Ovación
Miércoles 08 de Junio de 2016

Entre el desproporcionado favoritismo y la necesidad vehemente de salir campeón

El gran rival que tiene la selección en su camino a la consagración es justamente su favoritismo casi excluyente.

Terminada la primera fecha de la Copa América Centenario (anoche comenzó la segunda con los dos partidos del grupo A), las posibilidades de Argentina se robustecieron con tal solidez que prácticamente sobran los partidos frente a Panamá y Bolivia. Pensar en cuartos de final tras ganarle ya en la madrugada del martes a Chile puede resultar apresurado y hasta una temeridad, pero casi tan aventurado como suponer que la selección de Martino se va a encontrar de aquí al choque, que probablemente sea ante Uruguay, con algún obstáculo que ponga en jaque el camino a las instancias del mata mata.

   El gran rival que tiene la selección en su camino a la consagración es justamente su favoritismo casi excluyente. La confianza se puede transformar en un enemigo invencible, como ya sucedió tantas otras veces.

   Hay un segundo adversario complicado para las huestes del Tata: la imperiosa necesidad de ganar la copa, una especie de polo opuesto a la referencia anterior. Después, unos cuantos casilleros más atrás de sus desafíos internos, a la selección les aparecen los oponentes de carne y hueso.

   A propósito, hasta ahora México aparece como la fuerza más poderosa para la medianía del torneo, pero en ningún caso se acerca a la jerarquía brutal de Argentina que, entre otras cosas, cuenta con el mejor jugador del mundo. Y por si eso no fuera suficiente, también posee al goleador del calcio, al mejor jugador de Manchester City, una de las megaestrellas de PSG, la figura del tricampeón de la Liga de Europa que seguramente emigrará de Sevilla y... La lista es interminable. El plantel de Argentina debería ser denunciado por abuso de potencial. Cómo será de impactante la diferencia que el entrenador pudo darse el lujo asiático de arrancar la competencia con tres jugadores lesionados de dudosa recuperación total antes de los cuartos de final en el mejor de los casos. Por supuesto que se exceptúa de esa nómina a Lionel Messi, que podría llegar a jugar ante Panamá siempre y cuando él lo crea conveniente.

   El problema es que los que juegan al fútbol son los equipos y no los planteles. Y es allí donde las fuerzas suelen emparejarse drásticamente.

   Pero, y poniéndose de punta con la dinámica de lo impensado, casi enfrentándola irrespetuosamente, los grandes rivales de Argentina, se insiste, no son las personas vestidas de futbolistas que arrancan del otro lado de la cancha. Los grandes adversarios criollos en esta Copa América Centenario son el casi desproporcionado favoritismo y la necesidad, expresada en forma vehemente hasta por los mismos protagonistas, de ser campeona.

   Una de las tantas definiciones de trauma cae como anillo al dedo para ampliar y clarificar la coyuntura de la selección argentina en Estados Unidos: "choque o impresión emocional muy intensos causados por algún hecho o acontecimiento negativo que produce en el subconsciente de una persona una huella duradera que no puede o tarda en superar".

   Superados los traumas, la selección no debería tener inconvenientes en festejar su primer título en 23 años.

   Vaya paradoja, en aquel lejano 1993, en Ecuador, el rival de la final fue México, que hoy, tras la disputa de un puñado de partidos, asoma como el adversario deportivo más exigente.

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