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Martes 05 de Febrero de 2013

Entre el proyecto de reforma y el desgaste del jefe

Cristian Sola llegó a jefe de policía provincial en una crisis sin precedentes. La tarde en que juraba a su antecesor, Hugo Tognoli, le pedían la captura por presunto amparo a narcotraficantes.

Cristian Sola llegó a jefe de policía provincial en una crisis sin precedentes. La tarde en que juraba a su antecesor, Hugo Tognoli, le pedían la captura por presunto amparo a narcotraficantes. Sola mismo tenía una investigación iniciada para determinar la legalidad de su patrimonio. Y la oposición cuestionaba su asunción con el argumento de que si Tognoli estaba acusado por un hecho grave él, que era su segundo jefe, no podía desconocer esa circunstancia.

Los señalamientos de la oposición no se basaban en pruebas sino en presunciones. La denuncia que implicaba a Sola es anónima y eso, más allá que haya disparado una investigación, no es un rasgo menor. Imaginemos qué diría un político o un periodista al que atribuyeran riqueza ilícita en un papel sin nombre que llega a un juzgado. No obstante la corrupción policial es un fenómeno tan abrumador que nadie podría tildar de arbitrario que surjan sospechas hacia integrantes de las cúpulas. Pero en un ámbito que respeta las garantías hay que investigar caso por caso. Hasta que no se lo demuestra nadie es culpable.

La política, no obstante, tiene lógicas y tiempos propios. Es muy arduo sostener a alguien investigado y el gobierno se internó solo en ese callejón cerrado. Si la imputación se comprobara el costo le sería ruinoso. Pero aún si no pasara es una tarea ímproba proclamar que se quiere cambiar a la policía y dejar al mando a una persona que aunque no es culpable de nada es blanco de sospechas. Que pueden ser injustas pero al existir se vuelven un obstáculo político.

Sólo el aturdimiento político del caso Tognoli explica que el gobierno haya ungido como jefe a Sola. Ante las críticas que arreciaron lo sostuvieron evaluando que ceder en un momento de extrema fragilidad agregaba flaqueza. Pero también sabían que mantenerlo sine die sería aún más dañoso. Esto, de improbable sinceramiento en un discurso público, es lo que pasó.

El alza de la violencia en Rosario no es un problema policial. Sí lo es que la mayoría de los delitos de impacto ocurridos en la ciudad estén impunes. Que el año pasado no se hayan aclarado acciones sangrientas en la calle entre personas ligadas al mundo narco como los atentados a Martín "Fantasma" Paz o Sebastián "Gordo" Pérez, o la oscurísima ejecución contra el sargento Carlos Honores. Que no se pueda restituir a la sociedad una explicación de hechos tan cruentos torna natural lo que es alevoso. Y las problemáticas de seguridad pública no son asuntos policiales sino políticos.

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