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Domingo 25 de Septiembre de 2016

En Oslo, tras las huellas del Premio Kavli

Son similares a los premios Nobel y encierran una curiosa historia. Quiénes asisten. Las ceremonias. Detalles de un viaje muy particular que muestra un costado distinto de lo mejor del mundo de la ciencia.

Un premio Kavli no es Nobel. Pero se le parece mucho: es la historia de un millonario que decidió que su testamento incluyera un cuantioso reconocimiento a los científicos que se destacaran en disciplinas clave para el desarrollo humano; se celebra en un país nórdico; incluye ceremonia y banquetes con miembros de la realeza. La diferencia se da en la elección de las disciplinas. Antes de morir en 2013, Fred Kavli se aseguró de que su galardón tuviera el sabor del siglo XXI: Astrofísica, Nanociencias y Neurociencias, versus un Nobel cuyas categorías huelen un poco generalistas y hasta rancias dado el auge de las interdisciplinas (Química, Física, Medicina).

   Otra diferencia es que Noruega no es Suecia; aunque, claro, a ojos sudamericanos, se parecen un poquito, todo ordenado y en funciones. El premio arrancó en 2008, es bianual y su importancia crece entrega a entrega.

   Este 2016 el Kavli contó con una (modesta) participación argentina: el autor de esta nota fue elegido por la Federación Mundial de Periodismo Científico (WFSJ) para cubrir los acontecimientos de toda la semana en Oslo y Trondheim, junto con colegas de Croacia, Togo, Sudáfrica y la India. Aquí, un breve resumen de los acontecimientos.

Lunes 5 de septiembre

La semana comienza con las charlas de aceptación de cada uno de los ganadores en la Universidad de Oslo. Paciencia: tengo que nombrarlos aunque no suenen familiares al lector: Kip Thorne, Rainer Weiss y Ronald Drever compartieron el de Astrofísica por el descubrimiento de las ondas gravitacionales, aquella predicción de la teoría de un tal Albert Einstein; Christoph Gerber, Gerd Binnig y Calvin Quate, compartieron el de Nanociencias por una máquina que permitió llegar y manipular escalas atómicas (fueron Nobel en 1986 por esto); finalmente, Carla Shatz, Michael Merzenach y Eve Marder compartieron el de Neurociencias por distintas investigaciones respecto de la plasticidad cerebral. Hubo siete presentaciones porque dos de los premiados (Ronald Drever, que no viajó, y Calvin Quate —92 años y en silla de ruedas— están con evidentes problemas de salud).

   El momento polémico de la tarde fue cuando a la hora de las preguntas se trenzaron Shatz y Merzenach: están de acuerdo en que el cerebro puede ser plástico —es decir, usar neuronas localizadas en distintos lugares para hacer las mismas cosas— pero no respecto de qué tan plástico puede ser. La diferencia no es menor. Merzenach, que habla como un predicador científico, está convencido de que todo es posible con un adecuado entrenamiento. El cerebro todo lo puede, según su punto de vista. Shatz, en cambio, mantiene algún escepticismo respecto de ciertas enfermedades incapacitantes (Alzheimer, Parkinson) y de problemas congénitos. Más de una vez durante estos días Shatz le pidió a su colega que lo dejara terminar de explicar algo, que no la interrumpiera y ante alguna de las afirmaciones arriesgadas de Merzenach —de notable parecido físico con el publicista argentino Fernando Braga Menéndez— le preguntó si "eso había sido publicado", que es la manera académica de gritar "desconfío". Polémica en la ciencia.

Martes 6

Al mediodía, la ceremonia propia de entrega en el Concerthall del centro de Oslo. Hermosa sala, de refulgente azul. Con los discursos oficiales, breves y atinados, se mezcló alguna performance musical, como la de Tine Thing Helseth, que trompeta en mano ejecutó Libertango, de Astor Piazzolla, aunque en versión europeísima, y ¡cantada! A falta de Harald V, rey de Noruega, también con algún achaque de salud, estuvo el barbado príncipe Haakon, que entregó las medallas y tuvo la discreción de no emitir discurso alguno.

   A la noche fue el banquete en el salón municipal de Oslo. En ese mismo lugar, se detalla en un folleto dentro del plato vacío, se celebró el premio Nobel de la Paz a Mijail Gorbachov en 1990. La etiqueta es estricta para los varones: traje negro, camisa blanca y moño. Allí donde fueres haz lo que vieres se suele decir. Así que ahí fui, cual muñeco de torta. El banquete es banquete porque tiene más de 400 personas al estilo megacasamiento y un menú de tres pasos: 1) Salmón noruego con risotto y porotos verdes, 2) Pechuga de pato, con papas y espinacas, y 3) Tarta de frambuesa con chocolate. Todo con vino italiano y de Nueva Zelanda (toda la semana fue pródiga en salmón y el destilado de uva).

   Antes había bajado por las escaleras —con paso cansino, flanqueada y superenfocada— la portentosa primera ministra noruega Erna Solberg. Si a alguien eso le pareció algo ridículo, un buen discurso sobre la importancia y el valor de la ciencia hizo repuntar su valor como política. "Ella es muy popular", me confían en la mesa en la que estoy, la número nueve.

Miércoles 7

Vuelo temprano a Trondheim. ¿Qué significa esta ciudad que está a 500 kilómetros al norte de Oslo —es decir, al norte del norte— y se jacta de su poderosa vida universitaria? Trondheim es el hogar de los Moser. "Los Moser" ya son una marca registrada en el mundo científico, sobre todo tras ganar el Nobel de Medicina en 2014 (junto con John O'Keefe) por descubrimientos relacionados con el llamado "GPS cerebral", mecanismo que usa el cerebro para ubicarse en el espacio.

   "Los Moser" son la pareja conformada por May-Britt y Edvard. Quiere la leyenda que llegaron de jóvenes a la ciudad, en 1996, y no tenían laboratorio, ni animales. Luego, de a poco, lograron el enorme éxito de descubrir cómo funciona en el cerebro de los mamíferos la ubicación espacial. Se los comparó con los Curie, María y Pierre, porque no muchos matrimonios logran éxitos tan significativos en ciencia y los coronan con un Nobel. La historia agrega a una de la hijas de Curie, Irene Joliot-Curie con Frederic Joliot. Y no mucho más; dos más para ser exactos, Gerty Theresa Cori y Carl Ferdinand Cori (en 1947, junto con el argentino Bernardo Houssay), y Gunnar Myrdal y Alva Myrdal, en categorías distintas.

   La colega de Croacia, Tanja Rudez, le pregunta a Edvard Moser justamente eso, si son los nuevos Curie. Edvard zafa de la incomodidad de manera más o menos elegante. "No puedo decir nada de semejante comparación. Sí está claro que la ciencia hoy se hace distinto, con mucho trabajo en equipo y menos genialidad individual que a principios del siglo XX", dijo. Luego le diré a Rudez lo que se comenta y es más o menos oficial: May-Britt y Edvard ahora están separados, aunque mantienen la sociedad científica... A nadie se le ocurriría sacar la foto gigante que los muestra sonrientes a la entrada del laboratorio. Lo dicho, son una marca.

   Durante la cena, en un restaurante sobre el canal, May-Britt cuenta que cada vez que le hablan de Sudamérica se le acelera el corazón por el recuerdo de unas hermosas vacaciones en Galápagos y en Perú. May-Britt es una mujer alta, enérgica, que parece reír siempre, y muchas veces a carcajadas, para horror de los habitualmente contenidos noruegos. También me habla de los argentinos que pasaron por su laboratorio: Emilio Kropff (ahora en Laboratorio de Plasticidad Neuronal del Instituto Leloir e investigador adjunto del Conicet, investiga sobre neurogénesis en animales adultos) y Soledad Gonzalo Cogno, que estuvo en un seminario de verano y enseguida le ofrecieron trabajo, así que en abril de 2017 viaja a un posdoctorado. Va a dedicarse

a ver cómo interactúan las neuronas de la corteza entorrinal para posibilitar la navegación espacial. "Ella es tan brillante", dijo May-Britt en un suspiro. "La vi y enseguida quise reclutarla", agregó.

   Durante la cena, también me cuentan que en otro laboratorio —también financiado por la Fundación Kavli, dirigido por el turco Emre Yaksi— trabajan con el pez cebra.

—¿Sabés cuál es?, me pregunta Stephanie Foré, una científica belga.

—No. ¿Será el de Buscando a Nemo?

— No, es otro. Y tiene una cualidad increíble. Como tiene la cabeza casi transparente se puede llegar a ver la actividad neuronal relativamente fácil. Lo ponemos en una especie de pecera en la que no puede moverse, le damos diferentes estímulos y vemos cómo reacciona.

Jueves 8

Vamos al laboratorio de los Moser. Lo que se espera de un laboratorio de primera en el mundo. Hay unas 200 ratas y 700 ratones, todos dispuestos a que los operen, les coloquen electrodos y que una computadora registre qué neuronas se encienden, en qué momento y por qué. "Tratamos de que los animales sean lo más felices posible mientras están acá", dice la enfermera veterinaria Groethe Jackobsen, mientras acaricia un animal, al que se lo ve ciertamente bien alimentado. Hacemos el resto de la recorrida con el propio Edvard Moser.

   Luego nos recibe Menno Witter, brillante colaborador desde el principio de los Moser, director del grupo de investigación de neuroanatomía funcional. Nos cuenta minuciosa y apasionadamente detalles de sus trabajos. Algo notable: todos los científicos con los que hablamos por aquí saben explicar su trabajo. No está claro si es algo natural o impuesto, o parte de la excepcional inteligencia que tienen. Witter (de Amsterdam) está resignado a que el Nobel ya no será para él, pese a que fue clave en lo que hicieron sus colegas noruegos y trabajó codo a codo durante años. "No sólo porque por política de la Academia no se lo dan al mismo laboratorio dos veces, sino que no se lo dan a la misma área de investigación. Ya fue", dice con filosofía y cierto aire de despreocupada resignación.

   Por la tarde, hay una especie de simposio sobre neurociencias. Nos dijeron que los expositores se iban a dirigir a un público en general, pero nones: fueron tres charlas de nuevo con altísimo nivel, dirigidas sobre todo a colegas, los ganadores del Kavli y estudiantes de doctorado. El primero fue Vivek Jayaraman, del Janelia Research Campus (Howard Hughes Medical Institute, en Virgina, Estados Unidos), que estudia las combinaciones de una mosca (la Drosophila melanogaster, por si quieren saber) que tiene 100.000 neuronas y le alcanza para sobrevivir.

   Luego, Leslie Vosshall, de la Rockefeller University, contó qué se sabe respecto de la manera en que los mosquitos identifican a un humano y lo pican. Otra vez investigación básica con aplicación casi instantánea dadas las epidemias de zika, dengue, chikungunya y compañía. Y finalmente. Botond Roska, del Friedrich Miescher Institute for Biomedical Research (Basilea, Suiza), sobre detalles del sistema visual del cerebro.

Viernes 9

Es el final, amigos. Llegó la hora del adiós y el avión de nuevo hacia el común destino sudamericano empachados de la mejor ciencia del mundo. Gracias, Kavli.

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