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Domingo 31 de Julio de 2016

"Es necesario prepararse para morir"

La tanatóloga Carla Calvi se especializa en duelos. Acompaña a niños y jóvenes que tienen enfermedades muy graves con mal pronóstico. Por qué tenemos tanto miedo a hablar de la muerte. Cómo manejar el dolor para no perderse en el sufrimiento.

¡Vaya trabajo!. Imposible no sentir cierta conmoción ante la presentación de Carla Calvi. "Llevo 16 años asistiendo a familias en duelo, acompañando a niños y adolescentes a transitar su propia muerte", dice con voz dulce y una sonrisa, vestida de colores estridentes.

   La mujer es tanatóloga (se dedica a una disciplina que estudia la muerte), Máster en Tanatología y Cuidados Paliativos de la ULL de España. Es psicóloga social y couselor, y ofrece seminarios en Argentina, España y Estados Unidos. Tiene una vasta experiencia en el campo de los padeceres emocionales de quienes tienen que atravesar una enfermedad grave con pronóstico reservado, y familiares que han perdido a un ser amado. Está brindando una serie de charlas en Rosario en las que propone dialogar acerca de la muerte, con naturalidad, expresando temores y desterrando mitos.

   La muerte —cotidiana e inevitable— se presenta sin embargo como un fantasma gigante al que casi todos le tenemos mucho miedo y del que no queremos ni escuchar hablar. Calvi invita a hacer lo contrario ...


—¿Por qué nos cuesta tanto?

—Porque la desconocemos, porque no queremos verla. Porque no sabemos y en ocasiones no entendemos. En la época de las cavernas un hombre salía a cazar y de pronto no volvía más, desaparecía y nadie comprendía qué había pasado. Después, a medida que fuimos evolucionando vimos que alguien no respiraba, se quedaba tieso, y que eso era la muerte: desconcierto e incertidumbre. Las explicaciones se las fuimos encontrando con el tiempo. Pero cargamos con una historia de no saber qué pasa cuando alguien muere. Además, social, económica y culturalmente no conviene que nos amiguemos con la muerte. Los medios, el mercado, te venden que no tenés que envejecer, que tenés que viajar, que tenés que comprar, que vas a ser feliz si tenés. Estamos, además, educados para eso, para ser felices, sanos, para que nadie nos engañe, para que las cosas no nos duelan. Y si hay dolor, para que pase lo más rápido posible. Entonces, desde el único lugar que nos conviene amigarnos con la muerte es desde lo emocional, desde lo interno. Ponerle palabras, perderle el miedo es muy saludable, y te conecta con la vida.


—Entonces hay que hablar de la muerte...

—Sí, es importante.


—Cuando hay niños en la familia, ¿tocamos el tema o esperamos que ellos lo planteen?

—Es mejor esperar que el tema surja. Salvo que se produzca la muerte de un ser cercano, entonces, ahí, estamos obligados a hablar. ¿Cómo? Muy simple: con la verdad.


—¿Y cuál es la verdad?

—La verdad es que va a suceder. Usar el sentido común es clave. ¿Vas a morir, van a morir personas que querés? Sí, va a suceder, no sabemos ni cómo ni cuándo pero sí va a ocurrir. De hecho, los niños "lo saben"... Pero somos nosotros los que no estamos educados para entender a la muerte porque para eso deberíamos estar, primero, educados en tolerar la frustración. Aprender a vivir con la muerte no significa estar todo el tiempo pensando que esa persona que amamos se va a morir, que no lo voy a ver, cómo será cuando esté muerto. Pero sí aceptar que todo se termina... desde una relación de pareja, el embarazo, el ser niños, un trabajo, una amistad se terminan. Si nosotros a los niños les enseñáramos a aceptar y enfrentar la frustración puede ser todo más fácil. Pero en estos tiempos no es mucha la gente que tiene tolerancia a la frustración. Tenemos que cargar con esto de que no podés equivocarte, que nada puede salir mal. Ahí hay poco espacio para plantear la realidad de la muerte.


—En otras épocas la gente moría, y se la velaba en la casa, o los chicos iban a la sala velatoria. Ahora eso sucede cada vez menos. En general la sugerencia es: no los lleves, les va a hacer mal ...

—Claro, porque no queremos sufrir, porque no queremos admitir la realidad. Y la realidad es que sucede.


—Negarlo tiene consecuencias...

—Muchas, sí, porque no permite avanzar. Es como cuando no querés admitir que una relación de pareja se terminó, si cabe el ejemplo. Una relación se termina pero resulta que pasan los años y seguís pensando y pensando en ese vínculo, con un enorme gasto de energía, claramente no estás admitiendo la realidad. Y si no podés avanzar, ¡no podés vivir!. Si admito los finales voy a estar más cerca, también, de poder admitir la muerte y darle lugar a la vida.


—Y la religión y otras creencias, ¿qué papel juegan? ¿Sirven las explicaciones como por ejemplo: el abuelo está en el cielo?

—Todas ayudan y "desayudan" en algún punto. Pero son válidas. Creo que las creencias ayudan a transitar la vida pero no ayudan mucho en la muerte. Es decir, si a un chico yo le digo que el papá se murió pero que está en el cielo y desde ahí lo mira y lo cuida le estoy generando una irrealidad que puede ser muy traumática porque no tiene desarrollado el pensamiento abstracto. Porque el niño puede pensar, ¿si me ve y me cuida, por qué no viene, por qué no está conmigo?. Uno de los trabajos que me tocó realizar (a pedido de los médicos) fue el de una nena de cuatro años cuyos papás habían fallecido en un accidente. Ella sobrevivió. Ya tenía el alta clínica pero no quería ni vestirse ni comer. Los abuelos aceptaron mi intervención.

Cuando llegué les dije que no les iba a gustar demasiado lo que proponía, pero que esa era la manera de ayudar a la nena. A ella le habían dicho que los papás se habían ido al cielo, una explicación bastante típica. Después de generar la confianza necesaria le expliqué que su mamá no estaba en el cielo. Que estaba en un lugar que se llama cementerio, que ya no se movía, ni podía hablar, ni podía verla porque si pudiera hacer todo eso estaría con ella. Que su mamá no había podido evitar que eso pasara. Ella, desde su pensamiento concreto, había desarrollado un mecanismo por el cual ni se vestía ni comía porque esperaba que su mamá viniera desde el cielo a hacerlo. Es importante evitar la fantasía porque si no los chicos suelen pensar: no viene porque hice algo malo, no viene porque ya no me quiere... Desde ya que los adultos tejen estas explicaciones con las mejores intenciones, pero pueden generar mucha confusión, sensación de abandono y dejar marcas complicadas. El dolor propio no nos permite decir la verdad, creemos que si inventamos algo los vamos a proteger más. Pero ellos están más cerca de entender que nosotros. Por eso insisto con que hay que tomar contacto con la realidad, ir al velatorio, al cementerio. Eso tiene un sentido. Veo, creo y asimilo.


—Imagino que de lo que sí se puede hablar con más facilidad es del amor, de lo que se vivió con esa persona que ahora ya no está...

—Claro, porque lo que realmente cambia es el hecho de no tenerlo o tenerla más físicamente. Hago hincapié en la ausencia física porque es muy importante sentir que nos quedamos con algo, con el recuerdo, el amor, el afecto, lo vivido, lo transitado, eso es ¡muy valioso! Si pensamos sólo la muerte como la desaparición de todo es insoportable, y además no es cierto porque no desaparece todo. Lo que nosotros sentimos y vivimos con esa persona no desaparece —al contrario—, al no estar lo físico adquiere un sentido distinto. Esto siempre y cuando podamos verlo desde el dolor, porque si lo vemos desde el sufrimiento sólo veremos lo que ya no vamos a vivir con esa persona.


—Distinto es el dolor del sufrimiento...

—Exacto. El dolor tiene que ver con el amor. Nos duele aquello que no va a suceder, el contacto que no voy a poder tener con ese ser querido. No voy a poder verlo, ni tocarlo, ni abrazarlo, ni compartir más, ni voy a verlo transitar su vida. Eso duele y duele mucho. Pero el sufrimiento tiene que ver con el egoísmo, con lo que yo quería que sucediera, lo que yo necesitaba que pasara, las expectativas que había puesto y que ahora se cayeron, entonces ¿ qué voy a hacer con esto? Entre el dolor y el sufrimiento hay una línea muy delgada que suele confundirse. Creemos que si alguien muere tenemos que sufrir. El dolor es inevitable, el sufrimiento es una elección, es una decisión.


—¿Cuándo el dolor pasa a ser sufrimiento? ¿Cuándo hay una llamada de atención que indica que alguien puede estar viviendo un duelo patológico?

—Si hay dolor es porque hay amor, y la muerte de alguien amado duele muchísimo. Y no es cuestión de tiempo, como dicen, porque el tiempo no hace nada solo, lo que no hacemos nosotros —internamente— no lo logra el tiempo por sí solo. Si no hago nada simplemente habrá pasado más tiempo que estoy en esa situación. Hay que preocuparse cuando aparece la autodestrucción, cuando aparecen las enfermedades físicas, psicológicas, cuando aparece el abandono, el no alimentarse, el no poder hacer más nada, todo lo que sea autodestructivo. Algo que les puede suceder a personas de todas las edades y frente a la muerte de cualquier familiar. Socialmente decimos que lo peor que te puede pasar es la muerte de un hijo, y no necesariamente, no es cierto. Lo peor que nos puede pasar es lo peor que sentimos cuando nos pasa lo que nos pasa. Porque en realidad lo que no podemos es asimilar la pérdida de quien amamos por el significado que esa persona tiene para mí. Por supuesto que como un hijo significa muchísimo el duelo es muy difícil, pero puede suceder con una pareja, un hermano, una madre.


—¿Cómo se enfrenta esto?

—No hay un modo único. Pero sí hay que saber que el ser humano está preparado para morir y para admitir la muerte de otro. Biológicamente estamos preparados para eso, para recibir un dolor muy fuerte. Cuando enfrentamos la muerte de un ser amado nuestro cerebro entra en shock, sea una muerte por accidente o por una larga enfermedad, puede ser en ambos casos. Eso significa que nuestro cerebro sabe lo que pasó, admite, y podemos enfrentar la situación. Es un modo de tomar fuerza. Lo que tenemos que lograr es confiar más en nuestros propios recursos. Cuando sabemos y reconocemos nuestras funciones, que están ahí para ayudarnos a vivir, todo es más fácil. El ser humano es más fuerte de lo que suele imaginar.


—En nuestra sociedad, a veces, se admira a aquel que se sobrepone rápidamente a la muerte de un ser querido ...

—Si la persona está como si nada, algo anda muy mal. Si no pasa nada, ahí pasa mucho. Si me dicen que un nene que perdió a la mamá sigue yendo a la escuela y está divino, no llora, le va bien, juega con normalidad, duerme perfectamente, entonces pienso: está en problemas. No puede ser como si nada porque no tiene más a su mamá. Lo normal es que pregunte por ella, que la extrañe y que de a ratos juegue, porque el duelo es intermitente en los niños. La negación no es buena. Hay que trabajar con eso.


—Una de tus principales tareas es acompañar a chicos y adolescentes que tienen posibilidad concreta de morir en poco tiempo... ¿es habitual que en nuestra sociedad se acepte este acompañamiento ?

—Hay familias que se abren y esas son las que conozco... Tenemos una medicina paternalista donde el médico decide y acciona. Yo llego a las familias que me fueron derivadas por médicos. Mi tarea es acompañar a morir, no ayudar a morir porque eso lo hacen los profesionales que se ocupan del trabajo paliativo. Yo acompaño a ese final. Cuando empecé a trabajar en esto, las leucemias en los niños, por ejemplo, no se revertían. La mayoría de los chicos se moría. Hoy cambió mucho afortunadamente. Pero en ese tipo de historias es donde intervengo. Llegan a mí porque el diagnóstico es muy complejo, igual que el tratamiento, y necesitan ayuda para transitarlo. Sucede, con frecuencia, que el niño en estos casos se esfuerza por estar bien porque quiere ayudar a los padres. No quieren que se den cuenta y esto incluso afecta su sistema inmunológico. Por eso trabajamos en equipo esa situación. Es un tránsito, y como profesional siempre veo las dos posibilidades: que pueda vivir o morir. Considero que es importante transitar la enfermedad aprendiendo aquello para lo que no estamos listos, sea vivir o morir.


—¿Hay que prepararse para morir?

— Sí. Y si no pasa, estarás listo para cuando pase. Y si pasa, será con dolor pero sin sufrimiento. La muerte puede ser un gran maestro. La muerte nos enseña a vivir.

Próxima charla

El 26 de agosto a las 19 en Corrientes 985 de Rosario, Carla Calvi se referirá a "Miedo a seguir viviendo, después de...". Una charla especialmente destinada a personas que están transitando algún duelo. Más información en www.carlacalvi.com y en el mail carlacalvi@hotmail.com

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