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Domingo 16 de Octubre de 2016

Enemigos silenciosos en el hogar

En su propia casa, las personas se sienten seguras. Pero, ¿qué saben acerca de los riesgos que acechan dónde menos lo imaginan? Cuáles son las sustancias químicas ocultas en productos que pueden causar enfermedades.

Esto no es el comienzo de una novela de terror, pero podría ser si no tomamos conciencia de la cantidad de productos que usamos en la vida cotidiana que pueden presentar riesgos en la salud y en el medio ambiente.

Compramos detergentes para lavar los platos, aerosoles que eliminan cucarachas, pastillas para alejar a los mosquitos, mamaderas de plástico para alimentar a los recién nacidos, alimentos enlatados, cosméticos para embellecernos, y la lista continúa.

Elegimos sin leer las etiquetas, sin saber cuáles son la composición, el modo de empleo y la dosis adecuada. Y lo que es peor, ni siquiera sabemos si tienen contraindicaciones.

La publicidad anestesia al consumidor ante los posibles riesgos. Viene Mister Músculo y acaba con la suciedad, las cucas mueren al instante de un toque de aerosol, los niños duermen sequitos gracias a los pañales superabsorbentes, y hasta nos convencen de que con esa crema seremos merecedores de la eterna juventud en la piel.

“Estamos expuestos a riesgos ambientales de manera continua a lo largo de la vida relacionados a la exposición diaria de diferentes sustancias químicas peligrosas que ingresan al organismo por la vía respiratoria, la piel o la ingesta de alimentos”, explica María Della Rodolfa, médica oncóloga, responsable de Programas de Salud sin Daño para América Latina.

Se trata de un grupo de sustancias químicas como el bisfenol A (BPA), que se utiliza para fabricar mamaderas, botellas de agua reutilizables, cubiertos de plástico y juguetes; los parabenos, usados en productos cosméticos y farmacéuticos, también como conservantes y aditivos en alimentos; los ftalatos, aditivos químicos que dan flexibilidad al plástico; los pesticidas usados en la agricultura industrial, para dar algunos ejemplos.

A estas moléculas químicas se las conoce como “disruptores endocrinos”, concepto acuñado por la zoóloga estadounidense Theo Colborn, que descubrió una categoría de contaminantes orgánicos persistentes (COP) que se acumulan en las grasas de animales y hombres e interfieren en el sistema endocrino, el encargado de segregar las hormonas que regulan las funciones del organismo.

Estos enemigos silenciosos engañan, se inmiscuyen en las funciones más íntimas del organismo, la digestiva, la reproductiva, la respiratoria, la cerebral. Son estafadores químicos que con mensajes falsos imitan a las hormonas naturales y pueden determinar una función biológica en un momento inadecuado o directamente bloquearlas.

Calladamente causan la mayoría de los males crónicos contemporáneos, con el agravante de que algunas enfermedades como diabetes, cáncer de mama y de testículos, trastornos en el aprendizaje o daños reproductivos pueden evidenciarse pasados algunos años.

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La dosis hace al veneno

La seguridad de los consumidores está basada en un concepto llamado “ingesta diaria aceptable” (IDA), que es la cantidad de sustancias químicas que un ser humano puede consumir cotidianamente durante toda una vida sin que existan riesgos para la salud, explica Marie Monique Robin en su libro El veneno nuestro de cada día.

Este dato técnico, aceptado mundialmente, es el límite que fija la industria para que el consumo de alimentos, agua y artículos de uso cotidiano no perjudique la salud.

Lo curioso es que el sistema actual de evaluación y regulación está basado en un concepto antiquísimo del alquimista suizo Paracelso, que vivió en el siglo XVI y afirmó, analizando sus propias observaciones, que “nada es veneno, y todo lo es: sólo la dosis hace al veneno”.

La industria química, aun luego de 500 años, sigue amparándose en este principio, según la investigación periodística realizada por la escritora francesa durante dos años por Asia, EEUU y Europa.

“Estamos ante la presencia de una decisión arbitraria que no toma en cuenta las múltiples y permanentes exposiciones a centenares de moléculas químicas a las que estamos sometidos a diario y que pueden convertirse en verdaderas bombas químicas, que además juegan un papel muy nocivo en el desarrollo prenatal”, sentencia Robin.

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No te alarmes, informate

Lo importante es no perder la calma a la hora de buscar reducir el impacto de los riesgos ambientales en el hogar.

La ONG Salud sin Daño recomienda revisar las etiquetas de los productos que compramos en cuya leyenda debe especificar que son libres de PVC y ftalatos.

Si usamos plástico que sea polietileno o polipropileno, que suele identificarse con el número cinco ubicado en el centro de las tres flechas que forman un triángulo.

Remplazar el termómetro de mercurio por uno digital, porque la posibilidad de que se rompa es alta en los hogares y el mercurio líquido al evaporarse en el ambiente tiene consecuencias negativas en el sistema nervioso central y en otros órganos del cuerpo. Si se rompe no tirarlo ni a la basura ni por el inodoro, guardarlo en una botella o una bolsita de plástico hasta su disposición final, porque al tomar contacto con el suelo y el agua contamina.

Utilizar mamaderas de vidrio, comprar alimentos envasados en vidrio o porcelana y en lo posible ingerir alimentos certificados libres de pesticidas, sobre todo las mujeres embarazadas.

Por último, abrir las ventanas, dejar que el aire entre y remueva los contaminantes que pueda haber en el interior. De esta manera se evitará el uso de desodorantes de ambiente, que en su gran mayoría contiene ftalatos y fragancias a base de sustancias químicas que podrían ser peligrosas.

“Tratar de reducir el impacto conociendo que estamos comprando o consumiendo, facilitar un entorno saludable y prevenir desde el comienzo de la gestación para evitar la exposición a factores ambientales” son las recomendaciones de la doctora María Della Rodolfa.

Estar informado sirve para tomar las mejores decisiones.

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