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Domingo 22 de Febrero de 2015

Es la historia, estúpidos

La presidenta está convencida de que quienes fueron a la marcha por Nisman son parte de una maniobra destituyente. Por eso está enfrascada, una vez más, en una pelea a todo o nada. Ningún funcionario se atreve a contradecirla.  

La presidente de la Nación ha lanzado su guerra final. No hay lugar para las dudas ni espacios para la conciliación. Marcha opositora, destituyente, bautismo del partido judicial, número de convocados patéticamente absurdo o golpe sofisticado son algunos de los calificativos que se conocieron hace horas por las redes sociales y con los que Cristina Fernández ha desafiado al 18 de febrero pasado. Usar facebook no hace más que recluirla en un diálogo inexistente con su teclado de la computadora. Pensar sólo en maniobras derrocadoras la encapsula en su única herramienta de construcción política: el enfrentamiento a todo o nada.

Fue sólo un intervalo lúcido y breve el del secretario general de la presidencia Aníbal Fernández cuando la mañana del pasado miércoles dijo que de no ser tan conocido políticamente hubiese ido a la marcha para rendir homenaje a Alberto Nisman. Algo parecido al siempre moderado Florencio Randazzo que dijo después de las convocatorias callejeras en todo el país que allí se vio a mucha gente bien intencionada. La orden bajada entonces desde el sillón de Rivadavia fue tajante: "Los que marchan vienen por nosotros. Nos quieren voltear", escuchó un ministro.

Cristina cree estar en los tiempos de la pelea con el campo por las retenciones a la soja. Ve en cada uno de los fiscales y jueces que marcharon los rostros de la Sociedad Rural y de la mesa del enlace agropecuaria. Quienes acceden a ella, comentan que pidió el detalle de nombre, apellido y un minucioso relato de cada uno de los funcionarios judiciales para descubrir el germen del mal. Nadie se atreve a anticiparle que en ese elenco aparecerán jueces protegidos por el kirchnerismo a pesar de haber sido nombrados por la "servilleta" de obsecuentes del menemismo y que fueron funcionales a los designios de este gobierno aunque atropellaran la letra y el espíritu de la ley. En realidad, nadie, hoy, día, se atreve a contradecirla ni en los datos de la meteorología. "Con los fiscales pasa igual que con Stiuso", confesó en reserva un hombre del gobierno. "Cuando espiaba a Macri o a Bergoglio era eficiente. Ahora es Belcebú", concluyó. Es que ya se sabe que la obsecuencia huele con gran rapidez el desangramiento del poder. Cuando quien detenta la autoridad (y el dinero) luce como todopoderoso, la obediencia es inmediata. Cuando hay hemorragias por el fin de un ciclo (y por su incontenible impunidad) comienzan las traiciones. Es la historia repetida.

La doctora Kirchner está terminando su mandato. Durante él sembró temor y divisiones en el Poder Judicial sin jamás abordar una reforma en serio. Hoy cosecha revancha y unidad de muchos que nunca hubiesen compartido un café. Claro que hay un sector importante de la Justicia que es aristocrático, corporativo y con intenciones de enturbiar políticamente estos días. Tras la marcha, cual epifanía, nacieron los procesamientos a Boudou, la detención de Vanderbroele o el avance en la causa de los hoteles presidenciales del sur. Es obvio que hay muchos fiscales que se golpean el pecho consternados por la falta de república y son los mismos que le bajaban la venda al emblema de la Justicia para evitar perjudicar a los amigos que se sentenciaba. Pero eso no de ahora. Si siempre se hace lo mismo no hay porqué esperar resultados distintos. El kirchnerismo hizo lo mismo que el menemismo y cooptó a fuerza de temor y halagos materiales a muchos funcionarios judiciales a los que de repente quiso repudiar por corruptos. La reacción de lo ocurrido está a la vista.

Impacta sin embargo que el gobierno haya decidido despreciar a la clase media y a los trabajadores acostumbrados a poner su cuerpo para ganar su vida y que marcharon el 18 movidos, no por la convocatoria de nombres que le son ajenos, sino hastiados por el desprecio militante con el que se los ignoró, a veces, o se los denostó, otras. Ni Campagnoli, ni Marijuán ni ninguno de ellos puede creerse que los centenares de miles silenciosos caminantes les dio un cheque en blanco. Ellos apenas fueron una excusa para manifestar el sentido de humanidad ante una muerte no esclarecida y el momento de reclamar de manera heterogénea por evidentes descontentos.

Cristina va a una nueva guerra contra el Poder Judicial. El escenario breve hasta el fin del mandato augura enfrentamientos de proporciones incalculables y de zozobras innecesarias.

El factor Lole. Carlos Alberto Reutemann acaba de pronunciarse con su tradicional forma de pensar movido por lo único que defiende: el reutemismo. Así ha sido siempre su historia política. Su decisión de apoyar al macrismo se venía leyendo cuando sus estructuras en la provincia se sumaron explícita o implícitamente a las huestes de Miguel del Sel. El anuncio de ayer puede ser interpretado en dos direcciones. La primera, la ratificación profunda del desprecio pétreo que el dos veces gobernador de la provincia tiene por el kirchnerismo local a quien está dispuesto a ayudar a sepultar para ver pasar su cortejo. Reutemann, en este sentido, se aloja en el rencor por ese sector del peronismo. Por el otro lado, es una alerta roja evidente para Sergio Massa y su Frente renovador. El ex piloto de Fórmula 1 se había trasladado hasta San Nicolás para que antes de la elección de diputados del 2013 su rostro apareciese al lado del intendente de Tigre. Desde entonces, se sintió desconsiderado por el hoy candidato a presidente y su gente. Y, dicen los que lo conocen, apeló a su olfato casi siempre infalible para saber qué vendrá luego del 10 de diciembre de este año. El Lole ahorró palabras y entrevistas y se manifestó con contundencia permitiendo que la cámara de fotos hiciera "clic" al lado del líder del PRO.

 

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