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Viernes 09 de Septiembre de 2011

Enseñanzas escritas con los lápices de la buena memoria

En la Argentina o en Chile, los adolescentes y jóvenes enseñan que los sueños valen y no se abandonan  

"Los extraño”. Así de simple, así de profundo, recordaba a sus amigos desaparecidos Pablo Díaz, cuando hace cinco años volvió al lúgubre centro clandestino de detención llamado Pozo de Banfield.

Allí pasó un tiempo en cautiverio en 1976 junto a los seis chicos platenses secuestrados en la noche del 16 de septiembre de ese año. Ellos, sus amigos de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), pasaron a la historia como las víctimas de la Noche de los Lápices.

Tenían tantos sueños que no les cabían en sus cuerpos casi infantiles. Por eso, y aunque alguno de ellos hasta figuraba en el cuadro de honor de la escuela, sentían la necesidad de hacer cosas por lo que creían justo. Ya sea participando en las marchas por el medio boleto estudiantil, o alfabetizando en las villas de emergencia.

Compromiso era la palabra que los marcaba a fuego en aquellos años, donde la militancia secundaria era casi un mandato de la época.

Sobreviviente. Pablo sobrevivió al horror del secuestro y la tortura, y su testimonio en el Juicio a las Juntas fue clave para dar a conocer los que pasó en aquellos años.

La herida fue demasiado profunda como dejarla en el olvido. Los chicos de la UES de La Plata sintetizan esa historia, pero el recorrido siniestro de la dictadura apagó la vida de más de 230 adolescentes.

Triste paradoja del destino, donde por testimonios directos se pudo saber que eran los adolescentes los que en los centros clandestinos cuidaban a las mujeres embarazadas. Casi 400 bebés nacidos por aquellos años aún siguen sin conocer su identidad.

Memoria. “Los lápices siguen escribiendo” es una de las frases más reproducidas hoy en día, cuando cada 16 de septiembre la memoria llama a los adolescentes de hoy a evocar los nombres de Francisco, Claudia, Horacio, Daniel, María Clara y Claudio; los chicos de la trágica noche.

Herederos de esas historias que sienten como propias, los centros de estudiantes de las escuelas preparan actos y marchas para darle luz a esta fecha.

Incluso en Rosario, hace ya algunos años, un grupo de pibes decidió recuperar el nombre de la UES, al punto que hoy son decenas de chicos los que se congregan bajo la bandera que alguna vez cobijó a los estudiantes de La Plata. También piden cambios y mejores beneficios en el boleto estudiantil, y como los jóvenes de ayer, militan en los barrios y prestan sus brazos para ayudar en lo que haga falta a los más necesitados.

La “cita secreta”. Pero el puente entre pasado y presente, esa “cita secreta” entre generaciones al decir de Walter Benjamín, cobró fuerza cuando los chicos rosarinos alertaron a fines de marzo pasado acerca de la presencia de Ricardo Bruera en la gestión de un colegio de la ciudad. ¿Quién fue Bruera? Ni más ni menos que el ministro de Educación de Videla cuando se lanzó el Operativo Claridad, de “depuración ideológica” de estudiantes, con quema de libros incluida. E integró el gabinete de la Junta cuando sucedió la Noche de los Lápices. “El subversivo no tiene edad ni condición física”, decía Videla en 1977.

Gracias a la valiente denuncia de una madre, pero también en gran medida al compromiso militante de los chicos que no querían que “las huellas de los dinosaurios siguieran ligadas a la educación”, es que se logró finalmente que Bruera no siga al frente de ese colegio.

Los acompañaron en este camino los ya adultos hijos de desaparecidos, que cuando en los 90 la Justicia era sorda y distraída ante los crímenes de la dictadura, a fuerza de escraches hicieron sentir su voz.

Y si algo enseñan los adolescentes y jóvenes es que sus sueños valen mucho. Y si no, basta con echar un vistazo a lo que sucede por estos días detrás de la cordillera, donde secundarios y universitarios llenan las calles, hartos de una educación de mercado donde sólo llegan al final de la meta sólo los que pueden pagar.

“La esperanza es un niño ilegal, inocente, reparte sus volantes, anda contra la sombra”, escribió el poeta y militante Juan Gelman. En ellos, en los pibes de Rosario, Argentina y Latinoamérica, está la llave de la transformación. Porque el cambio se escribe con lápices.

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