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Domingo 28 de Septiembre de 2014

Entre el enojo y el inevitable final

Los Kirchner habían planeado una alternancia cuasi eterna del matrimonio en el poder, pero la muerte de él cambió los planes. En estos días Cristina lo ejerce como si nada fuese a suceder después de diciembre de 2015.

La permanencia ininterrumpida en el poder explica el desborde de creerse el dueño de ese poder y no, apenas, su inquilino. Juan Bautista Alberdi abrevó de esa concepción clásica de la república post-Revolución Francesa y lo defendió en su Constitución nacional de 1853.

Carlos Menem inauguró el atropello de la “re-reelección”. Los Kirchner pensaron en la alternancia cuasi eterna de su matrimonio, que burlase la periodicidad de los mandatos. La ausencia de Néstor dio por tierra semejante ambición y el desgaste del segundo mandato de Cristina impidió que se intentase la reforma de la Carta Magna para adecuarla al deseo de su hijo de creer que su ambición de poder es más trascendente que la limitación del mismo. Será por eso que se han decidido a ejercer estos últimos meses del gobierno como si fueran unos desairados titulares naturales del poder, haciendo como si nada fuese a pasar el 10 de diciembre de 2015. El sello de estos días de gestión parece ser el enojo, el reproche y la crispación. Doce años disponiendo de los resortes de la decisión no son pocos como para olvidar el llano y renegar de la realidad que perturba.

Lo que no gusta, no existe. Y lo que se desea es indiscutible, aquí y ahora. Por lo primero, no hay ni inseguridad ni inflación. No hay forma de hacer ver en el círculo reducidísimo que frecuenta a la presidenta que estos son los dos tópicos que más angustian a la mayoría de los ciudadanos. Ni siquiera el valorado por la doctora Fernández (ahora menos, es cierto) Sergio Berni ha conseguido perforar la coraza que reviste a la titular del Ejecutivo que asegura que los medios exageran dolosamente los homicidios, robos y demás delitos con el sólo fin de perjudicar su imagen. “Hemos vuelto a la época de Nilda”, dice en confianza un secretario de Estado. Nilda no es otra que la ex ministra de Seguridad Garré, despachada de su cargo por su eficiente modo de desconocer lo que ocurría en las calles a la hora de la transgresión del derecho penal. La lejanía de su gestión (recordemos que fue premiada con la embajada en la OEA de Washington) parece haberse reducido en estas horas en donde los sectores juveniles del gobierno hacen escuchar la voz sobre la necesidad de acotar, al menos, a Berni. “Ya pidieron su cabeza”, confiesa el mismo secretario. Las encuestas de popularidad e imagen de este médico y militar han fungido de eficiente dique para evitar el despido.

Tampoco hay inflación ni mucho menos sobresaltos con las cotizaciones del dólar. Una cosa se contrarresta con “precios cuidados”. A esta altura habría que decir que la iniciativa no es más que un buen y artesanal intento para el comienzo de una situación complicada. Es como querer competir con un programa de una germinación escolar de unos cuantos granos de soja ante un mercado que juega con cosechadoras de siembra directa. Lo del dólar es una mera confabulación del negro mercado disfrazado de “buitres turbina” deseosos de expulsar a los padres de este “modelo”. Claro que hay trasnochados financistas y especuladores de siempre que sin escrúpulos desearían una catástrofe antes de 2015. Porque con eso ganan dinero y cumplirían sus profecías negras. Pero el dólar a 16 pesos y el crecimiento del costo de vida al ritmo de más de 30 puntos anuales se debe, en mucho y principalmente, a dos cosas: a que no hay plan económico ni convicción de que hace falta.

Negados estos problemas, destruidos los termómetros que pueden auscultarlos, el norte del gobierno es satisfacer deseos personales de poder o de supuestas ideologías. Sin más. Ejemplo de esto será la sanción definitiva que se le dará en menos de dos semanas a la unificación del derecho privado en forma de nuevo Código Civil. Fue la Cámpora de Máximo Kirchner quien ordenó a sus legisladores aprobar a libro cerrado el proyecto que viene del Senado. De repente, el espasmo de la urgencia. Aunque sea para una ley que debería aspirar a regir por 100 años.

La Iglesia introdujo allí algunas modificaciones polémicas sobre el inicio de la vida, en especial en materia de fertilizaciones in vitro. No importa nada. Ni que vivamos en un Estado laico que respeta las religiones pero rechaza que las leyes de Dios rijan los destinos de todos. Menos interesa el tema de los recursos naturales y la jurisdicción de las provincias. La instrucción es que salga cuanto antes y dar por cumplido el viejo anhelo presidencial de tener en el currículum político un código. “A lo Napoleón”, se supo graficar.

Por fin, esa desesperación por ejercer personalmente a capa y espada el poder tuvo una expresión cabal en la semana que acaba de terminar. La presidenta decidió tensar (¿congelar?) las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, Alemania (por ende la Unión Europea) e Israel. Lo hizo en menos de dos horas en la sede de Naciones Unidas y en el aeropuerto de Nueva York. Le reclamó en su rostro a Barack Obama por la muerte de Osama Bin Laden y por sus conversaciones con Irán. Acusó a los germanos de favorecer a los fondos buitre y a Israel de no colaborar con la investigación por Amia y Embajada de Israel. Si alguien tenía dudas de lo dicho, recurrió a los 140 caracteres de Twitter para lanzar admoniciones con vocabulario de adolescente a las tres naciones. Se puede o no estar de acuerdo con lo dicho. En donde no hay opciones es en asumir que si se cruza de vereda respecto de un país no hay chances de reclamarle luego que se nos acompañe en una crisis especial.

La Argentina empezará a decidir desde mañana su suerte con el sistema judicial americano que piensa en el desacato de nuestra Nación. No esperará nuestra presidenta que después de lo dicho en Nueva York alguien quiebre una lanza por nosotros, ¿verdad? Uno puede cualquier cosa, menos no asumir las consecuencias de sus actos y de sus dichos. Aunque se hayan transitado 12 años en el poder que, desde ya, no garantizan ni infalibilidad ni inmunidad eternas.

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