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Domingo 08 de Noviembre de 2015

“Esta novela la escribí desde un lugar más íntimo”

 Claudia Piñeiro se ha ganado un público fiel a partir de sus policiales que exploran universos sociales bien conocidos por sus lectores. En charla con Más reveló los entretelones de la gestación de su última novela, Una suerte pequeña

Definitivamente, Una suerte pequeña, la última novela de Claudia Piñeiro, produce un efecto de identificación, una especie de transferencia ineludible para quienes tienen hijos. A Marilé Lauría, el personaje central de esta historia, le ocurre una de esas tragedias de las que nadie sale sin dolor. Pero muchos detalles no se pueden contar, y si el lector advierte que en alguna línea de esta entrevista se cuela algo más de la trama pare y ya, porque sería una picardía que no atraviese esa tensión, esa sensación de falta de aire a la que Piñeiro tiene acostumbrados a sus lectores y que sólo una maestra del suspenso como ella puede lograr.

Personalmente, cuando la leí recordé una anécdota familiar que mis padres no están seguros de que haya sucedido, aunque tampoco la niegan de plano. Cuando tenía unos cinco años y dos de mis hermanos menores, apenas tres y dos, estábamos de vacaciones en Necochea. Mis padres, que eran muy jóvenes y muy hippies, una noche no pudieron contener sus ganas de ir al cine y me dieron las siguientes instrucciones: que si alguno de los pequeños lloraba saliese del hotel, caminase cinco pasos hasta el cine de al lado, entrara, los buscase y avisase. Daban Doña Flor y sus dos maridos. Lo supe porque eso que podía suceder sucedió: Juancito, el menor, empezó a llorar. No pasó más que eso. Pero imaginen todo lo que podría haber pasado.

Cuando le cuento a Claudia Piñeiro esta historia que afloró de mi inconsciente al leer su novela, se agarra la cabeza y se ríe y dice que no, que no puede ser. Y entonces empezamos a intercambiar tragedias que no fueron pero que podrían haber sido, porque la maternidad, entre muchas otras historias, puede ser una tragedia latente.

Una suerte pequeña atraviesa entre muchos otros temas de los que hablará Claudia Piñeiro, la desacralización de la maternidad. “La maternidad da para esas historias, no se puede prever siempre qué va a pasar. Hace un tiempo se supo que en una fiesta en un club de rugby unos chicos abusaron de una chica. A esa fiesta solían ir mis hijos hasta hace unos años. Hay instancias que son riesgosas, pero no las podés prohibir, porque tampoco vas a tener encerrados a tus chicos. La novela trabaja en torno a la maternidad, como lo hacen varias autoras jóvenes: Samanta Schweblin con Distancia de rescate; Lina Meruane, con Contra los hijos; Mariana Dimópulos, con Pendiente y Ariana Harwicz, con La débil mental. Son autoras de una misma generación, más reciente que la mía, que se animaron a ir más allá del interrogante del personaje de mi novela, a discutir si a la mujer le interesa la maternidad. Mi personaje se plantea que no tomó la dimensión de la implicancia de ser madre, quería a ese hijo y estaba muy comprometida afectivamente con él, pero no sabía cómo sería. La idea de aquellas autoras es correr a la maternidad como algo impuesto. Y en mi historia el planteo es más “no lo pensé, nadie me explicó cómo hacerlo y tengo una madre que no me enseñó a ser madre”. Esas dudas parecieran dadas para la mujer, como que una nace y en algún momento le va a tocar ser madre y sabrá cómo serlo sin cometer errores. Bueno, eso es mentira. Yo tengo tres hijos y el más grande se bancó todas las pruebas y errores, porque practicás sobre el hijo, no queda otro remedio.

—Mas allá de la desacralización de la maternidad, la novela es una historia sobre el dolor. ¿Por qué?

—Cuando empecé a escribirla y supe qué le pasaría a este personaje en el camino del héroe, por decirlo de una manera al estilo de Joseph Campbell, enseguida me di cuenta de que era el dolor. Apareció el dolor, pero no lo pensé. Hablé con amigos escritores para preguntarles qué leer sobre el dolor. Me prestaron El dolor de Marguerite Duras, las obras de Michael Cunningham, Vidas ajenas de Emmanuel Carrére. Necesitaba encontrar palabras para definirlo, porque no podía escribir “esta mujer está sufriendo” sino que tenía que demostrar el dolor y hacerlo funcionar en una historia.

—¿Cuál fue el puntapié inicial de la novela? ¿Tenías esa muerte, tenías los personajes o los temas que querías tocar?

—Nunca empiezo una novela a partir de temas porque son abstracciones de las que desconfío, aunque a algunos escritores les funciona. Primero se me aparece una imagen que tiene la categoría de un sueño. Uno no sabe por qué sueña algo pero lo sueña por obsesiones, por restos diurnos. No me interesa entender esas imágenes, como el cuento del ciempiés al que le dicen “qué lindo que caminás, con 50 patitas para un lado y 50 patitas para el otro” y cuando se pone a pensar cómo lo hace ya no puede hacerlo. A mí me aparece una imagen y si no me abandona quiere decir que hay algo de lo que puedo tirar para desarmar la madeja. En ella hay personajes y un conflicto porque si no, no se quedaría. Entonces escucho a esos personajes, cómo hablan, los tonos y empiezo a pensar cuál es el conflicto. Recién cuando todo eso está asentado escribo, siempre pensando por dónde va a ir y terminar la historia. A veces, el final cambia. La trama de una novela no es más que poner a los personajes en situaciones límite para ver quiénes son. Uno va haciéndoles tomar decisiones, y por eso el final que pensaste no siempre es el que corresponde al desarrollo que llevan los personajes.

—¿Cuáles fueron las imágenes primarias para esta historia?

—Tenía dos. Una era la de un auto que espera cruzar una barrera mientras la señales indican que no puede hacerlo porque se avecina el tren, pero el tren no pasaba, por lo que el conductor tenía que decidir si cruzar o no la barrera. Esta imagen tiene que ver con una barrera que había en mi pueblo, Burzaco, y que no funcionaba y con un accidente que hubo una vez allí. Ese hecho no tiene nada que ver con lo que sucede en la novela, que por otra parte transcurre en Temperley. La otra imagen era la de una mujer que todas las mañanas cuando sale al balcón encuentra excremento de un animal que la visita por las noches, esas pequeñas cosas cotidianas que pasan en una casa y una trata de descubrir. Estas dos imágenes competían en mi cabeza hasta que me di cuenta que le podían pasar a la misma persona, la misma persona estaba frente a la barrera y la misma persona encontraba excremento en el balcón.

—¿Por qué la historia transcurre en Temperley y no en Burzaco, de donde sos?

—Porque Temperley es más aspiracional. Me gusta recordar una historia de Borges de cuando era chica. Borges pasó una parte de su vida en Adrogué, donde tenía una casa de veraneo. Adrogué y Temperley son zonas muy lindas, porque hay barrios ingleses con casas muy coquetas, pero Burzaco y Turdera son un poco más modestas. Al lado de mi colegio había un salón de actos al que una vez invitaron a Borges a dar una charla, y fui a escucharlo. Empezó contando que Burzaco y Turdera siempre fueron zonas de orilleros, y Temperley y Adrogué de gente bien. Miré a los costados preguntándome como nadie se indignaba con lo que nos estaba diciendo este hombre en nuestra propias caras, me reofendí. Después, cuando lo leí, pensé que a Borges, como el niño bien que fue, le interesaban más los orilleros. Pero en ese momento me indigné. Es sutil la diferencia, pero no es lo mismo ubicar esta novela en Burzaco que en Temperley. En Burzaco no hay colegios ingleses, y yo quería desarrollar la historia de esta mujer, su marido y su hijo en un colegio más aspiracional, en ese tipo de colegio al que mandás a un hijo si tenés la aspiración de pertenecer a un determinado nivel socioeconómico.

—¿El universo escolar donde transcurre la novela se parece en algo al que vos mandabas a tus chicos?

—Muchos lectores me cuentan que se sienten identificados con este universo y yo podría haber escrito mucho más sobre ese mundo pero me iba de tono. La novela es sobre el dolor y no podía ponerme a boludear sobre las mamis del colegio, pero tenía material para diez capítulos más y podría haber hecho desastres. Es un tema que me interesa y puse algo que me pasó en un colegio al que fue uno de mis hijos. En la primera reunión las madres se presentaban como “soy la mamá de tal, mi marido hace tal cosa”, y a mí me agobiaron un poco esas presentaciones. Quizás eso cambió; no lo sé porque ya tengo hijos grandes, pero me impresionó eso de que una mujer se definiera a sí misma como de quién es madre y con quién está casada.

—El personaje central y las otras madres del colegio todas las mañanas se juntan a tomar un café, da la sensación de que no tienen que ir a cumplir un horario a un trabajo.

—A veces, cuando escribo una novela me doy cuenta después de dónde vino el universo que quedó planteado. Ahora recuerdo que antes de escribirla publiqué en Ñ una reseña sobre la escritora María Angélica Bosco, de quien se había reeditado La muerte baja en ascensor, un policial clásico. Además de reseñar esta obra, busqué información sobre ella. Resulta que cuando era joven, Bosco pintaba para ser una escritora muy prometedora pero se casó, tuvo tres hijos y dejó todo. A los 40 y pico mantuvo una relación con un amante, hasta que su marido se enteró y la repudió, le sacó a sus hijos y entablaron un juicio. Su círculo íntimo de clase alta también la repudió. Entonces, se quedó sin nada y se puso a escribir otra vez. De allí surge su gran producción literaria. Había clausurado su vida por la maternidad y luego volvió a ser ella. A mi personaje le pasa algo parecido, deja todo para ser madre. Pero con Bosco pasó algo increíble. Después de que publiqué esa reseña llegó una carta al estudio de Ricardo, mi pareja, dirigida a mí desde Londres. Era el hijo de Bosco, que se había tirado a la pileta mandándome esa carta al estudio de mi pareja porque no sabía dónde ubicarme. En ella me agradecía por haber recuperado la obra y la vida de su madre. No digo que tiene que ver directamente con mi novela, pero pienso que hay algún contacto. A Bosco le sucedió algo que cambió su vida: se separó y perdió a sus hijos. Me reconfortó esa carta porque ese hijo repara en su madre con una mirada sumamente amorosa después de una situación que muchos juzgaron con el dedo en alto, como le sucede al personaje de mi novela. La relación del hijo de Bosco podría haber terminado mal pero se nota en esa carta que no fue así.

—Al leer la novela tenía la esperanza de que el hijo del personaje fuera piadoso con su madre, me daba mucho miedo de que sea tan cruel como había sido el entorno.

—Hace un tiempo leí un artículo muy lindo en el diario El País, “Semillas de bondad”, que refería sobre lo que se implanta en los hijos en edad temprana. En la relación entre la madre y el hijo de mi novela hubo semillas de bondad y amor, entonces eso fecundó. Hay que tener mucha confianza en el vínculo que se entabla con los hijos en los primeros años.

—¿Les ofreciste a tus hijos leer el libro?

—Mis hijos pudieron leer mis novelas anteriores ya publicadas, alguno leyó algunas pero ninguno leyó todas. Es a voluntad, las novelas están ahí. Cuando publiqué Tuya uno de mis hijos me pidió que no se la regalara a su profesora de literatura porque en una parte decía “culo”. Otro de mis hijos se llevó Betibú a un viaje y cuando volvió me confesó que no sabía que yo tenía humor. Le llamó la atención que yo pudiese hacer reír con algo que escribí. La mirada de los hijos puede ser impiadosa. Pero mientras escribía Una suerte pequeña, por primera vez la fui pasando a mi hijo del medio. Un día yo estaba de viaje y me llama por teléfono y me dice: “Me parece que me equivoqué al leer la novela, porque me puse en la piel de la protagonista y la estoy pasando muy mal, me tendría que haber puesto en la piel de otro personaje”. Y pensé que estaba bien que un hombre se pudiese poner del lado de una mujer y armar un universal del dolor. Porque las mujeres tenemos mucho entrenamiento de ponernos en el lugar de un hombre cuando leemos. Si leés Carta al padre de Kafka o La invención de la soledad de Paul Auster no decís “esta novela no es para mí porque se trata de un padre”, armás un universal y punto. A los hombres, sobre todo de generaciones anteriores a la mía, les cuesta más armar un universal a partir de una relación de una madre con un hijo o con una hija. Me dio mucha alegría que mi hijo pudiese ponerse en el lugar de la madre.

—Hay una idea muy linda en esta novela y que es que un extraño aparece para darte una mano cuando estás en caída libre.

—Esa idea se apoya en una frase de Tennesse Williams: “Siempre dependí de la amabilidad de los extraños”, que a mí me conmueve. Uno puede identificar cuando un giro en la vida se da si alguien que no tenía que ver con tu entorno te tiende una mano. A mí me pasó. Yo soy contadora pero en un momento decidí que no quería ejercer más y empecé a formarme como guionista. En ese tránsito fui quedando embarazada y a tener hijos cada dos años. Cada vez que a mi maestra de literatura, María Inés Andrés, le pedían gente para trabajar en guiones en televisión, yo nunca podía presentarme porque estaba embarazada o había sido madre. Cuando acababa de tener a Lucía, la más chica, me comentó que la llamó Ricardo Rodríguez, un guionista que hacía grandes éxitos en la televisión como Grande pa, Amigos son los amigos, Luna salvaje, porque necesitaba guionistas y me sugirió que me presentara, pero yo no podía porque tenía que amamantar. Entonces, María Inés me respondió: “Ese es un problema de él, vos explicale y que lo resuelva”. María Inés era una mujer extraordinaria, de una camada de avanzada, amiga de María Herminia Avellaneda, Leda Valladares, mujeres intelectuales y poderosas. Ella me dio la primera mano. Fui a ver a Ricardo Rodríguez, a quien no conocía, le comenté que iba de parte de María Inés, que podía desempeñarme en ese trabajo, pero le aclaré que tenía una beba a la que debía darle la teta y me contestó algo inesperado: “Bueno, traela”. Empecé a trabajar como guionista, yendo con Lucía. Me encanta contar esa anécdota porque un extraño me cambió la vida por completo, si no quizás hubiese seguido trabajando como contadora.

—¿Cómo era la vida de contadora?

—Sufría bastante, porque trabajaba en un estudio muy grande, donde había un nivel de exigencia enorme y de muchas horas por día. Yo caí en esa carrera un poco por casualidad, en verdad quería ser socióloga pero en el 78 cuando tenía que elegir una carrera, se habían cerrado todas las humanísticas en la UBA. Además soy muy estudiosa, me recibí en cuatro años, di un año libre y tenía el mejor promedio de esa universidad, porque cuando me comprometo con algo, lo hago con intensidad. Pero en ese trabajo, en la multinacional Arthur Andersen, había mucha presión.

Cuando entré al estudio, fue el primer año en que aceptaban mujeres, básicamente porque era una compañía norteamericana y en Estados Unidos había salido una ley para que en las empresas hubiera cupo para mujeres, negros y judíos. Era un lugar masculino donde las mujeres éramos una carga que les habían impuesto. Trabajaba de auditora, revisaba los papeles de las compañías. No me quejo, porque entre la universidad y este estudio aprendí a trabajar. También me dio independencia económica, me compré un departamento, ahorré y pude dedicarme a otras actividades. Y dejé de trabajar de contadora también gracias a la amabilidad de los extraños. Yo había escrito una novela erótica que presenté en un concurso para la colección La Sonrisa Vertical de Tusquets, quería dejar el estudio porque no aguantaba más y vi un aviso que buscaban redactora en Editores Asociados, donde publicaban muchas revistas, le escribí al director, Carlos Blotta, y me tomó. Le aclaré que era contadora, y sin embargo se animó a probarme.

—¿Publicaste esa novela erótica?

—No, nunca.

—¿Y la vas a publicar?

—No creo. A esta altura me parece que no erotizaría a nadie. Seguro que quedó vieja en cuanto a lo erótico y debe estar muy mal escrita. En torno a esta novela se armó una especie de mito urbano, muchos me preguntan si existe o no. Bromeo con que la voy a dejar en los cajones de casa porque siempre está la idea de que los escritores guardamos algo para que hagan plata los herederos. Habría que ver si los hijos se atreven a publicar una historia erótica de la madre.

—Estas en pareja con Ricardo Gil Lavedra, ¿cómo te llevás con el mundo de la política?

—Él ahora está habitando más el mundo del derecho y las letras porque terminó su mandato como diputado, pero es una personalidad política. La política me interesó siempre y por más que cuente la historia de una familia, la mirada política siempre está. Lo que nunca me atrajo es lo partidario, tengo ideas claras sobre lo que me gusta pero no milité y nunca me encuadré en un estructura, más allá de que tenga afinidades hacia una y ninguna hacia otra. Lo que sí me pasó con Ricardo fue descubrir la trastienda de la política, determinadas historias que mirando los diarios uno no se entera.

—¿No te dan ganas de hacer literatura con ese detrás de escena de la política?

—La verdad que sí, pero me metería en problemas. Algunas imágenes se me vienen a la cabeza pero tendría que ingeniármelas para que no se noten los personajes reales. Hay anécdotas extraordinarias, sobre todo de traiciones. La traición me interesa más que la corrupción, hay allí un mundo interesantísimo.

—El año pasado sufriste una trombosis. ¿Cambió en algo tu vida?

—Hace poco me crucé en Twitter con el escritor chileno Pablo Simonetti, al que le pasó algo parecido. Me quedé con lo que él me dijo, que le impresionaba lo poco que había cambiado su vida después del episodio. Tiene razón. En el momento pensás que van a cambiar un montón de cosas y no es así. Lo que hay que decir con respecto a lo que me pasó es que la trombosis en mi caso tiene que ver con el uso de los anticonceptivos. El anticonceptivo que yo tomaba, que toma el 90 por ciento de las mujeres, está prohibido en los Estados Unidos y no lo sabía. Tampoco podés tomar anticonceptivos si fumás, algo que no hago, pero eso tampoco lo dicen. A nadie le conviene aclarar todo eso a las pacientes. Tengo determinadas características en la sangre que si tomo anticonceptivos con estrógeno tengo una alta posibilidad de hacer trombosis y nadie me pidió estudios de sangre para saber, y a nadie se los piden porque son caros. Aclarado todo esto, la trombosis tiene que ver también con volar en aviones en clase turista si tenés un tipo de sangre que tiene un porcentaje altísimo de mujeres, con el estrés, por eso los estudios deberían ser obligatorios. Cuando estuve internada en el Fleni me explicaron que el 90 por ciento de las mujeres que entran con estos casos es por el consumo de anticonceptivos. El sistema de salud tendría que detectarlo antes.

—Salir de esta situación sin secuelas fue una gran suerte.

—Cuando la atravesás te impacta y pensás que vas hacer una vida más conectada con determinadas cosas y la verdad es que la vida te vuelve a arrasar. Yo estaba pasando por mucho estrés laboral, venía la Feria del Libro, daba conferencias, viajaba, y si bien ahora también estoy cargada de compromisos, estoy más en alerta. Empecé a escribir esta novela antes de la trombosis; pensaba que no iba a llegar a entregarla para fines de 2014, pensaba que me iban a tener que secuestrar para poder seguirla. Al final, no me secuestraron, pero me agarró una trombosis y pude terminar la novela. Suspendí viajes, presentaciones y la terminé. También por eso la novela tiene una sensibilidad que no tienen otras, que toca fibras más íntimas porque también la escribí desde un lugar más íntimo.

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