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Domingo 18 de Septiembre de 2016

"Estamos entrando en un nuevo paradigma"

En La uruguaya, la más reciente novela de Pedro Mairal, el autor de La noche de Sabrina Love cuenta la historia de un escritor cuarentón que viaja a Montevideo a cobrar dinero, saltar el cepo cambiario y reencontrarse con una chica que conoció en un verano. Pero el verdadero protagonista de este atrapante relato es el quiebre de los modelos económicos, de pareja y de familia tradicionales.

Pedro Mairal atiende del otro lado del teléfono a Más mientras su hija le pregunta con insistencia: "Papá, ¿con quién hablás?". Y enseguida le pide: "¿Me ponés los dibujitos, porfa?". Una imagina que tironea de una parte de su pantalón igual que "ese enano borracho" o ese "haiku de persona", tal como Lucas —el protagonista de La uruguaya (Emecé)— define a su pequeño hijo Maiko. El autor de Una noche con Sabrina Love hace malabares entre saludar a la cronista y atender la demanda de la nena. Y enseguida se define por la opción que le va a garantizar responder cada pregunta: programa un episodio en Netflix.

La novela transcurre en un solo día. Lucas Pereyra tiene 44 años, es escritor y viaja a Montevideo a buscar unos dólares que son el adelanto de una editorial. La idea es cambiarlos de regreso al país y hacerse de una diferencia que lo deje vivir unos meses con tranquilidad. Pero él no cruza sólo para saltar el cepo cambiario. También quiere encontrarse con Magalí Guerra Zabala ("Guerra" como él la llama hasta en los sueños), una chica uruguaya a la que conoció en un festival literario en Valizas, una pequeña localidad junto al mar de Rocha. Lucas está sin plata, lleno de deudas, sin proyectos, con un matrimonio en ruinas con Catalina mientras su imagen paterna también se desmorona. Con un pulso narrativo dinámico y eficaz que va del humor a la tragedia, Mairal cuenta una historia de desamor que tiene que ver con la crisis pero también con la necesidad de reinventar los modelos económicos, amorosos y familiares que hacen eclosión en estos tiempos. Y de paso va un poco más allá: cuestiona las ideas de monogamia, heteronormatividad y paternidad.

No es azaroso que el autor de Salvatierra (novela publicada en 2008) y El año del desierto sitúe la historia en el paisaje uruguayo. Para el autor la idea fue reflejar ese otro lado del espejo en que los argentinos suelen mirarse. Ese país parecido al nuestro pero que no lo es. "Un sí pero no. La sensación de que es familiar, pero como pasa en los sueños la gente es pero no es quien es en realidad", explica Mairal, que en ese mismo juego de extrañamiento y familiaridad también jugó a construir a Lucas, el protagonista, como escritor y cuarentón: "Elegí un personaje escritor porque estaba cerca de mí y a la vez me permitía agregar cosas, fabular para hacer una historia que esté buena".

—Los últimos momentos del kirchnerismo, el cruce a Montevideo para cambiar el dinero y saltar el cepo cambiario le dan cierto clima de época a La uruguaya. ¿Por qué el tema de la plata tiene un lugar central en la novela?

—Me interesaba mucho hablar de la plata. No es un tema que se toque mucho en la literatura. Cuánto se paga por algo, cuánto valen las cosas. Fogwill era un tipo que sabía bien cuánto salían las cosas. Sabía cuánto valía un auto, por ejemplo. Mientras está en el banco por cobrar, Lucas hace toda una relación con el dinero. Él se pregunta cuánto les costó a sus papás. Desde el nacimiento, la comida, la educación, la salud. Cuánto gastaron sus padres en él. Me gustaba esa relación del personaje con el dinero. La plata te formatea muchísimo. También ese vínculo del escritor con el dinero. Qué te están pagando cuando te pagan por adelantado, una serie de palabras que vas a juntar y que no sabés dónde están. Qué precio se pone y cuánto se cobra. Todo tan el aire. Es un poco lo que se pone en duda en el libro. El personaje de Enzo pregunta algo así: "¿Qué te iban a pagar por un libro que todavía no existe?". Y lo baja a tierra casi de un hondazo y le muestra otra cosa y una manera distinta de pensar. Primero escribir y luego ver qué se hace con eso. No que el libro esté pagado antes de la primera palabra. Es raro que te paguen primero. Raro y te enmudece.

—La crisis matrimonial de Lucas funciona como la punta del iceberg de un resquebrajamiento mayor de los modelos no sólo de pareja sino también de familia. ¿Qué fue lo que buscaste contar?

—A mí me interesaba mostrar el quiebre de cierto paradigma. La verdad es que lo trato mal al personaje y ya que lo trato mal, qué tal si además de todo lo que le pasa, no sólo es cierto que su mujer está efectivamente enamorada de otra persona sino que además está enamorada de otra mujer. Eso le cambia totalmente el paradigma. Lucas ya estaba celoso, pero con esto queda en offside. Él pensaba que ella salía con un médico, tenía todo un formato siglo XX de la infidelidad y de pronto es todo distinto, está mucho más acá. La pregunta para mí era: ¿qué te pasa con una cosa así? Dentro de toda esta gran paliza que recibe en un día también tiene que lidiar con este cambio de paradigma. Es algo que me pregunto: ¿qué le pasa a un hombre cuando la mujer le dice que está enamorada de otra mujer? ¿O qué le pasa a cualquier persona que su pareja le dice que se enamoró de alguien del mismo sexo? Debe presentar preguntas raras. ¿Me rechaza como individuo o me rechaza como género? Estamos entrando en un nuevo paradigma, las cosas están cambiando muchísimo, como el trato a la mujer, por ejemplo. Y este tipo, Lucas, está parado sin saber dónde está. Me gustaba ponerlo como parte del sacudón, en el lugar donde se le cae toda la estantería encima.Y empezar a pensar en la familia como una serie de bloques que cada uno arma como puede. Porque hay que tratar de pensarlo de otra manera a ese modelito de la mamá, el papá y los hijos.

—También hay otro paradigma que se muestra en crisis y es el del hombre proveedor. Lucas está desempleado, endeudado y siente esa "impotencia de macho cazador".

—Sí. Herido en su cosa de macho proveedor. Le debe plata a la mujer y también tiene deudas por otros lados. Es por eso que la figura de la aventura amorosa funciona como una reafirmación de su masculinidad tan cascoteada. Por eso tanto hincapié en la expectativa del reencuentro con Guerra mientras su matrimonio está fisurado y deteriorado. La expectativa de cobrar esa plata y sobre todo de volverla a ver a ella. Lucas se va a Uruguay a cobrar esos cheques pero también a conquistar finalmente a esa chica que conoció un verano. Busca concretar la fantasía pero le va a salir mal. Muy mal.

"Que tal si además de todo lo que le pasa, no sólo es cierto que su mujer está enamorada de otra persona sino que además está enamorada de otra mujer"

—Y además lo malo ocurre en ese paisito amable que según los argentinos es Uruguay...

—Fue una manera de mostrar cómo figura Uruguay en el imaginario argentino, o más bien porteño. Para el porteño es un escape al otro lado. Está muy cerca, las reglas son distintas, sobre todo las económicas. Se puede bajar la guardia, supuestamente no te roban y la gente es más buena. Cosas que cruzan la cabeza de un porteño. Una vez un uruguayo le decía a un amigo mío: "¿Vos también pensás que en Uruguay somos todos buenos, como una provincia argentina pero sin corrupción?". Le noté como una cosa filosa a la pregunta. Y ahí pensé: acá hay algo. Uruguay es un lugar real y tiene todas las cosas de otros lugares. Entonces hacer pasar al personaje por esa especie de portal a otra dimensión como cuando él siente que va por las palmeritas de Colonia. Como que se trata de un lugar medio paradisíaco pero en realidad es un lugar real, como también la chica con la que se va a encontrar no es la que se imaginó sino que es una persona real. Y es bastante raro cómo funciona en la literatura también. Hay un cuento que casi es el mismo cuento escrito por Bioy y escrito por Cortázar. Es acerca de un tipo que viaja a Montevideo por trabajo y en esos cuartos de hotel que tienen una puerta en el medio se escuchan ruidos y después le dicen que no había nadie ahí. Es como el mismo cuento. Desde distintos personajes aparece este extrañamiento, cosas raras. Casi un universo alternativo donde las cosas son parecidas a la Argentina, pero no lo son. Montevideo me produce, todo el tiempo, un extrañamiento. La sensación de que es familiar pero no. Como en los sueños, donde la gente es pero no es quien es. Ese tipo de cosas me fascinan. Por eso me interesaba desplazarlo al personaje a esa especie de dimensión un poco corrida de lugar que incluso se nota en las palabras. No es flequillo, es cerquillo; las zapatillas son championes; las medialunas son bizcochos. No todo, pero algunas cosas. Hay cosas que no se dicen igual. Eso me gustaba mostrarlo en el lenguaje. Son cosas sutiles pero cuando cruzas lo percibís y lo percibís como extrañamiento también.

—La uruguaya tiene un efecto muy visual. Por momentos hay escenas de la novela que permiten verse casi como en un formato de guión cinematográfico. ¿Es así?

—Me doy cuenta de que escribo de una manera muy visual, trato de hacerlo con los cinco sentidos, pero lo visual predomina, porque somos una cultura muy visual. Lo táctil también aparece mucho, sobre todo en las escenas eróticas. Y creo que haber visto tanta televisión y tanto cine hace que uno narre las cosas de una manera mucho más visual. Quizás no sucede tanto en la primera parte del libro, donde Lucas está más yendo y viniendo con palabras. Pero sí está más presente en las siguientes. La novela en sí tiene algo de estructura musical, como esa base melódica que utilizan los jazzeros para improvisar. Tienen una base y se van de ella y vuelven. Sabía que el día y el viaje a lo largo de ese día iban a ser como esa base melódica, para irme y para volver. Sobre todo esa primera mitad está hecha con ese pulso, está dentro del viaje pero puede ir con momentos mentales de un lado al otro. Medio enojado, medio paranoico, Lucas piensa en el hijo, piensa en Guerra, piensa en su mujer. Ahí es cuando la cosa de guión se hace más dudosa. Ya hay una propuesta de llevarla al cine. Pero en verdad, no sé cómo hacer para filmar eso.

—Solés decir que al ser vos la persona que mejor conocés hay siempre algo de escritura personal en tus libros. ¿Cuánta identificación existe entre Pedro Mairal y Lucas Pereyra?

—Hace diez años que estoy escribiendo cosas que son no ficción, como columnas, artículos, crónicas, blogs. Y en este tiempo aprendí un tono de confidencialidad y de mostrar ciertas debilidades. Entonces usé ese tono para escribir La uruguaya. Hay un montón de cosas mías en la novela y hay un montón de cosas inventadas. Al ser ficción me dio mucha libertad. Después de estos años de no ficción en que no podés alejarte mucho de la realidad, acá me permití ir lejos. No sólo trabajar con la experiencia personal sino también con la periferia de la experiencia, es decir, lo que tenías miedo que te pasara o lo que tenías ganas que te pasara pero no te pasó. Miedo y deseo como dos pulsiones que están generando historias todo el tiempo, me gusta usarlas. Elegí un personaje escritor porque estaba cerca de mí y a la vez me permitía agregar cosas, fabular para hacer una historia que esté buena. Ahora qué pasó y qué no pasó en mi vida, siempre digo como en chiste que el 53% es cierto. Pero también digo que si subrayo todo lo que fue cierto mato al libro.

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