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Domingo 27 de Septiembre de 2015

Encontrar maravillas sin esfuerzo

Me gustan las librerías íntimas, con mucha madera, que hacen un culto del silencio y donde basta echar una ojeada a las estanterías para sentirse reconfortado.

No me gustan las librerías indiferenciadas, esas que parecen supermercados y te reciben con mesas cargadas de best sellers o libros de autoayuda, y donde si le preguntás a un vendedor por Dostoievski es posible que lo confunda con un especialista en astrología.
Me gustan las librerías íntimas, con mucha madera, que hacen un culto del silencio y donde basta echar una ojeada a las estanterías para sentirse reconfortado.
Cerca de la hermosa esquina de San Lorenzo y Entre Ríos, donde todavía abre sus puertas el querido bar La Sede, está uno de esos reductos donde aún es posible encontrar maravillas sin demasiado esfuerzo.
Nada de chatarra sobre las mesas: por todos lados hay calidad. Aunque lo que más sorprende, sin dudas, en el cálido local es la importante cantidad de libros de poesía. Están allí nomás, apenas uno entra, a la derecha: allí, una mesita anticipa lo que está detrás: desde Raúl Gustavo Aguirre a César Moro, desde Rilke a William Carlos Williams, pasando por Apollinaire, Vallejo, Pound, Eliot, Juan L. Ortiz o Dylan Thomas. Y aunque a muchos les parezca una mentira alevosa o, peor aún, una simple expresión de deseos, esos libros se venden. No en cantidades multitudinarias, obviamente, pero sí lo suficiente como para alentar la reposición y el lento pero seguro crecimiento de ese espacio privilegiado.
Si uno se pone a recorrer los estantes de narrativa, no hay resquicios para la duda: el que está a cargo de la librería sabe lo que compra. Insisto: allí no hay fast food. Son todos manjares para los paladares más refinados.
Por allí nomás, hay un bienvenido y nutrido sector destinado a otro métier para exquisitos: el cine. Desde esos estantes, el querido François Truffaut nos guiña un ojo mientras nos explica su pasión por Alfred Hitchcock.
Natalio Rangone, el dueño de Oliva, anda feliz por estos días porque, además, acaba de imprimir sus primeros libros con el sello editor Nube Negra, una aventura que comparte con su colega de El Juguete Rabioso Germán Armando.
Natalio sabe muy bien que uno de los aspectos más importantes de cualquier librería es, justamente, el librero. Por esa razón, quienes se paran detrás del mostrador de Oliva ponen lo mejor a la hora de atender: y "lo mejor" implica una equilibrada mezcla de cordialidad y sapiencia.
Una ciudad no se define sólo por sus monumentos públicos, sus parques, sus edificios o el paisaje que la entorna, sino por la calidad de sus bares y librerías. Oliva le hace bien a Rosario. Ojalá su ejemplo se multiplique.

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