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Domingo 28 de Junio de 2015

Encuentro con una mujer inolvidable

La muerte, la semana pasada, de Elsa Sánchez, la viuda del recordado escritor y guionista de historietas Héctor Oesterheld, revivió la memoria de una tragedia: la desaparición de su marido y sus cuatro hijas.

La habíamos buscado durante un año hasta que finalmente su voz cantarina volvió penetrante del otro lado del teléfono. Preguntó con desconfianza por qué quería entrevistarla. Haber mencionado un texto de un escritor que ella había querido mucho aplanó el camino. “Está bien, lo espero. Lo único que tiene que saber es que necesitaremos mucho tiempo. Mi historia no puede ser contada así nomás”.
El texto que le referí era un artículo de Miguel Briante que está recortado y a la vista mientras escribo esto. Se publicó el 26 de noviembre de 1987. Briante decía allí que mirar a Elsa Sánchez, oírla, era como caminar haciendo equilibrio del lado de la vida al borde de un pozo ciego. Y contaba en base a la palabra de ella, sin ningún desliz emotivo, la que parecía una deformación narrativa. Porque la tragedia que vivió Elsa, la mujer del  escritor Héctor Oesterheld, derriba las fronteras de lo concebible.
La represión de la dictadura militar iniciada en 1976 arrasó con la vida de las cuatro hijas de Elsa, que tenían entre 18 y 23 años, y con la de su marido. En aquella conversación que recogió Briante ella decía: “Yo me encuentro con las otras abuelas. Todas tienen algo, un hijo vivo, algo. Yo no tengo nada, nadie. Soy hija de gallegos. Gallegos brutos, inmigrantes. Hasta hace poco en mi vida no había ido al médico más que para parir. Cuatro hijas seguidas”. Las cuatro muertas, añadió Briante.
Me sentía algo monstruoso cuando entré en su departamento situado enfrente del Distrito Militar de Palermo. Conocía detalles de lo que le había ocurrido por haber leído distintas publicaciones acerca de su vida. Pero hoy asumo que lo que me interesaba acaso fuera compulsar cómo después de semejante experiencia alguien podía habitar el mundo. No me animé a ir solo. Le pedí a una amiga de la Facultad que me acompañara a escuchar el relato de una mujer a la que le habían matado sus cuatro niñas.
Nos sirvió café varias veces y habló con una elocuencia y unos recursos flamígeros. Describía el clima de puertas abiertas de la casa, la voracidad de lector de Oesterheld, las desmesuras de su biblioteca y de su imaginación de historietista, las visitas constantes a la casa del dibujante Hugo Pratt. Y la politización de las chicas en un momento histórico ardoroso entre fines de los 60 e inicios de los 70. Que coincidió con un declive económico familiar que obligó a pasarlas del colegio privado de Olivos a un instituto público. El retorno de Perón de su largo exilio se acercaba y allí las jóvenes empezaron, como tantos otros, su experiencia militante.
En aquel artículo de Briante, Elsa contaba que al salir del colegio inglés las chicas salieron de la crisálida y empezaron a entender el mundo real. “Mis hijas, los jóvenes, le mostraron a Héctor, que era un hombre dulce, para nada agresivo, escritor de los mejores cuentos para chicos que yo conozco, la realidad”. También establecía en esa nota lo que nos diría a nosotros: su completa reprobación a lo que llamaba el aventurerismo de Montoneros, a un vanguardismo nada enfocado en la realidad compleja de un país que, nos dijo, le hizo presentir el drama.
“El pase a la clandestinidad cuando Perón echa a los Montoneros de la Plaza es algo que no voy a comprender ni perdonar. Se desató la mayor cacería de la Triple A. Los líderes políticos como Firmenich, Galimberti y compañía dejaron de pertenecer al peronismo para ser parte de un grupo que quería tomar el poder a costa de adolescentes y a los que llevaron al asesinato en masa. Mi chica mayor tenía 23 años. La menor, 18. Dos de ellas tenían hijos. Y había otros dos en camino”.
Estela, Diana, Beatriz y Marina fueron aniquiladas a balazos o desaparecidas en menos de dos años. Su madre cuestionaba sin dobleces la radicalización del movimiento donde militaban sus hijas. Pero eso no le hacía perder de vista que el exterminio de ellas, también de dos de sus yernos, fue obra de un plan elaborado por el Estado Argentino en una fase de régimen militar. Elsa había amado a su marido, ese hombre al que escuchaba embobada porque era un adelantado, un hombre de cultura superior que leía ciencia en francés, alemán, inglés e italiano.

Pero no le perdonaba que hubiera acompañado, en vez de poner freno, a la idealización loca, decía, que había encarnado en sus hijas.
La corazonada maldita dice haberla sentido el día que su hija Estela, de 23 años y a punto de ser médica, le dijo que terminaría la carrera y se iría a ejercer a alguna comunidad india, intimidada por el despliegue de la violencia política. La mataron al día siguiente.  “Fue cuando decidí no ver más a mi familia porque me di cuenta de que yo era el señuelo”.
Elsa también recordaba el vaticinio de un oficial del Ejército, al que retenía como “un hombre paquetísimo y con una gorra muy elegante”, que participó en uno de los rutinarios allanamientos a su casa. Este militar le pidió la dirección de mis padres. Ella imploró que no fueran allí porque eran muy ancianos y el susto podría matarlos. Seguro de sí el oficial le respondió sin alterarse: “Quédese tranquila, a sus padres no los vamos a molestar. Pero a sus hijas se las vamos a matar a todas”.
La conversación con esta mujer de risa fácil _”me habría vuelto loca si perdía la risa”_ se prolongó seis horas. Era marzo de 2006. Vivía en un complejo de edificios y al bajar a abrirnos nos señaló uno ubicado al lado. “Allí vive Bignone”, dijo, en referencia al último presidente militar. “Pese a mi voluntad lo cruzo seguido y eso es una gran humillación”. El diálogo aquel fue seis años antes de que el postrero dictador recibiera prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad.
Con el paso de los años recuperó a dos de sus nietos: Fernando, hijo de Diana, y Martín, hijo de Estela. Con ellos vivió hasta su muerte, ocurrida el domingo pasado, en la misma casa en la que nos recibió.
Al despedirnos de Elsa con mi amiga caminamos diez cuadras hundidos en silencio. Al recobrar la voz en un café frente al Botánico ella me dijo algo que yo pensaba. Que la experiencia de un dolor impensable, sobrehumano, no había hecho mella en la belleza física resplandeciente de esa mujer de entonces 81 años. Ni mucho menos en el mensaje implícito en su lucidez tempestuosa. No pudieron vencerla. No se abandonó. Militó por la Justicia y contribuyó a conseguirla. Hablando, riendo y pensando siguió adelante. Frente a tanta muerte, nos dejó alivio.

En la web, más información

En La Capital on line puede leerse una nota que aporta valiosa  información: http://archivo.lacapital.com.ar/2006/03/26/seniales/noticia_279754.shtml

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