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Domingo 14 de Junio de 2015

Escribir desde la libertad absoluta

El sonido independizado del sentido es la utopía que vertebra la búsqueda de aquellos escritores que luchan en las fronteras del idioma.

La imaginación de Lewis Carroll (1832-98) dejó una profunda huella en el futuro de la literatura. Su poema Jabberwocky, incluido en Alicia en el país de las maravillas, se convirtió en símbolo de la libertad más profunda: es que su aspiración, tan sencilla como insólita, fue nada menos que separar sonido de sentido.
Jabberwocky, en efecto, está escrito en un lenguaje inventado, donde las palabras no nombran nada más que a sí mismas. Desde que fue publicado por primera vez, en 1871, no sólo provocó estupor sino que se transformó en un feroz desafío para los atribulados traductores.
Dos seguidores de esa línea lúdica dentro de la lengua inglesa, dos creadores de nuevos vocablos y sistemáticos transgresores de las leyes de la sintaxis, fueron el poeta Gerard Manley Hopkins (1844-89) y el genial James Joyce (1882-1941). Este último, en su Finnegans Wake, pergeñó un auténtico galimatías que muy pocos han conseguido descifrar.
La gran pregunta es: ¿cuál es el límite? La respuesta, por cierto, no se puede comprar hecha.
En castellano, tres que se animaron al juego fueron el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959), el chileno Vicente Huidobro (1893-1948) y nuestro Julio Cortázar (1914-84).
Reyes, intelectual de enorme prestigio, lector incansable y ensayista profundo admirado por Borges, tenía un costado juvenil: él acuñó el término “jitanjáfora” en un artículo de 1929, a partir de un poema del cubano Mariano Brull (1891-1956), Leyenda:

Filiflama alabe cundre
ala olalúnea alífera
alveola jitanjáfora
liris salumba salífera.

Olivia óleo olorife
alalai cánfora sandra
milingítara girófora
zumbra ulalindre calandra.

“Jitanjáfora” significa, de acuerdo con Wikipedia, “un enunciado lingüístico constituido por palabras o expresiones que en su mayor parte son inventadas y carecen de significado en sí mismas. En una obra literaria, su función poética radica en sus valores fónicos, que pueden cobrar sentido en relación con el texto en su conjunto”.
Huidobro, poeta imprescindible de la lengua española, dio pruebas en su obra maestra Altazor no sólo del poder rítmico de su verso sino de la irreverencia visceral que lo alimenta. Este es un fragmento del Canto IV:

No hay tiempo que perder
Ya viene la golondrina monotémpora
Trae un acento antípoda de lejanías que se acercan    
Viene gondoleando la golondrina
Al horitaña de la montazonte
La violondrina y el goloncelo
Descolgada esta mañana de la lunala
Se acerca a todo galope

Ya viene viene la golondrina
Ya viene viene la golonfina
Ya viene la golontrina
Ya viene la goloncima
Viene la golonchína    
Viene la golonclima
Ya viene la golonrima
Ya viene la golonrisa
La golonniña
La golongira    
La golonlira
La golonbrisa
La golonchilla
Ya viene la golondía
Y la noche encoge sus uñas como el leopardo    
Ya viene la golontrina
Que tiene un nido en cada uno de los dos calores
Como yo lo tengo en los cuatro horizontes
Viene la golonrisa
Y las olas se levantan en la punta de los pies    

Viene la golonniña
Y siente un vahído la cabeza de la montaña
Viene la golongira
Y el viento se hace parábola de sílfides en orgía
Se llenan de notas los hilos telefónicos    
Se duerme el ocaso con la cabeza escondida
Y el árbol con el pulso afiebrado
Pero el cielo prefiere el rodoñol
Su niño querido el rorreñol
Su flor de alegría el romiñol

Su piel de lágrima el rofañol
Su garganta nocturna el rosolñol
El rolañol
El rosiñol

Y Cortázar (en la foto de arriba, con su gato Theodor W. Adorno), creó por su parte un idioma propio —el "glíglico"— para narrar una escena erótica en el célebre capítulo 68 de su obra maestra, Rayuela:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

El porvenir, sin duda, nos prepara nuevas sorpresas.

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