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Domingo 13 de Noviembre de 2016

"Escribir es un trabajo que puede llegar a ser desgarrador"

Leonardo Padura pasó por Buenos Aires y dio unas pocas entrevistas. En una larga y distendida charla contó su relación con el proceso de la escritura de una novela, cómo lo tratan y leen en su propio país, y cuáles son sus escritores argentinos favoritos

El cubano Leonardo Padura llevaba varias novelas policiales de su serie del inspector Mario Conde editadas por la editorial catalana Tusquets. Un detective en uno de los lugares más seguros del mundo ya era una singularidad que había atraído la atención de muchos lectores, pero la fama y los lectores de este habanero nacido en 1955 se multiplicaron cuando publicó El hombre que amaba a los perros, monumental novela sobre Trotsky y su asesino estalinista Ramón Mercader, quien se ganó en México a confianza del círculo íntimo del revolucionario de la revolución permanente para llegar al magnicidio.

Padura estuvo en Buenos Aires la semana pasada para intervenir como jurado del premio Clarín (otorgado a Carlos Bernatek), y también para ofrecer una conferencia en la Biblioteca Nacional y algunas (pocas) entrevistas.

Con voz profunda, indudable tono caribeño y abundantes ganas de hablar, Padura dejó latente la posibilidad de que el año que viene, cuando salga una nueva novela de Conde, pueda hacer una gira grande por el país que incluya otras ciudades además de la Capital. "Estoy muy feliz de encontrar en la Argentina tantos fieles y buenos lectores", dijo el escritor al ser entrevistado en Entretapas (FM Radio Cultura 97.9-Buenos Aires).

—¿Cómo siente que es leído por aquí? Me refiero al público general y a los colegas escritores.

—Mira, me pasa algo que es satisfactorio pero a la vez un poco peligroso. Y es que cada vez que hablo con alguien aquí en Buenos Aires me dicen "ahhhh, leí tu novela El hombre que amaba a los perros, y me parece fabulosa, fabulosa". Eso para el ego del escritor es importante, pero el riesgo es que uno pueda empezar a creerse cosas. Lo fundamental de todo esto es asumir esos elogios como una satisfacción por todos los sacrificios que haces mientras escribes un libro, pero borrarlo de la mente a la hora de sentarte a escribir el próximo. Cada libro es un reto, cada libro es un desafío, cada libro es la imposición de superarte y superar lo que hiciste en el anterior. Por lo tanto, todo lo que socialmente te puede reportar la literatura es un beneficio que no puede transformarse en un argumento que te haga creer que escribir es más fácil.

—Mencionaba la palabra sacrificio: ¿es de los escritores que sufren a la hora de escribir?

—Si no sufres mientras estás escribiendo es mentira, no escribes. Estar cinco o seis horas concentrado en un trabajo en el que son más las incertidumbres y las dudas que las certezas es duro. Hay momentos en que dices "coño, qué bien me quedó esto, qué bonito" y después te das cuenta de que eso que te quedó tan bonito en realidad sobra en la novela y tienes que eliminarlo, pero sin pensarlo dos veces porque si no se convierte en un lastre. Entonces es un trabajo que puede llegar a ser muy desgarrador. Uno va haciéndose profesional y adquiriendo un cierto método pero ninguna novela es igual a la anterior, siempre hay que aprender a escribir el nuevo libro que tienes entre manos.

—¿Es de los escritores que arman un plan de novela, que saben antes de empezar qué va a pasar en cada capítulo, los personajes, la relación entre ellos y el final?

—No, generalmente no. Claro que si escribo una novela con una investigación histórica por supuesto la historia misma ya me encarrila. Por ejemplo, en La novela de mi vida ya sabía que Heredia se iba al exilio, se desencantaba, moría joven, en fin. O que Mercader le da con el piolet (piqueta) a Trotsky en la cabeza en México en 1940. Pero en las otras historias en las que todo el contenido es de ficción las voy escribiendo en la medida en que las voy escribiendo. Y a veces me sorprendo yo mismo. En varias novelas policíacas me ha pasado que llego al final, tengo un cadáver y no sé quién es el asesino. Porque lo que me interesa es usar la literatura para hablar de algo, no para demostrar que puedo escribir una novela inteligente, con una trama en la que engaño al lector porque, entre otras cosas, no me interesa engañar al lector. Me interesa convertir al lector en un cómplice, en alguien que reciba algo más que un simple placer estético aunque ese placer esté.

—En eso se diferencian sus obras de las novelas policiales clásicas, racionales, con un esquema prearmado. ¿Su idea con la serie de Mario Conde es retratar a Cuba a través de ese personaje?

—Sí. Yo me he propuesto hacer algo parecido a lo que hizo John Updike con su personaje Conejo, que lo movió a través de varias décadas. O lo que hizo Vázquez Montalbán con su Pepe Carvalho. Mi Mario Conde aparece en una novela de principios de los años de 1990 con una historia que ocurre en 1989. Y ya estamos escribiendo una novela que transcurre en 2014. Por lo tanto hay una visión de la sociedad cubana sincrónica y diacrónica a través de estas novelas. Y un poco es una crónica de esa realidad en la que yo estoy realizando un juego un poco peligroso, ya que todo el mundo avanza al ritmo de los tiempos pero Conde y sus amigos son como tortugas que se mueven lentamente, que resisten al cambio, mirando al pasado. Y es peligroso porque en esta novela yo necesitaba que Conde usara un celular, cuando él no sabe usar celular, algo que ya es difícil en el mundo. El hecho de que vayan detrás de los acontecimientos me da la posibilidad de que tengan una perspectiva más clara de lo que pasa. Es un recurso literario. Conde es preinformático. Y te lo dice una persona que no sabe qué cosa es un tuit, qué es Facebook, no sé qué cosa es eso que tiene nombre de remedio... Instagram.

—Instagram compuesto

—(Ríe) Ja, sí, Instagram compuesto. Te menciono esta novela aún sin título que es la que estoy escribiendo ahora y que queremos que salga el año que viene.

—Hay sin embargo una cuenta de Twitter con su nombre y su rostro como foto de perfil.

—Es totalmente falsa. Lo mismo que el muro de Facebook. Falso.

—Existe otro aspecto de la vida del escritor contemporáneo que va más allá de escribir y editar: conferencias, charlas, viajes, reportajes. ¿Cómo se lleva con ese trabajo? ¿Lo siente como un trabajo?

—Sí que es un trabajo y a veces puede ser bastante duro. Este año hemos tenido una cantidad enorme de viajes. Ahora de Buenos Aires nos vamos a Montevideo, después Brasil y Chile. Regreso a Cuba, estoy una semana y después voy a la feria de Guadalajara y Panamá. Es complicada la promoción de los libros pero es muy importante. Hoy, el fenómeno del mercado del libro se ha complicado. Son cada vez menos los lectores y más altos los precios de los libros, y cada vez más literatura basura que se publica. En el medio uno tiene que salir a defender lo que hace.

—¿Cómo lo leen en Cuba? Sabemos que le va muy bien en el exterior, sobre todo en América Latina, ¿pero qué recepción tienen tus obras en su país?

—Por parte de los lectores, la mejor de las recepciones posibles. Por parte de las personas que toman decisiones, pues, parece que no les gusta mucho (ríe un poco). A veces soy un poco invisible.

—¿Y se lo hacen sentir?

—Voy muy poco a la televisión, casi nunca diría. Entrevistas en radios y periódicos, poco. Pero no es decisivo. Lo más importante es la comunicación con los lectores, a pesar de esa invisibilidad, de que haya pocos ejemplares de mis obras que circulan en Cuba, tengo lectores muy fieles. El otro día hice una presentación en La Habana y se hizo a sala llena pese a que no hubo promoción casi. Pero espero que el año que viene se reediten algunos de mis libros, así está programado. Y que se pase en el festival de cine la serie de películas que se hicieron con el personaje de Mario Conde con producción española y rodada en Cuba. Porque hay cosas que hago que nunca se ven, se leen o se saben en Cuba y eso afecta la recepción de mis obras.

—¿Ese es el único inconveniente que tiene? Es decir, su pasaporte está en su poder, viaja sin problemas...

—Sí, sí. Hago mi vida como un ciudadano normal. Entro salgo, escribo, camino por las calles. El único problema es que las estructuras oficiales no me quieren. Y allá las estructuras oficiales son "las" estructuras. Todo pasa por la vida oficial.

—En esto de pedirles opinión a los escritores, imagino que ya tendrá la suya sobre el Nobel de Literatura a Bob Dylan, ¿qué le pareció?

—Un disparate. Creo que escribir libros es muy difícil y muy jodido. Escribir una canción también... pero para eso existen los premios Grammy. Creo que no valoriza el premio. Habérselo dado el año pasado a una periodista y este año a un compositor de canciones... Creo que forma parte del desmontaje universal de los paradigmas y en este caso es lamentable. Poner a Dylan al nivel de T. S. Eliot o de Pablo Neruda, por nombrarte sólo dos poetas, es injusto.

—¿Quiénes hubiera preferido que ganaran?

—Yo tengo dos candidatos: Milan Kundera y Philip Roth.

—Última pregunta: ¿qué escritor argentino lee o ha leído?

—Como me he dedicado a novelas históricas, he leído mucha historia y descuidado la literatura cubana y latinoamericana en general. Cada tanto leo alguno, pero no tanto como desearía aunque es importante leer en castellano porque es la manera de encontrarte con los que lo hacen bien en tu propia lengua. Igual, no esperaba esta pregunta y no quiero olvidarme de nadie, así que sólo te mencionaré dos ya fallecidos: Osvaldo Soriano y Rodolfo Walsh. A Walsh regreso de vez en cuando por su manera de escribir no ficción. Y con Soriano me divierto muchísimo. A los vivos los dejamos para que no se pongan celosos si olvido a alguno.

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