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Lunes 05 de Septiembre de 2011

Esta vez lo viví, no lo soñé

No te recibís de ricotero si no hiciste el pogo de “Ji Ji Ji”. Y el sábado a la noche, en medio de una muchedumbre estimada en más de cien mil personas, puedo decir que, sin ser un fanático de la banda, me recibí de ricotero.

No te recibís de ricotero si no hiciste el pogo de “Ji Ji Ji”. Y el sábado a la noche, en medio de una muchedumbre estimada en más de cien mil personas, puedo decir que, sin ser un fanático de la banda, me recibí de ricotero. Pero aquí la primera persona del singular se desplaza generosamente hacia la primera del plural: nosotros. Porque cuando “Ji Ji Ji”, ese tema símbolo de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, volvía a cerrar otro show memorable del Indio Solari, la gente decía: “Vamos nosotros”.

Y era justo, esa era la misa ricotera que todos y cada uno había generado. Lo maravilloso de esta experiencia es que el Indio Solari protagoniza el único show en la Argentina en que se simboliza aquella “Fiesta” que entonaba Serrat. Porque “el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano sin importarles la facha”.

Es más, uno de los momentos más emocionantes del show del Indio fue, paradójicamente, antes del show del Indio. Y se dio a un costado de la ruta que llevaba al autódromo Eusebio Marcilla de Junín, cuando una legión de ricoteros, con camisetas de Estudiantes, de Boca, de Laferrere, de Ñuls y de Central, cantaba, a capella y birra en mano, “Todo un palo”, acompañando un CD de un autoestéreo que no paraba de sonar. Y confluían los chetos de Palermo con los desclasados de Hurlingham, la mujer embarazada con el canoso cincuentón con la remera de Led Zeppelin, y el pibito de 12 años con la que vendía las hamburguesas saltadas con cebolla.

Todos cantan y todos bailan en todo momento todos los temas de los Redondos, y aquí la redundancia no es exagerada. Es el alma del ricotero de ley, que a diez años de la separación de la banda de rock argentino más convocante, sigue fiel a ese estigma festivo y militante. La imagen de ese cierre del pogo más grande del mundo y el abrazo con mi hijo, como si hubiésemos ganado una final, me la llevo para siempre. Como todos y cada uno. Lo viví. No lo soñé.

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