Escenario
Jueves 08 de Junio de 2017

"Reconocer que somos débiles es el primer paso para que todo esté mejor"

El director español habló de su última creación, una historia donde un grupo de personajes encerrados llegan a extremos delirantes

Alex de la Iglesia, uno de los grandes creadores del cine español de las últimas tres décadas, vuelve a la carga con su nueva película, "El bar", que llega hoy a los cines de Rosario. Como en sus más memorables creaciones, "El bar" aborda a gente común, en lugares comunes y en situaciones extraordinarias. En "La comunidad" fue en un edificio en alquiler, en "Crimen ferpecto" en una sucursal de El Corte Inglés, en "Balada triste de trompeta" el Valle de los Caídos, en "Las brujas" una cueva, y en "Mi gran noche" un estudio de televisión. Ahora ese lugar común es un bar del centro de Madrid, donde todos en su interior quedan atrapados.

El encierro comienza cuando alguien desde afuera del local dispara mortalmente a alguien que va a entrar allí, después que un desconocido entra a velocidad en el baño mientras un pordiosero dice una sarta de disparates. Un grupo de personajes variopintos, incluso un mozo y la propietaria, al no poder huir por la calle, lo intentarán por los subsuelos. Las sospechas de lo que ocurre afuera son diversas y lógicas, lo que no imaginan es que en función de sobrevivir, todos estos personajes, y los que superen incluso sus propias miserias, irán descendiendo al infierno por infierno, peldaño a peldaño, como en una suerte de "Divina Comedia", a pura violencia, por un minuto más de vida.

De la Iglesia construye su narración como si fuese un cómic, no le teme a la claustrofobia ni a lo revulsivo, y lleva a sus personajes a los extremos más delirantes. Sin dejar de ser vasco y observador de la España del presente, convierte a su viaje en universal porque ¿dónde no existen bares y este espejo de personajes?

El cineasta no está solo en esta aventura: aquí aparece su guionista mano derecha, Jorge Guerricaechevarría, y figuras como Blanca Suárez, Mario Casas, Carmen Marchi y el argentino Alejandro Awada. "Lo que me motiva a hacer cine es el fracaso y la posterior sensación de mejorar", dijo el autor de "Perdita Durango" y "800 balas" en charla con Télam.

—¿Por qué filma películas corales?

—Es como que en parte se me conocen todos los trucos, me da la sensación de que todo el mundo me conoce más que yo. He hecho muchas que no lo son, pero es curioso comprobar cómo el que observa desde afuera tiene la necesidad de encontrar puntos en común entre una y otra, y uno es lo coral. Sí, es cierto, porque el protagonista no es uno solo sino muchos, y la historia pertenece a una situación, con reacciones diferentes. Si hubiese sido uno solo, la película hubiese estado coja. Es bueno ver a distintas personas frente a un misma provocación.

—La problemática que incumbe a varias personas es la de las miseria humanas...

—¿Hay otro tipo de comportamiento que no sea miserable? ¿Hay un comportamiento altruista, bondadoso en el hombre? Confío en que sí, pero no forma parte de mi lenguaje. No quiero tener una visión pesimista de la humanidad o de mis congéneres, pero existe la sensación de que ese comportamiento miserable es humano y ya no es miserable.

—¿Sólo es cuestión de aceptarlo?

—Es como decir "reconozcamos que llueve". En el momento que dice que llueve parece pesimista de la vida porque no dices "hace sol", pero el hecho de reconocer que llueve siempre convierte a esa lluvia en algo constante y entonces ya no es digno decir si es buena o mala. El que nosotros tengamos un comportamiento débil o fragmentario, o injusto, nos hace humanos. Hay que convertir eso en algo positivo, que nos una. Todos somos débiles. El reconocer que somos débiles es el primer paso para que todo esté mejor. El problema es cuando todos queremos ser buenos, tener comportamientos normales y estables, y que todos los días sean soleados.

—Gente y lugares comunes en situaciones extraordinarias...

—Pues muy bien expresado. En España, en 1984, hicieron un ciclo con un grupo de películas de (Alfred) Hitchcock y tenía un tagline: "Un pobre hombre metido en una tremenda historia", y de pronto dije "es esto lo que quiero contar": gente que se ve superada por una situación que no controla.

—Es algo común a todos...

—Hombre, yo creo que es la vida. La vida es una película empezada, a la que llegas, te colocan en una casilla, tienes que moverte de una manera y te juzgan por ello, no te dan la oportunidad de controlar la situación, nadie te da instrucciones de cómo hacerlo: oye, si haces esto, esto y esto, sobrevives, o si hace esto, mueres. Nadie te dice cuál es el secreto. La vida es un juego en el que no conocemos las instrucciones, las vamos conociendo mientras jugamos. Eso me parece injusto en la medida que nos han dicho que sí hay unas reglas.

—Películas con mucho paisaje urbano, real, y a la vez el encierro...

—Para que resulte más verosímil, me gustaría que todo fuese real menos lo que cuento, para que de alguna manera el paquete donde está incluida mi mentira, que es mi historia, resultase atractivo, por lo menos comprable para el espectador, que entienda lo que pasa, que no se sienta engañado.

—El bar, en ese sentido, es un lugar perfecto...

—Lo bueno de un bar es que es un lugar en el que te sientes seguro, un lugar pequeño en el que el drama se establece de la misma manera, tienes relación con gente desconocida que no sabes quiénes son, y sin embargo no te sientes obligado a hablar con ellos, puedes rechazar el juego, sentarte, pedir un café e irte, pero tienes la tentación, alguien muy cerca, que puede ser ese ángel que te puede sacar de tu infierno o un demonio que te empuja al suyo.

—El bar puede ser un diván de psicólogo...

—Más que un bar puede ser un ring, una especie de lugar en el que te enfrentas a una situación pequeña que resuelva tu vida, entonces los problemas se ven con más claridad.

—¿Tus castings son difíciles o en tu cabeza ya construiste personajes específicos para un actor?

—Un poco las dos cosas. Me importa mucho que el actor encaje con lo que yo busco. Pero por otro lado también me gusta descubrir gente para darme cosas. Me da mucho miedo buscar algo seguro y que circunscriba la película a algo ya conocido. Hay que dar la posibilidad de algo nuevo, y en este caso Alejandro Awada ha sido un descubrimiento.

Claudio D. Minghetti

Télam

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