Escenario
Domingo 03 de Septiembre de 2017

Con el diablo metido en el cuerpo

Se estrenó en el CET el drama "Los cuervos de Asmodeo", con la dirección de Nicolás Costantino.

El encierro suele ser una infalible causa de perturbación que puede todavía ser más nociva mezclada con creencias de difícil constatación y desarreglos mentales, pues induce a las más inesperadas y alucinadas imaginerías. Como la de tres hermanas que, atosigadas por la figura paterna, son víctimas de arrebatos esquizoparanoides mientras deciden cómo enfrentar sus miedos. Así se presenta, lúcida, oscura, enigmática y por momentos indescifrable, la obra teatral "Los cuervos de Asmoedo" que, con la producción del colectivo Engendro Teatro, y con dramaturgia y dirección de Nicolás Costantino, se estrenó el 05 de agosto y sigue levantando el telón los sábados de septiembre a las 21:00 en el Centro de Estudios Teatrales (CET, San Juan 842).

  Se trata de un texto original de Costantino influenciado por el caso de las hermanas satánicas, como se llamó en 2000 al asesinato de un ferretero de la ciudad de Buenos Aires de cien puñaladas a manos de una de sus hijas que, junto a la otra, realizaba un ritual religioso. Es también la segunda aventura del dramaturgo y director, ejerciendo ambos roles, luego de "El raudal".


INSPIRACIÓN. La figura que aparece en el título de la obra no es menor si de inspiración se habla. Para las antiguas escrituras de varias civilizaciones de Asia Menor, Asmodeo es un diablo. Y muy especial: ha desposado a Lilith, la primera mujer de Adán. Luego, en la Edad Media, se cree que se lo ha encadenado por ser responsable del pecado de la lujuria y de la perversión sexual.

   Es tal demonio el que habita el cuerpo de esas tres personas abandonadas a su rutina y sus fantasmas. Y a lo mejor sea el mismo que envía a esos cuervos que invaden el patio y se posan sobre la ropa recién colgada. O el que dicte la brutal forma de terminar con el culpable de semejante agonía.

   Agobiadas por una interminable liturgia de sobresaltos y culpas, María parece controlar las riendas de la casa y de la cotidianeidad, y se nutre, bipolar, de una intensa Geraldina Cignoli en una macabro y bien trabajado juego de ciclotimias. La Rosario de Cristel Wagner parece ser la menor de las hermanas y, si bien no expresa la exaltación de la anterior, alimenta constantemente el fuego de la locura con raptos de lucidez y dispersión. Pero la más afectada parece ser la impetuosa Itatí, en la piel de una Ivana Sormani contundente en una interpretación lejos de la cordura generalizada.


DENSO Y ATERRADOR. Es así como, con pocos recursos escenográficos y de iluminación, la tragedia se monta sobre esas tres pobres mujeres, y sobre las espaldas de las actrices que le deben flexibilidad a un texto a veces inquietante y convocante, y otras, enfocado sólo en la psiquis de las protagonistas. Son momentos en los que el clima se hace denso y aterrador, pero también incoherente.

   Consolidan ese desquiciado cuadro un vestuario, diseñado por Ricardo Blanco, de un ajustado estilo más decadente que vintage, y un espeluznante maquillaje corrido apto para profundas cavidades oculares junto a tan descuidadas como enmarañadas cabelleras.


PSICOTHRILLER. Con la permeabilidad que ofrece la representación de la locura como handicap; con una dirección y una puesta enfocada en la actuación y sobre todo en el lucimiento de las actrices, y en consonancia con un libro que es propio; con una trama de atrapante thriller psicológico y un correcto abordaje estético, congruente con el ofrecido por las obras que pueblan esa sala; y en busca de asentarse como una buena historia de terror, la obra se sirve del canalla deseo de ver qué sucede en la intimidad de la insanía y en el espíritu de la falta de juicio de los espectadores.

   Y lo hace con un texto fuertemente poético pero a la vez salvaje (hasta con pasajes de Alejandra Pizarnik), con una mirada contemplativa y no menos recelosa de esas personas inimputables, y con la solapada intención de dar cuenta de las feroces fauces de la soledad.

   Dando rienda suelta a un grotesco de estremecedoras dimensiones, "Los cuervos de Asmodeo" se posa sobre las diferentes formas en las que se manifiestan los miedos. Con sus demonios incluidos.

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