Sábado 25 de octubre de 2014
Viernes, 06 de septiembre de 2013  01:00 | Escenario

Gustavo Cordera: "El rock siente envidia de la cumbia"

Gustavo Cordera dispara contra el rock. Y tiene sus argumentos, aunque uno no esté de acuerdo. "El rock se volvió complaciente con el público", asegura, mientras habla entusiasmado del tema...

En charla con Escenario, Gustavo Cordera disparó contra el "rock complaciente".

Por Carolina Taffoni / La Capital

Gustavo Cordera dispara contra el rock. Y tiene sus argumentos, aunque uno no esté de acuerdo. "El rock se volvió complaciente con el público", asegura, mientras habla entusiasmado del tema que grabó hace pocos días con el grupo tropical La Liga, una cumbia hecha y derecha que se llama "Equivocarme y hacerlo". Este es el camino que tomó el ex líder de Bersuit como solista, "una experiencia más libre", como él la define, donde distintos géneros de la música latina y rioplatense buscan expresarse con energía rockera. Después de editar tres discos con esta particular visión, el cantante está embarcado ahora en una gira junto a su banda, La Caravana Mágica, y en ese marco se presentará hoy, a las 22, en Willie Dixon, Suipacha y Güemes.

Desde las playas de La Paloma, en Uruguay, donde vive hace siete años, Cordera habló con Escenario de su encantamiento con la cumbia, de "la crisis" del país y de la competencia de los músicos que tocan en shows gratuitos. "Soy un rebelde dentro del rock", afirmó.

—Tu música siempre coqueteó con la cumbia, y el mes pasado grabaste un tema con el grupo La Liga. ¿Creés que todavía quedan prejuicios en el ambiente del rock con respecto a la cumbia o es un género que ya fue asimilado?

—Yo creo que el rock siente envidia de la cumbia. Y la verdad es que es envidiable: la gente bailando, feliz, convocatorias increíbles, chicas hermosas con un swing terrible moviendo las colas, sensualidad, ritual. Todo eso es muy fuerte. Y además es la música de las clases bajas, del pueblo. El rock, en cambio, es más clase media y siempre va a ver a la cumbia como una cosa peligrosa. Hace muchos años los Luna Park los llenábamos las bandas de rock, pero este año los Luna Park los van a llenar las bandas de cumbia. Sin ir más lejos, La Liga va a tocar ahí el 8 de octubre y ya tiene casi todas las entradas vendidas. Estaría bueno poder rescatar algo de eso, y es lo que yo hice con los chicos de La Liga. Ellos me regalaron un swing increíble en una cumbia y estoy refeliz.

—Más allá de las convocatorias, desde lo estrictamente artístico, hay un desprecio hacia la cumbia, es algo que se nota...

—Sí, y es lógico, porque para el intelecto la cumbia es baja. El intelecto siempre hace eso con el instinto, lo mismo que hace la razón con el misterio: lo denosta, lo forrea. Y el intelecto rock genera eso. Yo formo parte del intelecto rock, estoy hablando desde ese lugar, pero lo mío tiene más que ver con la introspección que con algo acusatorio. Nosotros tenemos tres cerebros: un cerebro reptiliano, que tiene que ver con el instinto de conservación, con la alimentación y los sentidos; un cerebro maternal, que tiene que ver con la compasión que sienten las hembras con sus hijos y que el hombre empezó a imitar; y un tercer cerebro que tiene que ver con la razón y los ideales. El rock tiene mucho que ver con ese tercer cerebro. El tema es que eso desintegró de alguna manera al primer cerebro, el del ritual, el básico. Hoy nos estamos encontrando con rituales de ayahuasca, con parteras tradicionales, con el contacto con la tierra, y los artistas tenemos que integrar ese mundo. El rock tiene que integrar ese mundo y abrazar al mundo de la cumbia, porque ahí están los locos y los chamanes. Te lo aseguro porque la experiencia que tuve con La Liga cuando hicieron la base rítmica es indescifrable para el mundo del rock. Y eso es lo que hace bailar a la gente, lo que inestabiliza, y está bueno inestabilizarse.

—¿Qué descubriste de vos mismo, como músico y como persona, en este trayecto junto a La Caravana Mágica?

—Es una pregunta muy amplia. Esta experiencia musical es muy distinta a la de Bersuit. La música, las letras, la ropa, todo es distinto. Y la gente que viene a vernos también lo es. Esta experiencia es más libre, porque el rock de alguna manera a mí me determinaba un gueto, un sector, con el cual tenía que conciliar aunque sea inconscientemente, porque si no no me hubiera ido bien. En la historia musical que estoy viviendo ahora estoy aventurado a un camino nuevo. No hay gueto en esto, estamos tocando para los corazones, no para un target específico como tiene el rock. Con el rock yo me sentía muy limitado. En un momento me expandí, pero después llegué al techo. El mismo movimiento me impidió seguir en él. Ahora yo siento que soy un rebelde dentro del rock. El rock ya no es rebelde, pero dentro de sus filas tiene rebeldes, y yo me considero uno de ellos.

—¿Cómo es tu vida en La Paloma? ¿Por qué decidiste vivir allá?

—En este momento estoy sentado alrededor de un fuego, con mis amigos de La Liga y de acá de La Paloma, como dos tribus que se están empezando a conocer. Estamos viviendo un momento y una conversación muy lindos, por supuesto que con la ayuda de nuestros aliados... Tené en cuenta que acá (el presidente Pepe) Mujica nos permite fumar marihuana... Elegí este lugar para vivir porque me recuerda lo que éramos los argentinos muchos años atrás, hasta que un día perdimos el camino. Acá pude reencontrarme con gente que deja las puertas de su casa abiertas, sin rejas, con el corazón abierto. Es gente poco ambiciosa, tranquila. Entonces es menos destructiva la cosa.

—A principios de este año cuestionaste a los músicos que actúan en shows gratuitos auspiciados por el gobierno kirchnerista. ¿Qué te movilizó a hacerlo?

—Yo me siento perjudicado como artista, como trabajador del arte, sabiendo que tengo que ir a competir con mis colegas que están tocando gratis en un escenario increíble pagado con dinero salido del pueblo. ¿Se entiende? Y yo tengo que cobrar una entrada porque no pienso políticamente como ellos. Eso es muy doloroso para mí. Si las corporaciones internacionales se pusieran a regalar autos Citroën o Fiat las demás corporaciones se enojarían, porque nadie compraría sus coches. Con las gaseosas o las zapatillas pasaría lo mismo. Y con la música pasa lo mismo también, porque nosotros formamos parte de este mundo.

—¿Cómo ves al país ahora?

—Lo veo en una crisis. Y yo formo parte de esa crisis. Los argentinos tenemos muchas ganas de cambiar, a tal punto que estamos económicamente en expansión pero la gente ya no adhiere a este gobierno. La gente está necesitando respuestas distintas a las que se daban 20 años atrás. Hoy la gente necesita sentirse bien, sentirse tranquila, ir a trabajar y que no los asalten y viajar en trenes copados. No hay que gastar energía al pedo ni masacrar la biodiversidad argentina. Tenemos que ser más austeros y más sensibles. Creo que se está buscando otro modelo de relación. La gente no quiere más peleas estúpidas, que son peleas por el poder, no por las ideas.

—En una nota dijiste que el rock terminó siendo complaciente. ¿A qué te referías puntualmente?

—A que el rock se volvió complaciente con el público. Una vez un periodista le preguntó a Woody Allen si conocía la fórmula del éxito. Y él le contestó que no conocía la fórmula del éxito pero sí la del fracaso. ¿Y cuál es la del fracaso?, le preguntaron. Y él respondió: "Fracasar es hacer lo que a la gente le gusta". Y ese es el peor síntoma que yo veo ahora en el rock nacional. Cuando los primeros experimentadores empezaron a hacer música lo hacían desde un lugar muy copado, pero después las bandas empezaron a tomar el arte como un proyecto y no como una cosa en sí. Entonces te proyectan vender discos, ganar guita, meter gente, y ahí el arte pierde su lugar. Escuchando lo que está pasando últimamente me da esa sensación. Eso no pasa en la cumbia. La cumbia es mucho más creativa en ese sentido, porque no tiene nada que perder.

—¿Cuándo creés que empezó la complacencia en el rock?

—En la década del 90, cuando el rock se farandulizó con el menemismo. En esa época con Bersuit estábamos bien adentro del sistema, pero como opositores. El menemismo se veía muy mal, se veía muy feo en el espejo de Bersuit. Por supuesto que también había otras bandas en esa resistencia, como los Redondos y los Piojos. Pero todo eso cumplió su ciclo. Ahora me parece que estamos en un momento de disgregación. Con la Caravana estamos justamente utilizando ese caos y ese barro para construir un nuevo arte.

—¿Te cruzás con los integrantes de la Bersuit? ¿Escuchaste el disco que editaron el año pasado?

—Me encontré con Pepe Céspedes en el cumpleaños de su madre, y ahí nos pusimos a tocar la guitarra y a cantarle el feliz cumpleaños a la mamá. Fue un momento muy lindo. A mí me gustan mucho las melodías de Pepe y las letras de Juan (Subirá). Y las voces del grupo también. Creo que la banda hizo un buen disco.

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