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Martes 03 de Febrero de 2009

Estrella

Eran los (dorados) años ochenta. Estábamos sentados en el piso de una sala del Centro Cultural. Ella y yo. Sobre la pequeña pantalla brillaban las imágenes de una película de Jacques Tati. Creo que era “Mi tío”.

Eran los (dorados) años ochenta.
Estábamos sentados en el piso de una sala del Centro Cultural. Ella y yo.
Sobre la pequeña pantalla brillaban las imágenes de una película de Jacques Tati. Creo que era “Mi tío”.


Nos reíamos. Yo y ella. Estábamos tomados de la mano. En el suelo, tomados de la mano. La sala estaba llena.
¿Otras épocas?
Seguro. Otras y distantes.
Lejanísimas.


Ella se llamaba Estrella y era una rubia de profundos ojos negros y sonrisa luminosa.
(Me acuerdo que me gustaba mucho su voz. Era parecida a la de Kim Carnes, la pelirroja sensual y quebradiza de “Bette Davis eyes”. Me gustaba mucho su voz, entre otras cosas).


Salimos a la noche de primavera con el espíritu abierto y las manos todavía unidas. La ternura de Tati había fortalecido la nuestra. La que brotaba de su suave, delicado corazón.
(¿Dónde estará ahora?, pienso. ¿En qué ciudad? ¿En cuál país? ¿Tendrá hijos? ¿Estará viva? Son demasiadas preguntas para ser feliz. Mejor no pregunto nada).


Caminamos hasta encontrar un bar donde prendimos los cigarrillos. Charlamos de una cosa y otra. Tomamos café. Nos besamos.
No teníamos ninguna noción de futuro: éramos puro presente tibio y candoroso. Esplendor fugaz, alas de mariposa.

(El futuro ya llegó, está aquí. Soy yo escribiendo a medianoche en el diario, ella quién sabe dónde. Soy yo, que la recuerdo. Este era el futuro).
Estrella, ¿dónde estás?

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