Sábado 02 de Junio de 2012

¿Existen los "malos alumnos"?

Por Gabriela Dueñas / De cómo las escuelas y adultos responden a las diferentes necesidades que manifiestan niños, niñas y adolescentes a la hora de aprender

Entendemos al aprendizaje como una problemática compleja en la que convergen una multiplicidad de factores, y al mismo tiempo, como un proceso que se despliega en un contexto socio-histórico-político y cultural particular, necesitando de ciertas condiciones básicas que garanticen su concreción. Cuando estas condiciones no están dadas, aparecen problemas como indicadores que evidencian tal complejidad.

No resulta difícil pensar entonces que simplificar los mismos, depositando toda la responsabilidad en los alumnos, ha sido y continúa siendo uno de los atajos más frecuentes a los que solemos apelar los adultos para desinvolucrarnos, de manera particular los padres, los docentes y hasta no pocos profesionales especialistas en infancia y adolescencia.

Al respecto, y si hacemos un poco de historia, cualquiera podrá recordar que siempre hubieron en las escuelas niños, niñas y adolescentes que manifestaban dificultades particulares en sus aprendizajes y/o en su conducta escolar; ante quienes "y por su propio bien", sus familias y las escuelas redoblaban sus esfuerzos disciplinadores, trabajando en forma conjunta para "normalizarlos". Cuando nada de esto funcionaba, se los derivaba al circuito de grados de nivelación, al de educación especial o simplemente quedaban excluidos del sistema escolar, cargando en su mochila de "mal alumno" con todo el peso del fracaso escolar.

Preocupante. Muchas de estas prácticas aún en pleno Siglo XXI no parecen haber cambiado demasiado. Resulta preocupante observar que a pesar de todos los esfuerzos realizados por intentar transformar a las escuelas de educación común en inclusivas, aquellas mismas dificultades que hacían de no pocos escolares "malos alumnos" (desatención, desorganización, desinterés, indisciplina, etcétera) hoy no sólo parecen haberse incrementado, sino que todo indica que aún estamos muy lejos de haber encontrado alternativas para aquellas viejas soluciones, que durante décadas enarbolaron como estandarte el recordado lema "la letra con sangre entra".

En lugar de avanzar en involucrarnos en el análisis de los complejos problemas con los que nos desafían hoy tantos chicos en las aulas, insistimos en seguir pensando que las dificultades que ellos manifiestan son un asunto exclusivamente de ellos, atribuyéndoselos a diversos "trastornos" derivados de supuestas deficiencias neurocognitivas.

Sobre esto, y si se considera el aumento llamativo de niños que hoy transitan por las aulas portando diagnósticos-etiquetas (como ADD-H, TGD, TOC, TOD o dislexias, entre otros) convalidados incluso por "certificados de discapacidad" que ahora se tramitan con llamativa rapidez a partir de la orden de cualquier médico de cabecera, puede concluirse que el preocupante fenómeno que se viene observando de los "malos alumnos" devenidos ahora en "deficientes", "trastornados" y "discapacitados", reviste una gravedad que no puede soslayarse en la medida que lo que están en juego son nada menos que los derechos de los niños.

Niños, niñas y adolescentes que se ven afectados por la imposición de rótulos derivados de prácticas médico-pedagógicas que con ligereza los estigmatizan, obturando al mismo tiempo toda posibilidad de escucha acerca de diversos padecimientos que están intentando comunicar, con la esperanza incluso, que alguien en la escuela los pueda ayudar.

Niños solos. Así, con frecuencia, nos encontramos que detrás de un marcado desinterés por lo que está explicando una maestra en clase, hallamos a un niño angustiado porque sus padres se están separando, porque escuchó que su abuelo está muy enfermo o porque su papá deberá ausentarse por mucho tiempo de la casa por motivos laborales. Otras veces, se trata de niños u adolescentes que se sienten o están muy solos, durante muchas horas, entreteniéndose con distintos tipos de pantallas, y que cuando llegan a la escuela quieren casi como una necesidad imperiosa interactuar con pares, jugar con ellos, charlar mirándolos a la cara, pero el recreo no les alcanza!

¿Se puede alguien imaginar cómo puede llegar a sentirse un chico cuando además de padecer cotidianamente situaciones de violencia familiar, desbordado, llega cada mañana a la escuela y no puede dejar de comportarse como un "mal alumno"? Y ¿Qué le resta sentir o pensar de sí mismo si además de no encontrar a ningún adulto que lo escuche, en su lugar, lo someten a la administración de una serie de observaciones y de tests con el objeto de medirle su nivel de funcionamiento cognitivo, para concluir luego y rápidamente que es él quien padece de un trastorno por algún tipo de deficiencia?

Resulta oportuno quedarse pensando entonces si este fenómeno que se observa en cualquier escuela, por el cual pareciera ser que se han sustituido viejas prácticas que calificaban como "malos" a aquellos alumnos que manifiestan dificultades de adaptación escolar, por una novedosa tendencia a "patologizarlos y medicalizarlos", casi con "naturalidad", no debiera ser considerado hoy como un potente analizador, al que parece necesario atender respecto de lo que nos puede estar ocurriendo como sociedad en relación a nuestros niños y jóvenes en situación de aprendizaje escolarizado.

Desde esta perspectiva, es válido preguntarse también si esta tendencia actual a intentar "normalizar" conductas "desadaptadas", apelando a tratamientos médicos psicopedagógicos que permiten disciplinarlos rápidamente, no se trata en realidad de una especie de atajo que permite sortear las complejidades de un problema de otra índole, con el que hoy parece que las infancias y juventudes actuales nos interpelan a todos, no sólo a los maestros y profesores.

Rol de los adultos. Además en el mismo sentido y en consideración a otros aspectos del mismo problema, resulta válido considerar que ante los profundos cambios socioculturales que atraviesan la época, impactando de lleno en la modelación de nuevos tipos de subjetividades (nuevas formas de ser niño, niña o adolescentes), no pocos escolares padecerían efectivamente de déficit de atención, pero de déficits de atención de parte de sus adultos que, al no comprender aún bien cómo es que aprenden en la actualidad las nuevas infancias y adolescencias (porque de hecho, por fuera de la escuela, sí lo hacen) tampoco saben cómo enseñarles lo que se pretende que aprendan. Y, lo que resulta aún más grave, es que como se carece de un pensamiento que nos permita entender por qué se comportan de una manera diferente de lo que esperamos, tendemos a patologizar la diferencia, es decir, a vivirla como extraña, calificándola como anormal (por fuera de la norma) o como se estila decir hoy a partir de las sugerencias del DSM IV (Manual Estadístico de Trastornos Mentales) como un trastorno.

¿Por qué no pensar que esto de los "malos alumnos" en realidad se trata de un "problema escolar"? Es decir, de un problema que en primera instancia involucra a la escuela como institución, teniendo en cuenta, además, que es ésta la única institución social que se propone albergar a todas las infancias y adolescencias actuales, y que mal o bien lo viene haciendo, cada vez más horas por día y desde muy temprana edad.

(*) www.forumadd.com.ar

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