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Martes 01 de Julio de 2008

En taxi a pesar de todo

Tomo taxis. Mañana, tarde y noche. Para ir y para volver. Gasto mucho, tal vez demasiado, es verdad. Pero sigo prefiriendo tomar taxis antes que hacerme cargo de un auto: su patente, seguro, combustible, repuestos, cambio de aceite, cochera, la denuncia por el robo del estéreo, pensar dónde estacionarlo o insultarme en la calle con el resto de los habitantes de esta ciudad...

Tomo taxis. Mañana, tarde y noche. Para ir y para volver. Gasto mucho, tal vez demasiado, es verdad. Pero sigo prefiriendo tomar taxis antes que hacerme cargo de un auto: su patente, seguro, combustible, repuestos, cambio de aceite, cochera, la denuncia por el robo del estéreo, pensar dónde estacionarlo o insultarme en la calle con el resto de los habitantes de esta ciudad.

Antes que padecer todo eso apuesto a ser una usuaria de taxis. Y a pesar de todo.

De que un taxista me culpe por pagarle con diez pesos un viaje que despectivamente calificó de “corto” y me haga cargo de que su vida es “un calvario” por gente como yo que “nunca” le da cambio, ni tampoco “una mugrosa moneda”.

Que otro me reciba con su estéreo trasero al palo, nada menos que con la voz lasciva de Baby Etchecopar preguntándole a una depiladora cómo “les hace la tira de cola a las minas”. Y mientras tanto, adelante y al unísono, suene la voz energúmena del operador de radio llamada repartiendo viajes y haciendo chistes en clave.

Los sigo eligiendo aunque me reactive la gastritis la discusión con aquél que una noche me dio cátedra y explicó "lo poco que les gusta trabajar a todos esos negros vagos que acampan en la plaza San Martín” y de cómo él arreglaría el asunto “en dos minutos mandándolos de vuelta al Chaco, o cagándolos a tiros”.

Aclarar que no todos son así me parece obvio, pero necesario.

Un hombre a cuyo taxi me subí en dos oportunidades, es un mismo mes, me pidió permiso para regalarme ambas veces un folleto evangélico y me despidió con un “Dios te bendiga”. No, no son todos iguales.

Y yo voy y los tomo. A pesar de que fumen con el cartelito de “prohibido” colgado sobre el apoyacabezas del conductor, bien a mi vista y pregunten con cara de sota de bastos: “¿No le molesta, no?”.

Opto por un taxi aún en verano cuando se niegan con excusas entre perversas e infantiles a no prender el aire. Me pregunto siempre por qué se debe pagar la misma tarifa por un servicio que ofrece aire y por uno que no. ¿No podría diferenciarse el precio como ocurre con los colectivos de larga distancia, según sean comunes o pulman, así una elige?

¿Sueno más boba que un Teletubbie no? Claro, porque hoy por hoy, ni el coche podemos elegir: debemos tomar el que viene de frente y no el que dobla; según obra en el reglamento interno de la comunidad tachera. Y si se te ocurre lo contrario, aguantate unas cuadras a paso de hombre donde los dos conductores en disputa se dirán todo menos “qué linda es tu mamá”.

Pero bueno. No siempre el panorama tiene este tenor: puede pasarle a usted, como a mí, que salude, cumplan con la frase de rigor referente a lo lindo que está el día y sin decir aguava el tachero le confiese que después de dejarla a una en destino, irá a su casa y le cantará “cuatro frescas” su mujer. ¿Y por qué? Porque está “podrido de laburar como un zángano desde las 5 y doce horas todos los días” para que ella, “la señora tenga el tupé de no cumplir hace tiempo” con él. A buen entendedor pocas palabras.

Sí, tomo taxis a pesar de todo. No crea que la insistencia de seguir subiendo a ellos no me hace dudar de mi morbo. Pero también me recuerda cosas buenas. “Una noche en la Tierra ” es una y suficiente. Se trata de una de las películas de Jim Jarmush, con música nada menos que de Tom Waits. Tal vez el mejor retrato de lo extraño, singular, insufrible, imprevisible, divertido y extenuante que puede ser un viaje en taxi, aquí, en Roma, Nueva York, París, Los Angeles o Helsinki. Historias mínimas de la vida, que al fin y al cabo según dice Jarmush "no tiene argumento”.

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