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Domingo 03 de Julio de 2016

Esa maldita costumbre de postergar

Dejar para otro momento o evitar, con miles de excusas, esa decisión que necesitamos tomar. ¿Miedo al fracaso? ¿Pánico a enfrentar ciertas emociones profundas? ¿Por qué demoramos esos pasos fundamentales para sentirnos finalmente mejor?

En una época en la que el viejo refrán "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy" cambió por "todo lo que pueda arreglar hoy lo dejaré para mañana" —estribillo con el que los Babasónicos nos hacen cantar y saltar— la procrastinación se hizo protagonista. ¿Qué contiene esta palabra que tantas veces escuchamos pero que todavía no sabemos bien qué significa?

Es un término que proviene del latín pro (adelante) y crastinus (referente al futuro), si nos introducimos en la etimología, al estilo de Grondona. Pero mucho mejor se entiende en la definición que nos entrega el moderno Libro Gordo de Petete, Wikipedia para la cual es "la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más agradables". ¡Ahora sí! ¡Soy un procrastinador! Puedo escuchar en el interior de cada lector cuando repasa esta sencilla definición. Mejor, vamos despacio...

Podemos empezar haciendo una simple clasificación: el procrastinador eventual, aquel que alguna vez demora una situación en particular por alguna circunstancia o justificativo concreto, y el procrastinador crónico, una suerte de máquina de postergar, que encuentra motivos constantes para evitar momentos por los que no quiere pasar.

Quizás valga empezar por ponernos de acuerdo en que el procrastinador "de libro" es solamente el segundo. ¡Qué alivio! Aquí ya se han bajado unos cuantos lectores del tren.

En todos los casos —creo que no me equivoco— procrastinar es evitar pasar por un momento que nos cuesta, retrasar o inhibir voluntariamente una respuesta para esquivar un malestar casi seguro. Y —no hace falta que lo aclare— esto es malo: muchas veces es necesario atravesar algunas tormentas si queremos llegar a destino, de lo contrario quedaremos en el camino.

Si detrás de esos momentos difíciles se encuentran nuestros valores o nuestros deseos, entonces mejor armarse y enfrentarlos.

Me gusta ilustrar la procrastinación como una garúa fina pero incesante, no moja de inmediato ni ahoga, pero molesta, y no se va. Está ahí, siempre presente. En cambio, animarse es respirar hondo y atravesar el temporal: lluvia, truenos, relámpagos, miedo, enojos, tristeza, pero claro, con una luz al final. Detrás de una decisión sentida y pensada se esconde el paisaje que querías ver, el lugar en el que querías vivir.

No es una herencia genética, pero de nada vale quedarse con que la culpa la tienen mis genes, pero lo cierto es que hay una predisposición biológica que heredamos de nuestros padres. Así lo demuestran distintos estudios (llevados adelante con gemelos idénticos, con el mismo mapa genético) en los que se observan rasgos de impulsividad y procrastinación a diferencia de lo que pasa con sus hermanos (mismos padres pero distinto genoma).

Los gemelos muestran un perfil de respuesta muy similar entre ellos, denunciando una importante participación de la genética en estas cuestiones de la personalidad, mientras que la variabilidad es muchísimo mayor en hermanos que, a pesar de ser hijos de los mismos padres (y también criados por ellos mismos), muestran una genética diferente.

En algunos casos, la procrastinación parece ser un antónimo de la impulsividad. Quizás hubo una época en la que la impulsividad haya sido una ventaja —y por eso su afianzamiento en el repertorio de las pautas de conducta del ser humano— pero hoy no lo es tanto. Al menos no frente a la mayoría de las circunstancias que nos obligan a tomar una decisión. Sí es bueno actuar sin demora cuando una urgencia así lo reclama. Todos sabemos que cocodrilo que se duerme es cartera, pero ¿cuántas veces nos vemos en tales circunstancias?

En todas las otras, mejor tomarse un tiempo para informarse, para pensar, demorar el impulso y reflexionar. Luego, será la hora de definir, arriesgar y elegir una respuesta, tengamos la certeza de cuál será el resultado o no. Aquí el punto de esta cuestión. Son muy pocas las veces que estaremos plenamente seguros de cuál será el final frente a las decisiones que tomamos, y por eso hablo de la necesidad de asumir riesgos.

Aun cuando no podamos controlar un gran número de las variables que entran en juego a la hora de tomar una decisión, ésta es impostergable: sí o no, izquierda o derecha, me quedo o me voy. Sentir, reflexionar y actuar: ésta es la receta.

Una batalla dentro del cerebro

¿Sabés quiénes son los protagonistas de esta historia en el cerebro? La corteza prefrontal y el sistema límbico, ¡cuándo no! En las vías que unen el “cerebro racional” y el “cerebro emocional” se da la mayor parte de este duelo en el que el pensamiento o la lógica les muestran sus cartas a las emociones.

Mientras las pasiones se salen de la vaina por reaccionar, sin que nada ni nadie venga a demorarlas, la corteza prefrontal vuelca un balde lleno de hielo para apagar el fuego. “Contá hasta cien”, les dice. “¡¿Hasta cieeeeen?! ¡¿Vos querés que me muera de un infarto?!”. Así parece darse ese diálogo mudo entre dos estructuras cerebrales muy acostumbradas a batirse a duelo.

Las dos tienen sus ventajas. Lo anticipo para que no te apresures a tomar partido, pero en líneas generales vale tener presente que cualquier extremo es perjudicial: ni tanto fuego que queme, ni tanto frío que congele; ni ya, ni nunca.

Si estás evitando por miedo al fracaso, tené presente que todos nos equivocamos: ese resultado no te define como persona. Si lo que buscás es seguridad o una certeza de éxito tras tu actuación, entonces quizás nunca lo hagas. Mejor saber que podés fallar, aprender de lo sucedido y mejorar para la próxima vez.

Si ya decidiste algo pero nunca encontrás el momento justo para ejecutar la acción, entonces poné una fecha límite y obligate a definir. ¡Sin entrar en pánico! Te vas a ir acostumbrando a esta agenda interna y el motor empezará a marchar sin rechinar.

Tu voluntad no debe necesariamente estar de tu lado a la hora de actuar; quiero decir, hay cosas que debemos hacer más allá de las ganas, porque se trata de pasos importantes para llegar a destino. No somos niños ya, hay que hacerse cargo y avanzar hacia el norte que señala nuestra propia brújula. ¡Salí de la cama!

Si siempre creés que falta pensar más la cuestión —o que debés asesorarte mejor— entonces tené presente que un cierto monto de incertidumbre es obligatorio: no podemos tener pleno control de todas las variables que juegan en cada decisión. El perfeccionismo suele ser una forma de procrastinación encubierta.

Manejá tu tiempo eficientemente, sacá del medio todas esas cosas que te distraen y te demoran. Hay cantidades de actividades improductivas a las que le estás dando lugar con tal de no hacerte cargo de esa que tanto te cuesta. No te califiques de relajado si lo que está pasando en el fondo es que terminás quedándote en tu lugar de confort.

¿Vale una última sugerencia?

Intentaré que este título sea una suerte de sello de estas breves reflexiones. Algo así como la sugerencia final. Te voy a pedir que estés atento a las situaciones en las que te descubras postergando o evitando: siempre es el primer paso reconocerlas e identificarlas. Luego intentá ir más hondo en la exploración y fijate si tienen algún denominador común, algo que las una, como si se tratara de una misma raíz. Muchas veces encontrarás que es la misma emoción la que está debajo de las situaciones que te llevan a procrastinar. ¿Puede ser que lo que estés evitando sea justamente pasar por esa emoción? ¿Por qué será? ¿Te animás a seguir indagando? Los budistas asoman un sabio consejo en estas instancias: esas situaciones son grandes maestros, están ahí para enseñarte a crecer. ¡No dejes pasar la oportunidad!

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