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Sábado 09 de Mayo de 2009

En la Ciudad de los Niños

Son los mismos chicos que la semana pasada y la que viene compartirán la congoja instalada en sus familias; los mismos a quienes la vida adulta les llega de golpe, porque de verdad es difícil disfrutar de la infancia en un hogar sin trabajo, o como ya les ocurre a cientos de otros niños parados en una esquina pidiendo monedas.

Hace más de dos largas décadas que Mirta enseña en escuelas primarias de Rosario. Siempre en realidades donde, como verdaderos sellos distintivos, conviven la pobreza y las ausencias con la obstinada convicción de que las aulas prometen un futuro esperanzador.

El primer viernes de mayo pasado caminaba hacia el acto que los 500 trabajadores de la fábrica Mahle organizaron para defender su fuente laboral. No es casual que Mirta estuviese allí: su escuela está en ese barrio de la zona oeste y más que nunca siente que el pesimismo les toca muy de cerca. "Son muchas las familias afectadas", dice solamente para explicar por qué tiene que involucrarse el Día de los Trabajadores con los obreros de Mahle.

Sabe que en esas familias hay niños y niñas, los mismos que se educan en sus escuelas. ¿Cómo enseñarles lengua, historia o geografía mientras en sus hogares la angustia es el día a día obligado? ¿Cómo no hacerlo más que nunca cuando es necesario responder con palabras, narraciones y juegos a un presente de incertidumbres?

Hace un tiempo, en una entrevista, el educador César Oxley recordaba las contradicciones vividas cuando oficiaba de maestro rural. Se preguntaba entonces cómo enseñarles a sus chicos el latiguillo escolar de que "la patria es grande" cuando los veía llegar descalzos a sus clases o sabía que sus hogares se dibujaban en una tapera. Por cierto, una realidad que para cientos de niños, hijos de peones rurales explotados sobre todo por la avaricia sojera, hoy no cambió.

En el acto de Mahle estaban los trabajadores despedidos y sus familias, también los chicos. Como aludía la carta de una maestra leída en la ocasión, son los hijos "del vecino, del almacenero, del primo de la portera o del esposo de la maestra".

Son los mismos chicos que la semana pasada y la que viene compartirán la congoja instalada en sus familias; los mismos a quienes la vida adulta les llega de golpe, porque de verdad es difícil disfrutar de la infancia en un hogar sin trabajo, o como ya les ocurre a cientos de otros niños parados en una esquina pidiendo monedas.

Como Mirta muchas otras maestras dieron su presente el Día de los Trabajadores. Saben bien que aprender en tiempos de crisis requiere de la nobleza de la escucha, de la paciencia del entendimiento y la firmeza de que más que nadie sus niños precisan afianzarse en el derecho humano de la educación. Como explicaba el mismo Oxley: "El chico necesita siempre del maestro. Y cuando descubre que puede aprender, es siempre feliz".

En 1996 se instaló en Rosario el proyecto "La ciudad de los niños", basado en la acertada iniciativa del pedagogo italiano Francesco Tonucci de escuchar a los chicos, de tener —en palabras de Gianni Rodari— "una oreja verde" para diseñarla después. Nada mejor entonces hoy que pensar en una ciudad que abrace a los hijos de los obreros de Mahle, que los entienda en su padecer.

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