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Jueves 09 de Julio de 2015

En tiempos de internet, se conocieron por cartas escritas en papel

Un intercambio que protagonizaron chicos de la Escuela Rural Nº  245 de Monte Flores y de la Nº 71 Francisco de Gurruchaga.

“¿Dónde termina una carta?”, preguntó un chico de 7º grado de la Escuela Nº 71 Francisco de Gurruchaga durante una clase en la que avanzaban con la lectura del libro “Papaíto, piernas largas” (Jean Webster). El interrogante dejó expuesto un vacío que rápidamente identificó la seño Caro: esos alumnos no sabían muy bien qué era un texto epistolar, qué valor tenía ni cómo se escribía. Fue entonces que comenzó una explicación teórica sobre las particularidades del género, luego la propuesta de recolectar cartas de los padres y abuelos, para entonces sentarse a escribir para otros chicos, pares pero desconocidos, de otra escuela primaria pero rural, que al igual que ellos nunca antes habían escrito un texto parecido. Una rica experiencia que comenzó con la lectura de una novela y derivó en un encuentro que trascendió a las cartas escritas en papel.
  “Los chicos no reconocían la tipología del texto epistolar. Fue muy llamativo cuando trajeron las cartas de los abuelos, de los padres, ellos no tenían idea del valor afectivo de esos papeles hasta que de distintas maneras les pedían que no las pierdan, que las cuiden”, contó Carolina Meza, maestra de lengua de la Gurruchaga y quien dio vuelo a semejante movimiento de intercambio escolar.
  Fue así que surgió la importancia del recuerdo. “Se asombraban ante la lectura de frases como «mi papá le dijo que la quería besar en el cuello a mi mamá, qué asco», o descubrir que enviaban cartas cuando estaban en la colimba. Uno de ellos encontró qué significaba «corré, limpiá, barré» y que los hombres pasaban muchos días sin volver a sus casas”, agregó la docente.

Desde mayo. El cruce de misivas postales fue con los 24 chicos que asisten a la Escuela Nº 245 Juan Bautista Azopardo, de Monte Flores, zona rural de Villa Amelia y comenzó en mayo. Primero los alumnos de la Gurru se lanzaron a la escritura, superaron interrogantes, la angustia del papel en blanco, contaron cómo son, qué les despertó esa misteriosa comunicación y expresaron con emoción el deseo de verse las caras. Todas fueron enviadas a una casilla postal de donde luego el director, Rogelio Retamozo, retiró las cartas para que se inicie la devolución y aumente la expectativa por conocer a los nuevos amigos.
  La señorita María del Huerto Sahilices de la escuela rural guió las respuestas al aluvión de mensajes que triplicaba a la cantidad de alumnos que cada día asisten al establecimiento de Monte Flores, ubicado a en la ruta 255 a la altura de la AO12. La maestra fue quien doblegó la apuesta con una invitación a compartir los festejos por el Día de la Independencia, con un inolvidable encuentro que se extendió durante toda la mañana del miércoles pasado.
  El día previo se vivió con ansiedad y expectativa en la Gurruchaga. “Estoy tan emocionada, quiero que llegar a la escuela y abrazar a Thiago, el nene que me escribió la carta. Quiero jugar con ellos a muchas cosas, hacer nuevos amigos, seguir escribiéndonos”, dijo Elisa, alumna rosarina mientras que su compañero de clases, Santiago, no hacía más que imaginar las dimensiones de la otra escuela: “Me dijeron que tienen pasto, y también la materia computación, no son pobres”. Otro no salía de su asombro al leer una y otra vez que en la casa de su “amigo epistolar” tenía pavos reales, gallinas y perros que iban y venían.
  Esa mañana del miércoles pasado, los chicos esperaban en la puerta de la escuela de Monte Flores, soportando el frío y ansiosos por la visita. Al bajar del colectivo hubo aplausos, abrazos, besos y la inmediata alusión a los nombres de cada uno. El pegoteo fue instantáneo. “Nosotras también somos mellizas”, contaron las nenas con idénticas camperas rosas y trenzas largas, al reunirse con los mellizos que llegaron desde Rosario.

Junto al mástil. El primer rito fue frente al mástil, en la entrada de la escuela sobre el camino de tierra con la helada que aún teñía el pasto de blanco. “Los lugares de nuestras escuelas son diferentes, pero hay ritos que nos igualan, costumbres cotidianas como izar la bandera ¿Ustedes cómo lo hacen?”, preguntó la directora de la primaria Nº 71, María Cecilia Lenci. Su par, Rogelio Retamozo contó: “Nos reunimos temprano y entonamos una oración en voz alta”. A capella y a coro los chicos de guardapolvo blanco se hicieron oir. El mástil crujió y la bandera flameó en lo más alto.
  “Es como me imaginaba, una casa que comparten entre todos”, describió Candela Martínez mientras José, Luciana y Josefina mostraban la sala de jardín, la preferida también de los más grande que en los recreos van a jugar con rompecabezas, un órgano, libros, títeres, percheros de colores, un arco iris, un mural completo con dinosaurios y paisajes. “¡Tienen televisor en el salón!”, gritó exaltado Pedro para que la señorita cuente que hace una semana colocaron blackout en los corredores para poder mirar películas.
  Mientras cada uno saboreaba una chocolatada caliente con alfajores riquísimos que no cabían en la boca, llegó entre otras cosas el esperado abrazo con Thiago, uno de los más chiquitos. “¿Puedo darte un beso?”, le dijo Camila que se animó a las selfies en las que todos terminaron apretados. Al fin el encuentro había llegado. Las conversaciones fluyeron, los juegos se multiplicaron, hubo canciones, sonrisas, comparaciones y más preguntas: “¿Dan clases todos juntos? ¿Esa mesa es de laboratorio? ¿Se puede entrar a la cocina? ¿Cuánto los dejan estar en los juegos?”. Durante una hora fueron protagonistas del acto formal del 9 de Julio, donde se destacaron a cooperadores, hubo bailes folclóricos del ballet “Tallarte en movimiento”, para después abrirles el paso a las empanadas y al locro, que para muchos significó probar ese plato por primera vez.

Hora de juegos. En el parque que rodea al predio escolar, el fútbol rápidamente reunió a los varones, mientras las chicas hacían volar alto las hamacas. “Nunca había escrito una carta en mi vida, no es difícil, le escribí a Mateo, Oriana y Vicky”, contó Candela mientras mostraba unas colitas para el pelo que sus nuevas amigas le trajeron de regalo. Al lado María iba y venía en una soga con nudos para trepar. “Ahora espero ir a Rosario. Dijeron que nos van a llevar a dar una vuelta en colectivo”, se ilusionó.
  En esa escena, e perro Roco perseguía a Samira, la más chiquita de Monte Flores que esta semana cumplió 5 años. Con el alfajor a salvo y desde arriba de un banco pudo observar el panorama con mayor claridad: el parque verde estaba desbordado por los visitantes que coparon los juegos. “¡Cuántos chicos que hay!... Les presto mi escuela”, asintió risueña mientras jugaba con sus trenzas tirantes que todas las nenas lucieron para bailar chacarera.
  Sin consignas, se dio lo que las maestras habían planeado, eso de encontrarse con el otro, que puedan dar y recibir, que sean abiertos. Unos llevaron cuentos, otros regalaron cuadros, golosinas. Los rosarinos guardaron de recuerdo una tela de arpillera con el molino insigna de la escuela de Monte Flores pintado en colores; la vicedirectora de la Gurru hasta se llevó un taper con locro y todos quedaron con los corazones contentos.
  “Cada año tengo como objetivo una intervención social, que se vayan de la primaria sabiendo que pueden trabajar para cambiar algo de su entorno”, contó la seño Carolina Meza. Misión cumplida.

Palabras que pensaron en el otro y generaron vínculos afectivos

María del Huerto Sahilices, maestra de la escuela rural, define a lo vivido como una “experiencia enriquecedora”. Primero por la expectativa que se creó detrás de lo que iban escribiendo en el papel, en eso de nombrar a alguien sin conocerlo. Las cartas que les enviaban desde Rosario llegaban al correo postal que está en Villa Amelia, hasta donde iban a retirarlas y luego compartir sus lecturas. Más allá de lo novedoso que representó escribir en papel y para otro, lo bello de este acto estuvo en “sentarse a pensar qué decirle al otro que no conocían, cómo se imaginaban esos chicos de la ciudad al campo, a la escuela rural”.  Rescata que “a través del intercambio de cartas se generó un vínculo” afectivo.
  “Escribir una carta implica buscar un tiempo, sentarse, elegir las palabras que mejor representen lo que quiero decir, lo que siento. Implica pensarte, repensarte (por eso los bollos de papel) y decir lo que definitivamente va a quedar, a quedarse en el otro. Es un acto de suma entrega: la carta una vez que la envías no es más tuya, pertenece al otro. Casi mágico ¿No?”, analiza Carolina Meza, la maestra de la Gurruchaga sobre el valor del género epistolar en tiempos de internet. Dice que “en un mundo tan expres, la carta es un acto de bondad inigualable”. Y agrega: “Como diría Dolina, las cosas que se olvidan se mueren. Así que escribir una carta hoy por hoy es salvarlas, rescatarlas del olvido”.

Qué se escribieron los chicos

¿Qué decían algunos de los párrafos de esas cartas que fueron y vienieron entre los chicos?  “Querido Pedro. Hola, me llamo Marisol, tengo 14 años y soy la única alumna de 7º grado. Soy la más alta de la escuela y me gusta mucho el campo que es como una soledad. Es lindo, tienen que conocerlo, les va a gustar, creo. Las seños son muy buenas y tenemos muchos animales”.
  “Hola Cande. Me gustó mucho que nos escribas, yo me llamo Luz Constanza, tengo 6 años, voy a primer grado. Te cuento que caminamos 6 km por día para ir a la escuela, 3 de ida, 3 de vuelta. La escuela es chica pero muy divertida. Me gusta bailar con mi mamá, también ayudarla a cocinar. Sólo necesitamos que traigan toda su alegría”.
  “Hola Rocío. Vivo en el campo, tengo ganas de ir a primer grado, mi seño se llama Karina. En mi escuela hay pelis, es linda, hay compus, un molino en el patio. Mi deporte favorito es el voley. Besos. Chau”.
  “Hola chicos. Les quería contar que para mí es algo nuevo esto de escribir una carta y lo mismo me va a pasar al leerla ¿No es raro? Quiero saber de ustedes, prepárense porque soy un poco preguntona. No puedo más esperar para conocerlos ¡Estoy ansiosa! Quiero soltar Rosario que rebalsa de gente. Luisina.”
  “Me llamo Candela, tengo 12 años, hago patín y comedias musicales. Vivo en un lugar muy lindo, tiene edificios, plazas, shoppings. Lo que tiene de malo son los delitos, tantas muertes, robos, es horrible”.
  “¿Cómo andan? Me llamo Franco, algunos me dicen Fran. Soy castaño claro y uno de los más altos del grado. Mis deportes favoritos son las artes marciales, hago boxeo y kitboxing. Tengo 12 años, una hermanita y un perrito. Rosario es muy linda pero ruidosa ¿Cómo es tu familia?”.
  “Soy Gino, no tengo apodo. Mi deporte es el fútbol, pero me gustan todos. Tengo una hermana de 17 años, y un hermano mellizo que se llama Renzo. Nuestra escuela es bastante grande, hay un kiosco que lo atiende Mirta. Nuestros recreos duran 15 minutos y son muy divertidos ¿Ustedes tienen un par de mellizos?”.
  “Soy Delfina, me considero muy hiperactiva y extrovertida. En la escuela tenemos teatro, periodismo y gimnasia ¿A vos qué te gusta? Me encanta estar con mis amigas, tenemos un grupo que se llama «Las Registradas»”.


 

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