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Miércoles 16 de Julio de 2008

Equipaje

Los años pasan y se llevan luces. Pero el corazón se resiste a ser derrotado por la grisura y todas las noches abre una ventana desde donde mira el mar, la música, los árboles, las palabras, el vino...

Los años pasan y se llevan luces. Pero el corazón se resiste a ser derrotado por la grisura y todas las noches abre una ventana desde donde mira el mar, la música, los árboles, las palabras, el vino.

El amor está a diez metros, diez cuadras o diez kilómetros y en esa distancia cabe la soledad.

Los únicos que me saludan al volver son mis libros. Son cada vez más y también son más aquellos que ya no leeré: deberé imaginarlos, escribirlos de nuevo. Miraré sus lomos en las bibliotecas, en la fantasmal semioscuridad crepuscular, y pensaré en ellos como se piensa en las hermosas desconocidas que cruzamos por la calle o contemplamos en un bar durante breves segundos. Pura promesa, sueño en estado real, en eso se han vuelto para mí muchos libros, discos, películas, lugares de la Tierra. Viajes que sólo haré después de haberme dormido.

Los años pasan y se llevan luces, pero otras se quedan ancladas en el pecho. Más que hechos o seres concretos, con nombre y cuerpo, son formas de la resistencia del alma ante la imbecilidad, el miedo y la mentira. Son convicciones cerriles, persuasiones totales, arraigos absolutos en centros firmes. La claridad vespertina entre los plátanos de calle Santiago es uno de esos núcleos puros a donde me llevan las silenciosas caminatas invernales.

Me faltan cosas, y eso es lo que tengo.

Pero sigo viaje.

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