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Sábado 25 de Agosto de 2012

Estudiantes de la Ucel y una experiencia solidaria en el Chaco

Viajaron para colaborar con las necesidades de la comunidad toba. Son alumnos de distintas carreras universitarias

Ante la pregunta recurrente de por qué viajar a otra provincia a cubrir las necesidades de una comunidad aborigen que también habita en la ciudad de Rosario, Fabián Rey,  capellán de la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano (Ucel) explica el origen de esta iniciativa. “Es otro el sentido y valor que le damos a las cosas cuando logramos salirnos de la rutina y nos trasladamos a otro lugar. Esta vivencia significa un click en nuestras vidas y no somos los mismos cuando regresamos. Pero esto no quiere decir que no podamos ayudar también a la comunidad toba asentada en nuestra región”.

Cuando no sólo se trata de brindar asistencia sino de lograr una transformación social  que a largo plazo mejore las condiciones de vida de un sector de la población, el sentido solidario de una acción tiene otra razón. Dispuestos a resignar su rutina y las comodidades propias de la ciudad, un grupo de trece estudiantes de la Ucel decidió emprender su primera experiencia. El capellán Rey y una empleada de la universidad completaron el cupo que a principios de agosto partió rumbo al Chaco. Visitaron Castelli, Pampa del Indio y Villa Río Bermejito, un pueblo de ochocientos habitantes aproximadamente, donde el 75 por ciento pertenecen a la comunidad QOM. También estuvieron en el Paraje El Colchón, para compartir una tarde de juegos con los niños del barrio.

Vocación de servicio. Esta iniciativa que los acercó por primera vez a la comunidad QOM fue posible gracias a la conexión establecida entre la universidad y la iglesia Metodista en el Chaco. “Desde el voluntariado de estudiantes de la institución, pensamos realizar un trabajo vinculado al servicio solidario, así surgió la posibilidad de acercarnos a la comunidad toba. La solidaridad y la vocación de servicio de los habitantes del lugar facilitaron el ingreso en la comunidad, algo que no siempre resulta sencillo. El pueblo QOM tiene mucho para dar pero también quieren saber quiénes somos nosotros y conocer a las personas que vienen a ayudarlos”, destacó Rey.

En cada una de las tres localidades que recorrieron, el objetivo fue siempre el mismo: establecer el primer contacto con estas comunidades, conocer su manera de vivir, pensar y de organizarse. “Unos meses antes de viajar nos dijeron que no llevemos ropa sino materiales de estudio. A veces no se trata sólo de ofrecerles una ayuda material sino también otras herramientas para que puedan mejorar su calidad de vida y educación”, dijo el capellán.

Este viaje, que comenzó a programarse cuando decidieron recaudar fondos para la compra de útiles escolares y materiales de estudio, logró finalmente concretarse. “Cuando llegamos el silencio y la tranquilidad del lugar nos sorprendió tanto como el afecto y el respeto de sus habitantes. Tienen un ritmo pausado y contrastan permanentemente con nuestra forma de ser”, dijo Estefanía Odetto, estudiante de derecho de 5º año y además una de las impulsoras del viaje. El grupo se alojó en las instalaciones de una escuela, y comenzó a recorrer el lugar, también se pusieron en contacto con algunos centros de salud y escuelas bilingües. Los jóvenes encontraron el sentido de un viaje que los había llevado hasta allí: las necesidades más inmediatas que atraviesa la comunidad, entre ellas la alimentación, la higiene y la salud.

Necesidades. “Los chicos padecen con frecuencia desnutrición o anemia. Si bien en los últimos años, la implementación de planes alimentarios ha mejorado la calidad nutricional, el sistema de salud no alcanza a cubrir los requerimientos mínimos. La sequía de la zona y la falta de recursos para acceder al agua potable ocasionan constantemente problemas de vómitos y diarreas en la población”, dijo Carla Paturzo, alumna de nutrición de cuarto año.

Este intercambio con médicos y gente del lugar, le permitió conocer parte de la situación que enfrentan a diario. “Regresé del viaje con ganas de continuar con el proyecto, porque me sentí muy cómoda”, agregó acerca de una experiencia difícil de transmitir.

Este proyecto que al principio generaba dudas e interrogantes con respecto a la convivencia del grupo, el recibimiento de la comunidad toba y el modo de prestar ayuda, logró derribar barreras y temores. “Cuando llegué al lugar sentí que había tomado la decisión correcta y si la semana que viene surge otro viaje, no lo dudo aunque tenga que trabajar el doble a la vuelta”, aseguró Federico Ibarra, otro de los estudiantes.

Vivencia grupal. “En el Chaco nos dimos cuenta que todo el grupo empuja hacia el mismo lado, aunque el trabajo se vuelva arduo. Cada logro por más pequeño que sea requiere esfuerzo y, a veces no es fácil apartarse de la vida cotidiana individual”, dijo Federico. “A veces ayudar al otro se vuelve un acto egoísta, que simplemente nos gratifica sin esperar nada a cambio, y que igual nos sorprende cuando el otro nos manifiesta su agradecimiento”, continuó Federico.

Vínculos. Otro de los integrantes del viaje fue Santiago Baridón, ingresante de primer año y el más joven del grupo. En este camino de más de 700 kilómetros que distanció al grupo de la rutina laboral, del estudio y de la familia, y lo acercó a otra realidad, y el alumno expresó su pensamiento. “En este viaje donde todos apostamos a aprender y saber más no sólo del pueblo QOM sino del otro estudiante y compañero, me llamó la atención la escasa relación que existe entre la comunidad toba y el resto de los habitantes a los que ellos llaman «raza blanca» o criollos. Estos consideran al aborigen un haragán que no quiere trabajar, tampoco respetan su cultura y su forma de vivir, diferencias que no tienen que ver con el intelecto sino más bien con su lengua materna”. El alumno también rescató el deseo de progresar y estudiar que impulsa a los aborígenes a terminar “con una discriminación racial histórica”.

También se sumó al grupo Verónica Rimoldi, empleada de la universidad: “El viaje superó nuestras expectativas, nos llevamos mejor de lo que nos podíamos imaginar, disfrutamos y tratamos de compartir todo, y siempre repartíamos los tareas grupales”.

Verónica rescató la experiencia que vivió el grupo, el contacto que lograron establecer con los más chicos, y también el esfuerzo que implica para los adultos sostener su cultura. “Todo les cuesta el doble conseguirlo pero igual le ponen ganas para salir adelante, algo que nos lleva a reflexionar sobre aquellas cosas que por tenerlas no las valoramos”.

En la Escuelita de la Ucel. Este grupo de estudiantes asiste a la iglesia metodista Resurrección, donde todos los jueves de 16 a 18, La Escuelita de la Ucel tiene un programa para niños en situación de calle, donde se ofrece un espacio recreativo y de colaboración con sus tareas escolares.

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