Facundo estará buscando un bar. Tal vez lo encuentre.

“...puedo no volver pero el viento que aúlla en las esquinas llorándome perdido y el barrilete que instaura su osadía en el azul del cielo y la pequeña que deshoja una flor silvestre y el chico que apedrea una vidriera y el pájaro de la plaza Pringles están poblados de mi ausencia.
Esa ausencia es como si yo hubiera regresado, como si estuviera de vuelta en cada rincón donde dejé un poco de amor”.

Yo también voy por una copa. La ciudad que amo ha retrocedido hace mucho. En el fragor, en el cambio incesante que destruye sin sentido, los refugios más tibios fueron canjeados por el progreso. La derrota es lo único que tenemos, pero no arriamos la bandera. Vamos por otro cielo.

“Cuando lo haya perdido todo, regresaré.
Quiero decir, ya no volveré a mi casa de Rosario que no tengo, ni al corazón de sus muchachas, ni a la casa de los amigos que me olvidan; miraré desde el insomnio de las estatuas a los nietos de sus hijos y al bisnieto del hombre que me odiaba, comentando el infortunio de los poetas de Rosario.
(Como si yo fuera otro Facundo Marull, descanso el brazo sobre los hombros del que soy y los dos –Facundo Marull y yo– escuchamos llenos de compasión al Facundo Marull que ya no tiene su casa en Rosario).
Y es triste en verdad, es triste”.

Tal vez Facundo no lo sepa, pero estamos haciendo su casa en Rosario.

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