Edición Impresa
Jueves 12 de Marzo de 2015

Escuela para la democracia: el reto de recuperar el conocimiento y la reflexión

En la banalización total del debate público que hoy se vive, es imprescindible reestablecer el lugar de la argumentación.

Algunos pueden honestamente preguntarse si la escuela aún puede tener un rol social de peso. Creo que la respuesta es que sí puede, pero por cierto, sólo si se dan determinadas condiciones. Es decir, si la escuela se pone a la altura del desafío histórico.
  Todos conocen la caída de la escritura, de la letra en general, en un universo social regido por la imagen, desde Internet a la televisión y los celulares. La tarea de “recuperar la palabra”, y con ello el peso de lo simbólico y lo reflexivo, es decididamente central. Para ello, claro, se requiere maestros muy bien formados, tanto en su carrera inicial como durante el ejercicio de su profesión; capaces, por ejemplo, de comentar los últimos libros de literatura nacional e internacional para entusiasmar a los alumnos. La letra con sangre no entra: solamente con gusto lo hace. Y, para ello, se requiere mostrar qué universos interesantes mueve la lectura. La riqueza conceptual de los libros es irreproducible en términos de imagen: no fue lo mismo la versión de cine de obras maestras de la literatura como “El extranjero” de Camus, “La guerra y la paz” de Tolstoi, o “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski. La sutileza de la palabra, simplemente no es traducible a la imagen. Si no... ¿cómo se mostraría imágenes del verbo conjugado en tiempo potencial, imágenes del tipo de “podría suceder que llueva”? No hay modo de graficar ese enunciado.

Puente de culturas.  En algún libro de hace años (“¿Ocaso de la escuela?”) argumenté que reubicar la letra y la reflexión que se le asocia, no implica rechazar las nuevas tecnologías, ni tirar televisores por la ventana (hoy alguien agregaría los celulares a esa expulsión). Se trata de hacer puente entre la cultura electrónica y la cultura alfabética, no de reemplazar a una por la otra como hace medio siglo mal quiso plantear el singular Mc Luhan. Desde la apertura al juego y la narración, la lectura puede alcanzar un lugar solamente si no se la percibe como una intrusa que viene a reemplazar a las fabulosas posibilidades del Wasap y de Facebook. Implica para la escuela todo un desafío a la creatividad y al manejo de la tensión entre opuestos.
  También hay que recuperar, junto a la palabra, el gusto por el conocimiento. Este tiene diversas funciones, de las cuales una nada desdeñable es su servicio a la ciudadanización. En la banalización total del debate público que hoy se vive, cuando la voz de algunos personeros televisivos alcanza límites paroxísticos de ignorancia a menudo conjugada con disimulada parcialidad y casi abierta mala fe, es imprescindible recuperar el sitio de la reflexión y la argumentación. En Argentina hoy, cierto “habitus” mediático ha reemplazado el argumento por la interjección impactante, ha desplazado la demostración por el ataque brutal, al estilo de los mensajes sin firma que aparecen en las redes sociales. Asistimos a una trivialización patética, por la cual algunos quieren creer lo que les dicta su gusto o su ideología, sin mediación ni restricción alguna; de tal modo, lo que ciertos medios hegemónicos le dictan lo toman por cierto, aún si se afirma que llueve de abajo hacia arriba, o que el sol se ve salir por el oeste.

Formación docente. Siendo así, volver a pensar y argumentar se hace socialmente necesario. Argentina fue un país de vanguardia en lo científico y literario, de modo que es penoso asistir hoy al embrutecimiento mayoritario por el cual se repiten consignas elementales y flagrantes falsedades, con tal de que vayan acordes a la necesidad del momento. Así, por ejemplo, hay quienes creen que decidir si la muerte de Nisman fue suicidio o asesinato es cuestión de opinión o de posición política, no de veracidad de la situación y de atinencia estricta a lo que va comunicando la fiscal del caso. Ante estas situaciones, la recuperación del argumento y de la apelación racional a los hechos se hace imprescindible y decisiva.
  Claro que para esto, la formación docente deberá ser firme en el ejercicio del pensamiento científico, ese que algún “pedagogismo” ha resistido siempre como si fuera un extraño. Es patético que algunos docentes —afortunadamente está lejos de que sean todos— abominen, por ejemplo, de la Asignación por Hijo en nombre de que es cosa de “vagos”, acorde a los prejuicios más arraigados de cierta clase media que ignora su propia inserción social, y todo lo que le debe a ella. Porque los más pobres, que pueden hundirse a veces en el alcoholismo o la delincuencia de baja escala, hacen exactamente lo mismo que hubiéramos hecho nosotros si hubiéramos nacido en sus condiciones extremas de desamparo. Y ellos serían lo que nosotros somos en la clase media, si hubieran nacido con la protección y cuidado de nuestros hogares, donde se ha contado con las condiciones —al menos mínimas— de comodidad económica y de estabilidad familiar. Eso es lo que enseña la sociología como tradición teórica, contradiciendo la pretensión de que “yo tengo lo que tengo gracias a que soy mejor que ellos, porque yo estudié, porque yo sí fui a la escuela” y parecidos razonamientos, que suponen a cada uno como surgido de un repollo y no de las situaciones sociales singulares en que pudo desarrollarse.
  Hay mucho por caminar, entonces, desde la formación docente hasta la gestión institucional y la reconfiguración curricular. Ojalá la escuela esté a la altura que se requiere para recuperar la palabra, el pensamiento y la reflexividad que nos saquen de la decadencia cultural a que nos somete el predominio mediático de la época.

Comentarios