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Martes 14 de Octubre de 2014

Evo, o la exitosa estrategia de la retórica anticapitalista que cuida al capitalismo

La noche de la victoria —y aún ayer— el gobierno socialista de Bolivia debió confiarse, para proclamar su gran victoria, a dos multinacionales: las consultoras Mori e Ipsos.

La noche de la victoria —y aún ayer— el gobierno socialista de Bolivia debió confiarse, para proclamar su gran victoria, a dos multinacionales: las consultoras Mori e Ipsos. El tribunal electoral tenía un retraso de escándalo. Hasta para anunciar su victoria el socialismo bolivariano depende de la empresa privada. En su discurso de la noche del domingo, Evo homenajeó a Fidel y Chávez y dijo que el suyo era un triunfo contra “el capitalismo”. “Es un sentimiento de liberación de nuestros pueblos. ¿Hasta cuándo seguir sometidos al imperio o al sistema capitalista?”, preguntó a la multitud. Bueno, si se estudia su política económica, bien se le puede responder: hasta siempre. Desde que asumió en enero de 2006, Evo, acompañado por el economista Luis Arce, archivó una revolución a la cubana y apostó a un prolijo capitalismo de Estado. Complementado por un modelo político de rasgos autoritarios inocultables, en los que la división de poderes y la libertad de prensa han sido reducidos, perseguidos o eliminados.

Evo, como toda la izquierda latinoamericana, recurre a una retórica anticapitalista, socialista y enemiga acérrima del “neoliberalismo”. Pero lo cierto y certificado es que, cuando es exitosa como en Bolivia, esta izquierda, practica, muy lejos de la revolución, el capitalismo. Capitalismo de Estado, pero fuertemente asociado al capitalismo privado, que suma en dosis abundantes, sino predominantes. Esto se completa con un modelo político autoritario que en el caso boliviano ha producido 750 dirigentes exiliados y refugiados (dato que explica en cierta medida la baja competitividad electoral de la oposición: algunos de sus mejores hombres han huido para no terminar en las cárceles del “jefazo” Evo) y muestra un abierto desprecio por la democracia representativa (división y balance de poderes, alternancia en el gobierno de fuerzas políticas diversas, etc), rasgos que asocia con el viejo país oligárquico de las élites blancas.

Un ejemplo entre muchos posibles de esta sustitución de hecho de la revolución socialista proclamada en los discursos por el capitalismo, que sigue siendo condenado retóricamente, es la falsa nacionalización de los hidrocarburos del 1º de mayo de 2006. Por astucia del presidente y sugerencia del ministro Arce, esa “nacionalización” fue en verdad una readecuación forzada de los contratos de las multinacionales. Medida drástica, pero nada parecida a las nacionalizaciones de los años 40 o las contemporáneas del chavismo. Un muy propalado 82% de beneficios para el Estado duró sólo unos meses, hasta que se firmaron los nuevos contratos. Repsol y Total, entre otras “multis”, siguen hoy en Bolivia. En 2006 el Estado les aumentó sustanciamente los impuestos, pero desde niveles bajísimos, y declaró la propiedad estatal “en boca de pozo”, una abstracción sin efecto concreto. Hasta ahí llegó el gobierno socialista. Además, posteriormente reformó la legislación para atraer capitales al sector. Otro ejemplo: el ministro Arce está buscando activamente mejorar la calificación crediticia de Bolivia. Ficht y Standard &Poor’s, entre otras agencias, van mejorando la “nota” de Bolivia, que hoy accede a los mercados de deuda por poco más de 4% de interés. Resulta interesante reproducir el análisis del buen comportamiento de la economía boliviana que hacen estas agencias de Wall Street. Ficht Ratings resaltó, al subir la nota de Bolivia este año, “el alza de la producción del gas natural, las reformas legales de hidrocarburos, la inversión pública y el desempeño de las empresas estatales entre 2013 y 2014, lo que bajó la incertidumbre regulatoria y los riesgos de nacionalización fomentando una mayor participación privada”. La calificadora también destacó los “continuos superávits fiscales, la reducción de la deuda pública y el control de la inflación que mantienen la estabilidad macroeconómica”. Todo un canto a la ortodoxia económica.

El socialismo revolucionario aplica lo que funciona, que es —desde Asia a América latina— el capitalismo. Este puede ser privado con regulaciones estatales, como en todo el mundo desarrollado, donde además solo existen democracias muy institucionalizadas y maduras; o capitalismo de Estado asociado con el capital privado transnacional, en un contexto de “democracia autoritaria” (Bolivia, Ecuador, Venezuela, Rusia, etc), con instituciones débiles y totalmente sometidas al poder político. Este capitalismo de Estado tiene además mucho «management» de formación privada, como se ve en la brasileña Petrobras o la argentina YPF. Petroleras que cotizan en bolsa, en la local y en Wall Street. De manera que cuando le va bien o razonablemente bien, como en los casos de Bolivia y Ecuador, la izquierda practica esta combinación de capitalismo de Estado y seducción activa del capital privado, doméstico y extranjero, que es vital para sus proyectos. El ecuatoriano Rafael Correa, economista formado en EEUU, también lo tiene claro, al punto que no eliminó la dolarización del “neoliberal” Jamil Jauad, vigente desde hace 14 años: el dólar estadounidenses es la única moneda de circulación legal en el Ecuador bolivariano. Cuando la izquierda cae, en cambio, en la mala praxis populista a fondo, como ha hecho el chavismo en Venezuela, el resultado es una hecatombe, política, económica y social.

Paraguay, con nuevo embajador

Evo Morales recibió las cartas credenciales del nuevo embajador de Paraguay, Julio César Vera, quien vino a ocupar un cargo que estaba vacante desde hacía seis años. Morales y su colega paraguayo, Horacio Cartes, reanudaron la relación bilateral en diciembre del año pasado. El vínculo había sido interrumpido a mediados de 2012, tras la destitución del presidente paraguayo Fernando Lugo.

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