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Domingo 28 de Diciembre de 2014

Esguinces y fracturas

Cristina. Una nueva dolencia, aunque menor, afecta a la presidenta. Sin embargo, su política para lo que le queda de mandato no tendrá grandes modificaciones y será tarea de su sucesor emprender cambios. 

“Si Cristina me hiciera caso, leería el libro que le dejé y entendería el porqué de sus enfermedades recurrentes”. La que habla en reserva en una legisladora del Frente Para la Victoria que suele frecuentar a la presidente en la residencia de Olivos más como persona de trato afable con ella que como dirigente política. Este cronista no sale del asombro de lo que escucha y repregunta sobre el tema. La dirigente de la primera hora del kirchnerismo asegura que le acercó hace un tiempo a la doctora Fernández un ejemplar de un best seller de los 70 y 80 considerado la biblia de la sanación personal y el autoconocimiento y que explican sus golpes, torcerduras de tobillos, infecciones y problemas de tiroides.

Louise Hay es una ex modelo norteamericana que contrajo un cáncer supuestamente terminal y del que dice haberse curado con terapias de autoayuda y de reversión de las causas personales que la llevaron a enfermarse. Su libro “Usted puede sanar su vida” es hoy todavía uno de los más vendidos y en nuestro país se consigue a precio módico en las librerías o gratis en las descargas de internet. Luego de fundamentar su “teoría”, la hoy octogenaria Hay proporciona una especie de vademécum de dolencias con una breve consideración del porqué uno contrae esa patología (“uno se enferma de lo que quiere y puede”). Así ella ubica en la cabeza el valor de la autoestima, en las rodillas deseos de autoridad o en el estómago la incapacidad de asumir nuevas ideas y así todo el cuerpo humano.

La legisladora del FPV cree que Cristina ha enfermado recurrentemente de cuestiones relacionadas con su trayectoria política. Y se apasiona al explicarlo: “Después de arrasar en las urnas en el 2011 se enfermó de tiroides. ¿Y eso qué es?”, se pregunta con pasión la rubia dirigente. “Cansancio por no poder hacer todo lo que quiere hacer”. Silencio del cronista. “La infección de este año, la famosa sigmoiditis: ´Irritación, cólera, fastidio. Absolutamente evidente”, sentencia sin dudar la misma mujer. “Y ni te digo las fracturas de tobillo, hematomas subdurales y esguinces. Todo explicado por Louise Hay”. Y recita. “Tobillos representan el deseo de movilidad Esguinces, obstáculos injustos que se le imponen a ese deseo”.

Más allá de la anécdota, que se desconoce si es real desde el mismo regalo a la presidenta o siquiera a la chance de que la doctora Kirchner haya prestado atención al libro, el último episodio de salud de ella con su tobillo representa un momento gráfico de decisiones sobre el direccionamiento político de su último año de gestión. Especialmente en materia económica, judicial y de sucesión.

Por lo primero, la intención de la primera mandataria es no hacer grandes cambios. A los que esperen ver drásticos movimientos para conseguir acuerdos con los holdouts o cambios en la política monetaria que tienda a morigerar la inflación o corregir el valor del dólar habrá que decirles que no se verán satisfechos. La idea que se escucha en los pasillos del poder es que todo eso será tarea del que venga. La presidente cree que se puede aterrizar con un 30 por ciento de inflación y con la policía custodiando las cuevas de ventas de dólares para evitar disparadas. “Que se ocupe el que asuma el año que viene”, parece ser el leiv motiv oficial.

¿Y quién vendrá? “La única certidumbre es que habrá segunda vuelta”, asegura la consultora Graciela Roemmer. El kirchnerismo, dice ella, conserva un piso duro de 30 por ciento pero un techo muy bajo. “No puede crecer más que al 35 por ciento”, concluye. Lejos del 45 requerido para evitar la segunda vuelta. ¿Y quién representa al kirchnerismo hoy día? Nadie. Daniel Scioli, el mejor aspectado, no consigue destrabar los reparos que tienen para con él desde la Casa Rosada y Florencio Randazzo, que será empujado públicamente en todo el verano por la presidente, no despega de manera contundente.

Sin embargo, el frente más crítico que pone obstáculos a los “tobillos” presidenciales es el Poder Judicial. Cristina teme, y con razón, que los magistrados no esperen a su salida del poder para cercarla con medidas procesales por enriquecimiento ilícito, incumplimiento de los deberes de funcionario y otras causas con penas muy duras. No es sólo el despechado y cuestionable Claudio Bonadío el que avanza. La Cámara de apelaciones ordenó indagar a Lázaro Báez y automáticamente él fue eyectado de las cercanías de directorios empresariales de la familia presidencial. Lo peor es que la presidente azuzó públicamente a los jueces para atemorizarlos y en cambio de obtener mesura pareció que sus destempladas palabras daban más aire al fuego judicial en su contra.

Fracturas locales: Jorge Rosario Boasso tiene claro que no participará más en el Frente Amplio Progresista y que su salida del radicalismo para siempre es casi un hecho. Sergio Massa fue muy amable con él (al punto de la sorpresa para el edil rosarino) pero la ausencia de estructura del Frente Renovador en la provincia es un punto negativo para que él piense en adherir.

La propuesta de ser vicegobernador de Miguel del Sel fue bien pensada y planteada. Primero, se la hicieron llegar con dos dirigentes educados y formados (no lo más frecuente en esa fuerza) como Emilio Monzó y el siempre inteligente Esteban Bullrich y luego, vino de la mano de los últimos sondeos que ellos realizaron. Allí del Sel se impondría, por poco es cierto, a Miguel Lifschitz. Eso entusiasma y mucho a Boasso que vería el modo de cristalizar su deseo eterno de bombardear las naves del socialismo. Hay que decir que esos números dependen de la decisión de la arquitecta María Eugenia Bielsa que, de presentarse, dividiría el arco opositor al Frente con resultados inciertos.

La pregunta a hacerse es si Jorge Boasso se siente en condiciones de revertir la ausencia de formación política de Miguel del Sel que ha demostrado en estos cuatro años no querer corregir apostando sólo a su innegable carisma. Creer que alguien como el edil rosarino podría darle una pátina de “cogobernador” a la fórmula PRO es riesgoso e incierto. Un dolor de cabeza para los armadores de la idea que, deberían leer en Louise Hay que ese síntoma representa “excesiva autocrítica y mucho miedo”. Por allí, creen en esa terapia.

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