Escenario
Lunes 19 de Diciembre de 2016

El astro francés, con más sombras que luces

El intérprete de "Cyrano de Bergerac" ofreció pocos matices expresivos en su debut, evidenció problemas de respiración y no sedujo al público

El astro francés Gérard Depardieu debutó el sábado en el Teatro Colón con un recital en el que recitó pasajes de clásicos de las letras de su país, secundado por los pianistas David Fray y Emmanuel Christien, y quedó demostrado que es un actor de un talento superlativo.

El show, que anoche tuvo su segunda función, comenzó con un pasaje de "Ruy Blas", de Víctor Hugo, en el que un sirviente sustituye a su amo en una virtual corte española del siglo XVI y describe la situación caótica de la península para luego ganarse los favores de una reina que fue reacia a los embates de su señor.

El problema es que a Depardieu -brillante protagonista de los filmes "Novecento" y "La mujer de la próxima puerta"-, se lo vio pesado en el andar, vestido de oscuro para disimular su enorme vientre, con problemas de respiración y con limitado juego de manos. Cualquier espectador puede sentirse satisfecho ver a un actor de su nivel a pocos metros de su butaca, pero no es bueno asistir a la presencia de un histrión de 68 años que de alguna forma es víctima de su egolatría, como si fuera inconsciente de sus límites.

Es cierto, el público argentino no está acostumbrado a cierto teatro poético que los franceses cultivan desde el siglo XIX, en el que lo importante es la palabra más que el movimiento y la acción, pero en "Ruy Blas", Depardieu insistió en una monotonía que develó su falta de matices al pasar del susurro al grito sin nada en el medio.

La voz de Depardieu es inconfundible, pero en el escenario no ofrece las variables intermedias que hagan disfrutable un texto bastante arduo, cuyos subtítulos en castellano enrevesaron más de una vez.Mejor suerte tuvo con los dos segmentos dedicados a "Cyrano de Bergerac", porque allí tuvo oportunidad de tocar la melancolía y la fatalidad que ya estaban en la letra de Edmond Rostand.

En el final, Depardieu leyó la traducción al francés del poema "Insomnio", de Jorge Luis Borges. Fue allí donde el milagro se produjo y entre el divo y la platea se estableció un contacto de humanidad antes inexistente. Antes de despedirse, Depardieu lanzó: "Yo no soy Al Pacino", en referencia a su colega hollywoodense que estuvo en el mismo escenario.

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