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Domingo 31 de Julio de 2016

"Escribir es jugar a ser otro"

Betina González, la narradora que se consagró con Las poseídas, acaba de editar en Tusquets una novela tan ambiciosa como perturbadora, América alucinada. En charla con Más, asegura que el secreto consiste en no copiar la realidad y que resulta fundamental crear un lenguaje propio

Un japonés se encontró una mujer en su ropero. Ella había vivido ahí varios meses, quizás un año. La noticia recorrió el mundo en 2008 e indicaba que este hombre —desocupado, de unos 57 años— puso cámaras en su casa para saber por qué le desaparecía comida. Así se encontró unas imágenes borrosas que lo llevaron a su propio armario. Y en consecuencia, a la señora que había hecho nido ahí. Por entonces, Betina González ya tenía muchas páginas escritas de un texto que con el tiempo se transformaría en América alucinada, su nueva novela. La noticia la deslumbró. Pero si todos los informes ponían el foco en cómo es que el hombre no se había dado cuenta de su inquilina subrepticia, González se preguntó otra cosa: ¿a qué clase de persona puede ocurrirle algo semejante? No, dice ahora, muchos años después, la ficción no es lo contrario de la realidad. La ficción crea un universo para alumbrar zonas posibles de lo real. Y así es como ella tomó las riendas del mundo que brotaba de sus papeles y transformó a ese hombre en Vik, un inmigrante que vive en Estados Unidos, empleado en un museo de ciencias naturales, donde trabaja restaurando viejas piezas de taxidermia.

Esa es una de las tres historias principales de América alucinada. Editado por Tusquets, el libro está vinculado con los años en que González —nacida en Argentina en 1972— vivió en Estados Unidos. Allí se convirtió en magíster en escritura creativa por la Universidad de Texas primero y doctora en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh, después. Además de la historia de Vik, la novela también se detiene en Berenice, una niña que según parece fue abandonada por su madre, y en Miss Beryl, una anciana que alguna vez vivió en una comunidad hippie y que ahora fundó un club de caza para eliminar a los ciervos de la zona. Es que los ciervos se han empezado a portar de modo extraño: invaden las casas, pisotean los jardines, matan ciudadanos respetables con sus cornamentas filosas.

Alrededor de estos personajes se teje una trama donde lo no dicho en el pasado retorna a interpelar el presente. Si bien se ha considerado que este libro tiene algo de fábula posapocalíptica, en verdad aquello que lo hace inquietante es que los apocalipsis existenciales —aun en un marco político— no ocurren en el futuro sino que son inherentes a la condición humana. Incluso, la indagación sobre el origen (de una persona, de una comunidad) bien haría pensar que este texto tiene algo de aquella idea del Angelus Novus que tan poéticamente describió Benjamin: al igual que el Ángel de la Historia, América alucinada tiene el rostro mirando al pasado y las alas impelidas hacia adelante. Y como ese ángel, también cuestiona un progreso salvaje, edificado sobre los huesos de los más débiles.

Me decías que Texas y Pittsburgh resultaron dos mundos distintos aunque sean parte del mismo país.

—Estados Unidos es un país complejo, donde cada Estado cambia mucho en relación con los otros. Primero estuve en Texas y los casi siete años restantes, en Pittsburgh, una ciudad más urbana. En los dos casos tenía la opción de salir del campus universitario o no y obvio que yo sí salía. Pero en Texas, sin auto, era realmente difícil andar. En el caso de Pittsburgh, directamente me mudé al barrio italiano. Ahí me encontré con algo rarísimo. Y es el modo en que muchos italianos siguen viviendo como si estuvieran en un ghetto. El italiano acá se hizo argentino. Allá, las señoras siguen hablando en su idioma natal y haciendo festivales de la Virgen dignos de El padrino. Eso sucede en parte porque esas comunidades tuvieron que protegerse y afirmar su identidad de algún modo. Lo más extraño es el hecho de que en Estados Unidos, la ansiedad de haber sido colonia no está borrada por más que sea un imperio. Si bien hay un discurso casi orgulloso de la ignorancia "no sé nada de Europa y no me interesa", en el fondo no es tan cierto. La ansiedad de querer tener las mejores universidades, por ejemplo, es porque el imperio tiene que funcionar también a nivel cultural, no puede ser sólo el dominio económico del mundo. En otros niveles, aquí también hay una ansiedad común respecto del origen.

¿Por dónde comenzó tu indagación para escribir esta novela?

—Por un lado, por una serie de recortes que empecé a guardar con noticias sobre ciervos que habían entrado desenfrenados por la puerta de un banco o de un hospital. Era muy frecuente en Pittsburgh y a la gente ya no le llamaba la atención. Al mismo tiempo, el contraste entre las mansiones góticas derruidas —incluso había iglesias a la venta— tan propias de Pittsburgh y toda esa opulencia decadente conviviendo con gente en la calle, con una distribución absolutamente inequitativa de la riqueza. Eso me llevó a una primera versión del texto más fantástica, más fantasmagórica, incluso con una atmósfera más zombie. Por ejemplo, en ese momento, Berenice era una nena que coleccionaba muñecas rotas. Y yo no sabía mucho más. Por otro lado, fui voluntaria en una ONG que trabajaba con inmigrantes y que ya no existe: The Welcome Center for Immigrants and Internationals. Yo era voluntaria, igual que muchos extranjeros y estadounidenses. Recuerdo en especial a alguien que tiene mucho que ver con Vik, un hombre muy refinado, con una enfermedad autoinmune, que padecía todo el tiempo la tensión entre pertenecer y no. Salvando las distancias, a mí también me pasaba. Estás en una lengua y actuás en otra, en esa que necesitás para comunicarte, como forma de no perder cierta referencia. Entonces en vez de vivir esa esquizofrenia como una pérdida, la idea fue acaparar esa lengua extraña y convertirla en escritura.

Entre la bibliografía que citás al final aparecen un par de textos que, decís, te resultaron útiles e inspiradores: Slouching Towards Bethlehem, de Joan Didion, y Droppers: America´s First Hippie Comunnity, de Mark Matthews. Y en el libro, esa suerte de comunidad hippie es clave para entender el modo en que el pasado aún es presente en la vida de Berenice y de su madre.

—Sí, esa es otra de las historias sobre las que se asienta la novela. Me refiero a esas comunidades que experimentaban con drogas, que buscaban formas de vida colectiva que volvieran a la naturaleza, con reglas de convivencia muy laxas. Y el modo en que eso, en ciertos casos, devino en discursos nefastos como el de Charles Manson. Aquí también hubo movimientos contestatarios, con una raigambre política profunda. En Estados Unidos no es que no haya pasado eso, es que no se conoce tanto. Por ejemplo, el movimiento The Weather Underground, con un nombre sacado de una canción de Bob Dylan, era una guerrilla urbana que ponía bombas en edificios vacíos, con la política de no matar a nadie. Fueron muy combativos de la Guerra de Vietnam, del racismo, fueron los que sacaron a Timothy Leary de la cárcel... pero los aplastaron, claro. ¿Qué quedó de todo eso? A través de la historia de Miss Beryl, que viene de una de esas comunidades y termina dedicándose a cazar ciervos y enseñar a cazar, me gustaba jugar con la contradicción y plantear preguntas.

—También hay alucinógenos en esta novela. Me refiero a la albaria, esa florcita tan inocente que finalmente no lo es.

—Lo de los alucinógenos cumple una función estructural en la trama. Y tenía que ver con esa nostalgia de los humanos por el mundo animal, esa añoranza basada en una supuesta inocencia, en una conciencia nula de la muerte que, creemos, tienen los animales. ¿Cómo sería si a través de un alucinógeno pudieras entrar en ese estado? La albaria se me ocurrió como solución narrativa, pero a la vez, estaba leyendo Lo abierto, de Giorgio Agamben, donde discute la idea del "ensimismamiento animal" en la filosofía de Occidente, entre otras cosas.

—Berenice y su madre encuentran en la botánica una forma de vincularse, de dialogar en ese silencio que se abre entre las dos, justamente porque Berenice no tiene claro su origen y la madre tampoco quiere hablar de ese pasado que, no obstante, en algún momento la llama.

—Para eso, como para todo el libro, hubo mucha investigación. A algunos escritores no les gusta dar a conocer este proceso. Pero lo cierto es que si no investigás el universo de tus personajes, es muy poco lo que podés saber de ellos. Escribir es jugar a ser otro. Y para ser otro, a veces, sobre todo en la novela, tenés que aprender de cosas como taxidermia, botánica. Es parte del disfrute de ser escritora. Qué alivio no ser Betina por un rato y poder ser una señora de setenta años enojada con el mundo. Y la investigación incluye lecturas literarias. Así que para conocer de botánica trabajé con bibliografía técnica y literaria. Y en este último caso, allí hay mucho de Katherine Mansfield y de Elizabeth von Arnim, escritoras que adoro y que ya venía leyendo.

—Esta novela te llevó varios años de escritura. ¿Cómo fue el proceso de acompañar a cada personaje durante tanto tiempo?

—Mirá, no es que a mí me guste Vargas Llosa como referencia ética pero hay algo que dice, que me parece importante. Y es que no hay novelistas precoces. Un novelista se hace libro a libro. Ahora, por ejemplo, miro mi primera novela, Arte menor, y siento que es mucho más realista, en el sentido de mimética, de lo que hubiese querido. Y como América alucinada no terminaba de encontrar el tono que yo quería, en el medio escribí Las poseídas, que se publicó en 2012. Todo el tiempo escribo muy consciente de cuánto me falta para ser la escritora que quiero ser, para escribir el libro que quiero escribir. Llevar estas historias de la mano no fue un proceso sencillo porque la escritura se me desbordaba a cada rato. Por eso fueron muy importantes las observaciones de algunos amigos que leyeron los borradores y que me hicieron un par de preguntas clave. No todo tiene que cerrar en una novela. Es más, es bueno que no todo cierre. Pero hay preguntas sobre trama, sobre estructura de un texto, que deben tener respuesta, que tienen que ver con tomar las mejores decisiones para que la apuesta inicial de la historia, ese chispazo de la imaginación, encuentre su mejor forma narrativa.

—¿Cuál fue el desafío, entonces?

—Lograr personajes autónomos. Lo que importó aquí fue la lógica de ellos, no el modo en que yo hubiese reaccionado en cada situación. No creo que la ficción se oponga a la realidad. La ficción no equivale a mentira. En una narrativa de lo ficcional hay una verdad que se enuncia sólo ahí. Se trata de una verdad que tiene que ver con la experiencia humana. A mí no me seduce la ficción poco ambiciosa desde ese punto de vista, la ficción que es ingenua, que cree que se debe limitar a copiar la realidad.

—La construcción de lenguaje también es muy importante en este libro. Tiene resonancias fuertemente poéticas y a la vez la lengua parece desenfocada, enrarecida.

—Antes te contaba sobre la dificultad de pensar en una lengua y vincularte con un país en otra. A la larga, esas lenguas se mezclan, se cruzan. En el programa de Texas, las clases eran bilingües y eso fue para mí una riqueza. Porque, por ejemplo, había una clase de poesía obligatoria donde la profesora nos pedía que llevásemos los poemas en inglés y en español. Entonces, cuando empezás a traducir tu propio texto, explota. Porque te das cuenta de todo lo que sobra y de todo lo que podría ser, y no es, en tu propio territorio. Es un proceso muy loco de despojamiento y a la vez de crecimiento, de percepción de todas las posibilidades de tu lengua. Eso tiene un impacto concreto al escribir narrativa. A la vez, vivir en Estados Unidos me puso en contacto con otras formas del español. El de México, el de Guatemala, el de Perú, los que hablaban mis compañeros. Eso también fue una ganancia. Entonces, el lenguaje de América alucinada se fue haciendo de esa riqueza. Fue como una liberación de mi propio castellano, una explosión de sus múltiples posibilidades. A la vez, "intervenido" por la fantasmagoría del inglés. Por eso no me cierra del todo cuando algunos lectores dicen que el lenguaje de América alucinada suena a una traducción. Para mí suena a un uso de muchas versiones posibles del español, a un uso de la lengua como artificio.

—En tu blog rescatás una frase de George Steiner: “No quedan más comienzos”. Y lo hacés en relación con América alucinada, con ese clima de decadencia en Estados Unidos que también está en la novela, tanto como la decadencia de ciertos paradigmas como fueron las comunidades hippies pero también los fracasos evidentes del capitalismo como sistema, que se termina fagocitando a sí mismo.

—Esa frase de Steiner proviene de un ensayo sobre la creación en el que él dice que la literatura es puro futuro y que el problema de hoy es que los relatos sociales sobre el futuro cayeron. Que para escribir, sobre todo ficción, hay que centrarse en el poder del subjuntivo. Eso para mí es un hallazgo: alguien que puso en palabras lo que a mí me pasa como lectora y como escritora de ficciones. El sentido, el encantamiento de la ficción está en hacer retroceder el mundo en un "Qué pasaría si....". Ese es el corazón de América alucinada: no un reflejo de Estados Unidos si no un “What if” que está en el centro de cualquier buena historia. La magia del novelista, además de la creación de un lenguaje propio, está en producir ese encantamiento. El montaje de escenas, la temporalidad, los personajes, son todos partes de un gran acto de magia.

Una mujer escondida en el armario

El día que descubrió una mujer escondida en uno de sus armarios, Vik había soñado que ganaba un torneo de ping pong. Los dos hechos no estaban relacionados, excepto por el sentimiento de triunfo seguido de asco, que era más o menos lo mismo. Entrar a una casa midiendo sus pasos, acercarse a la puerta del clóset y apoyar la oreja en la madera equivalía a la calculada, perfecta trayectoria de su brazo en el sueño, que colocaba la pelota fuera del alcance del adversario.

En ese momento, en el que el suspenso de esos días estaba al fin por acabarse, su oído registró —a pesar de las dos pulgadas de roble que se interponían entre él y su descubrimiento— el sonido de una carcajada. Vik se alejó de la puerta del armario como si hubiera recibido una descarga, perdió el equilibrio y recién entonces recordó el sueño. Sobre todo la cara de su contrincante, un hombre mayor, que se quitaba los lentes y se limpiaba el sudor con el antebrazo. Mientras la gente aplaudía y gritaba, el hombre sacudía la cabeza de un lado a otro sin comprender cómo ese niño de diez años acababa de vencerlo en su juego favorito.

Vik, que jamás había jugado al ping pong, y que tenía exactamente cuarenta y un años, había despertado de ese sueño sintiéndose enfermo o estafado, como si hubiera salido de una operación en la que un órgano le hubiera sido extirpado sin su consentimiento. Por suerte, su cerebro, equipado con decenas de reacciones químicas protectoras, se encargó de descartar las imágenes y su agria incomodidad tan pronto como Vik hubo salido de la ducha. Sabía lo que debía hacer. Se secó y se vistió conservando una minúscula aprehensión en el pecho. Como siempre, salió de su casa a las siete y cuarenta y cinco, no sin antes revisar las ventanas y el complicado sistema de cámaras que había instalado el día anterior.

En realidad, el sistema no era tan complicado. Pero dado su total analfabetismo tecnológico, había tenido que contratar a alguien para instalarlo. Se trataba de dos cámaras, una en la cocina y otra en el pasaje del dormitorio al baño, que enviaban imágenes a su teléfono celular. El instalador —que tenía un negocio sobre la avenida Grandville— lo había felicitado y le había asegurado que hoy en día muchos propietarios estaban optando por ser guardianes de su propia casa. “Uno nunca sabe lo que pasa cuando se cierra la puerta de entrada”, había dicho mientras estrechaba la mano de Vik más fuerte de lo necesario.

Días atrás, Vik ni siquiera tenía un teléfono celular. Ahora tenía uno con la carpeta de “contactos” absolutamente vacía. Con frecuencia se había preguntado qué urgencias obligaban a algunos a manejar con el aparatito adherido al cuello o a exponerse a que un vendedor de parcelas de cementerio les amargara para siempre un día de sol. Ahora lo sabía. Ahora él era uno más. ¿Qué sería lo próximo? ¿Comer en restaurantes? La idea lo hacía estremecer. Entrar en uno de esos comederos, donde la gente se amontona para devorar almuerzos, o en esos lugares con música de orquesta que sin embargo no alcanza para disimular el ruido de cuarenta, cincuenta mandíbulas trabajando al unísono... No. Sin duda eso sería demasiado.

Obra literaria

Betina González ha publicado Arte menor, Premio Clarín Novela 2006; Juegos de playa, una colección de relatos distinguida por el Fondo Nacional de las Artes, y Las poseídas, escrita en 2010 y publicada dos años después, cuando obtuvo el Premio Tusquets Editores de Novela. Enseña escritura en la Universidad de Buenos Aires, donde también participa en varios proyectos de investigación sobre ficción, nuevas narrativas y prácticas de lectura. Entre sus trabajos académicos, se destaca el libro Conspiraciones de esclavos y animales fabulosos sobre literatura y moral en el siglo XIX.

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