Escenario
Sábado 09 de Septiembre de 2017

Una fuerte experiencia para el recuerdo

En la primera de sus cuatro presentaciones de "Solo piano" en el Astengo, Fito Páez entabló una íntima comunión musical con los fans locales.

Quizás sería pueril y hasta superfluo realizar la crónica de un nuevo show de un artista rosarino que, con más de 30 años de trayectoria, docenas de discos, múltiples galardones y cinco Grammy Latinos, vuelve a su ciudad natal. Sin embargo, Fito Páez siempre se reinventa.

   En esta oportunidad, el músico arribó a Rosario con la excusa de presentar su espectáculo "Solo piano", con el que recorrió distintos escenarios del mundo. En total, cuatro presentaciones durante este fin de semana y el próximo, con la particularidad de presentar a un Páez en plan íntimo y descontracturado, sin banda: el artista, su piano y el público. Nada más. El formato planteaba una serie de incertidumbres; ¿Podría el artista lograr una atmósfera que captara la atención de la audiencia durante la totalidad del concierto? ¿Cuáles serían los costos y beneficios de un show así?

Desde las 21.30, las dudas se despejaron cuando Fito (54 años, saco negro, jeans; las cervicales más castigadas del rock nacional) emprendió los primeros acordes de "El mundo cabe en una canción", ante una ovación generalizada. Justamente fue el público quien ofició de backing band en esta experiencia sensorial de hora y media de duración.

   Momentos después, la llegada de "No soy un extraño" y "Cadáver exquisito" permitió apreciar dos extras importantes que tuvo el set: el efecto de reverb que el operador de sonido le brindó al micrófono de Fito, con el fin de generar una sensación de mayor impacto a través del eco producido por su voz, y las adecuadas intervenciones de luces, que iban variando de colores e intensidades, haciendo juego con los estados de ánimo de cada una de las canciones.

   Tratándose de un show de carácter revisionista, era evidente que desfilarían clásicos presentes en el cancionero popular. De esta manera, hits como "11 y 6" (aquí Fito se emocionó al ver que el público corea, sin música de fondo, el estribillo), "Un vestido y un amor", esa oda compuesta para Cecilia Roth en los 90, o "Al lado del camino", entre otros, deleitaron al público local.

   Dos invitados engalanaron la velada. En primer lugar Páez invitó a Fabián Gallardo, quien guitarra en mano, subió a escena para una interesante interpretación de "Ambar violeta". Instantes después, ambos intérpretes unieron sus voces a dúo en "Giros", fusionando su canto en una especie de mantra musical. Previsible pero necesaria, la irrupción de Coki Debernardi no sorprendió, pero sí gustó. El líder de los Killer Burritos se personificó como un crooner dolido en una versión teatral y cautivante de "Cuervos". Primero, su voz era ronca y susurrante; luego se electrificaba inesperadamente en una serie de gritos catárticos. El público aplaudió y reconoció dicha performance con una cálida ovación. Con el correr del tiempo y algunas copas de vino encima, el creador de "Circo Beat" se mostraba exultante y de buen humor. "Qué señoritos y señoritas están todos hoy. Claro, parece una gala paqueta esto. Los quiero ver dentro de 15 minutos", soltó, antes de iniciar una potente versión de "Al lado del camino".

   Dos fueron también los homenajes que el rosarino realizó en su set. Una sentida reversión de "El breve espacio en que no estás", de Pablo Milanés, y una reverencia especial a Bob Dylan con "Ring Them Bells", primero en inglés (Fito no es un gran english speaker, pero se defiende con astucia) y luego con una bella versión en castellano.

   Sobre el epílogo, una catarata de emociones sobrevoló el ambiente. Las luces de los teléfonos celulares se encendieron para crear una luminiscencia radiante en "Brillante sobre el mic" y las gargantas se fundieron en una sola voz con "Mariposa Tecknicolor". La frutilla del postre llegó en los bises con una versión a capella de "Yo vengo a ofrecer mi corazón", proseguida por "Dar es dar" y un himno de estadios: "Y dale alegría a mi corazón". Fue un cierre rockerísimo, con Fito tirado en el piso del escenario y el público eufórico, cantando sin música, durante más de cinco minutos.

   Como decíamos antes, un show de estas características tenía pros y contras. Quizás se extrañó la contundencia rocker de la sólida base de guitarras, bajo y batería, que otorgan Diego Olivero, Mariano Otero y Gastón Baremberg, respectivamente. Esa faltante, a lo mejor propició que no sonaran canciones como "A rodar mi vida" o "Ciudad de pobres corazones", por ejemplo. Pero, por otro lado, el talento único de Fito y su particular mood lograron que el recital fuera una experiencia para el recuerdo, un souvenir para llevarse a casa y sentir que cada uno de los allí presentes tuvo la oportunidad de estar disfrutando de las canciones de su ídolo, como en el living de su hogar.

   A estas alturas, Rodolfo, este hijo del 63 que antes de los 30 ya tenía un gran CV dentro del panorama del rock nacional, sólo necesita demostrarse a sí mismo por qué hace lo que hace tras tantos años de giras por diversos rincones del planeta. Páez es el Fitzcarraldo que edificó un monumento de himnos que ingresaron para nunca jamás irse en el cancionero popular hispanoparlante. La importancia de su obra y su legado de más de tres décadas, se hicieron evidentes una vez más ayer en Rosario. Enorme.


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