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Domingo 26 de Julio de 2015

En el corazón de la selva amazónica

Ester Suárez vivió tres meses entre las comunidades aborígenes de Ecuador.

Ester Suárez tiene 40 años y realizó una experiencia increíble en el Amazonas ecuatoriano. Del 1º de abril al 28 de junio vivió en la selva, durmió en carpa, tomó chicha (bebida elaborada a base de mandioca), se pintó la cara como los aborígenes, jugó con los más chicos y descubrió una cultura que ama la naturaleza y vive de la Providencia.
  La zona amazónica de Ecuador está habitada por tribus quichuas y achuar. Distribuidos por la selva viven cerca de 10 mil habitantes que hablan distintos dialectos y algunos aprendieron el español. Aún no se ha llegado a conocer a todas las comunidades.
  
En avioneta y canoa
Ester viajó con Cristina, una monja católica dedicada a las misiones en distintas partes del mundo. Las dos se aventuraron hacia la región de Puyo en Ecuador y desde allí abordaron una avioneta, que es la única forma de llegar a la selva. Luego, guiadas por la gente del lugar, subieron a una canoa que las dejó en la primera comunidad donde fueron recibidas como si fuera una fiesta: los niños tenían pintados dibujos en sus caras.
  “Hace mucho que todos los años viajo a distintos lugares de Argentina con grupos diferentes para ayudar en lo que sea, desde organizar una feria de ropa, un festival infantil, enseñar catequesis o lo que sea, pero mi inquietud estaba más lejos. Hace tiempo que quería ir a África y hablando con una amiga me comentó del padre Marcelo Ciavatti, que organizaba misiones. Así llegué a uno de los encuentros organizados por este sacerdote y me encontré con una monja de Buenos Aires que estaba por viajar a la selva ecuatoriana. Es verdad que no era África, pero era un lugar más cercano y accesible para mí”, relata Ester todavía emocionada por los recuerdos de la misión.
  Ester viajó el 1º de abril rumbo a Quito y regresó el 28 de junio a Rosario. La aventura comenzó cuando desde la capital de Ecuador debía tomar una avioneta para llegar a la zona selvática y luego trasladarse en canoa para acercarse a las comunidades donde viven los aborígenes.
  “Lo que más me impresionó fue la gente, la amabilidad con que nos recibieron”, cuenta. “De a poco fui comprendiendo cuáles eran sus costumbres. Por ejemplo, me explicaron que cuando se pintan la cara (que lo hacen con un fruto de color, al igual que teñirse el pelo) es porque están contentos y lo quieren demostrar.
  Durante esos tres meses Ester recorrió distintas comunidades quichuas y achuar. “La gente vive de manera muy sencilla, en casas casi sin paredes, con techos de paja o armados con hojas gigantes. Y tienen costumbres como la chicha, que es una bebida que sólo la preparan las mujeres. Ellas mastican la mandioca y la escupen en grandes baldes donde la dejan fermentar. Es muy típica de allí y es símbolo de acogida, por eso es lo primero que te ofrecen. Ahí no hay que pensar en nada y tomarlo”, reconoce Ester.
  “En el Amazonas no tienen agua potable, toman chicha, y tampoco hay luz ni gas, se bañan en el río sin más pretensiones. Cocinan sobre fogatas y comen los frutos que recogen. Las mujeres se ocupan de los chicos y los hombres salen a cazar (puede ser que coman monos, o distintos pájaros) y a pescar. También hay familias que tienen gallineros y todas plantan plátanos en un trozo de tierra que llaman chacra”, continúa la aventurera.

Un día en la selva
“Nos levantábamos bien temprano, cuando salía el sol, porque se aprovecha la luz natural. Desayunábamos y luego comenzábamos la caminata para llegar a una comunidad, o tomábamos la canoa para trasladarnos. Una vez que llegábamos, había una persona que nos recibía y llamaba a los demás pobladores. Lo hacía con una especie de cuerno, que cada vez que sonaba todos se trasladaban hasta allí”.
  La jornada continuaba con la misa, que celebraba el sacerdote en la “iglesia”, un techo de paja con algunos bancos de madera. Y lo ayudaba el catequista, que es el referente religioso del lugar. Luego Ester se ocupaba de los niños. “Nos entendimos muy bien porque yo les explicaba los juegos en castellano y el que entendía se lo traducía a los demás, y nos divertíamos mucho”, cuenta sonriente, recordando las caras felices de los niños.
  “Allá no saben qué es una golosina y mucho menos conocen la tecnología porque no hay ni luz sin señal de internet. Se divierten con lo que tienen, juegan con la tierra y trepan a árboles gigantes. Me llamó la atención que las mujeres son las que juegan al fútbol y los hombres al vóley. Además, muy pocos usan zapatos”, continúa.
  El día terminaba temprano, a las seis de la tarde cuando caía el sol, y ya no había luz. Entonces las misioneras armaban la carpa dentro de uno de los salones de la escuela y dormían en la bolsa de dormir. “Casi no cenábamos porque la gente sólo come una vez al día, si es que come”, puntualizó Ester.
    La misión que emprendió Ester comenzó en la zona de Boveras, en la isla de Montalvo, en una comunidad donde se prepararon para salir junto con la hermana Cristina, el sacerdote que vive allí y el catequista del lugar.
  Recorrieron las comunidades Kiualpa (hablan quichua), Chichira, Tarchiplaya, Kapawi, Sua, Wachirpa, Cusucao, Sarahiaco, Pukayako y Yaramenza (hablan en Achuar). “Algunos entienden castellano, se los enseñan en la escuela, pero otros no. Por eso  las misas son en su idioma y en español”, señala.
  En cada comunidad hay una pequeña iglesia y una escuela. El problema es que los docentes no siempre llegan porque dependen del clima. Durante los meses que pasó Ester allí hubo mucha lluvia, y una crecida que hace mucho tiempo no se veía por la zona, de hecho arrasó con varias casillas. “La gente no se hace mucho problema, de hecho por ejemplo si llueve nadie se inmuta porque al ratito sale el sol y enseguida te secás la ropa”, explica.
  En las distintas poblaciones viven de la mandioca y el plátano, una banana grande y de color verde que comen hervida.
  Lo que sí preocupó a Ester fueron los insectos. “Del Off se ríen”, cuenta. En esa zona hay culebras, boas, cocodrilos, tarántulas y todo tipo de insectos. De hecho, la misionera rosarina sufrió fuertes picaduras de “arenilla” en las extremidades. “Hay que caminar con botas porque en general todo es barro y hay muchas víboras”, señala quien aprendió a comer de todo y a desayunar sopa de pescado y no temió en bañarse en el río marrón.
  “El paisaje de la selva es maravilloso, el río majestuoso y los árboles imponentes”, describe Ester, y cuenta que la gente es muy tranquila y sabe apreciar ese paraíso.
  Una vez por semana los médicos recorren las comunidades, siempre y cuando el clima lo permita. Allí atienden todo tipo de dolencias.

“Te enamorás”
   Los misioneros hablan de amor. “Y sí, es que te enamorás de la gente, del lugar, porque se aprende mucho de ellos. En las comunidades son sanos,  generosos, te quieren dar todo aunque ellos no coman”, relata Ester.
  “Pronto se cumplirá un mes desde que volví y todavía no caigo. Mi cabeza sigue allá. Extraño a los chicos y a todas las personas que conocí, y claro que volvería a repetir la experiencia. Ahora me estoy preparando para hacer algo pero en la Argentina”, concluye feliz.

Un matrimonio que sueña con instaurar una iglesia en la selva

Los dos son rosarinos y evangélicos. Se casaron hace cinco años, luego de haber decidido que serían misioneros. Ese era un requisito fundamental para poder formalizar su matrimonio. Desde 2013 están en la ciudad de Santa Cruz, Bolivia, estudiando para concretar su misión. Terminan este año y sueñan con ser destinados a una comunidad aborigen donde puedan transmitir las enseñanzas de la Biblia, instaurar una iglesia y formar líderes religiosos del lugar.
  Natalia terminó la carrera de relaciones internacionales en la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y Matías interrumpió la de ingeniería para trasladarse a Bolivia. Lo hicieron luego de haber tomado una decisión que les cambiaría la vida para siempre. A fin de año terminan la formación y serán destinados a una comunidad para vivir allí como mínimo cinco años, pero en realidad ellos planean que será para siempre.
  La decisión puede parecer desgarradora, pero ellos están felices y se lee en su rostro la ilusión de comenzar a desarrollar su labor misionera.

Un llamado

Matías fue el primero en “ver” eso que denomina un “llamado de Dios” para ser misionero. Hay muchos jóvenes en su iglesia evangélica bautista Hermanos Libres de Casiano Casas, pero no todos reciben esta vocación. “Nosotros creemos en que podemos relacionarnos con Dios y que él tiene un propósito para nuestra vida”, cuenta el joven, a quien siempre le gustó la aventura y disfrutar de la naturaleza.
  Esta decisión afectaba su relación con Natalia, con quien estaba de novio. Y se lo manifestó claramente. Para ella no fue tan fácil.
  “Matías me decía que iba a ser misionero y yo le contestaba que eran ideas de él, que no podía ser de Dios, pero mientras tanto yo empecé a orar y a pensar si Dios quería eso también para mí. Fue difícil porque estaba en la disyuntiva de elegir entre el amor de mi vida y lo que Dios quería, que para mí en ese momento estaba en mi carrera universitaria. Pensaba que podía ayudar a las misiones pero desde la diplomacia. Sin embargo, con el tiempo me fui dando cuenta de que sí, de que tenía que acompañar a Matías en este sueño de llevar el mensaje bíblico a tantos pueblos que no lo conocen”, relató Natalia, quien dejó de lado sus ambiciones diplomáticas.
  Para los dos fue difícil dejar las carreras que estaban estudiando, pero más les costó a sus propios padres y familiares, sobre todo a las mamás de los dos. “Nos criaron en familias cristianas, enseñándonos a tener un fuerte compromiso con Dios, pero también les cuesta saber que vamos a estar lejos”, explicó Matías. Confesaron que en sus casas ambas madres derramaron lágrimas.
  Quieren formar una familia y  hasta ya pensaron en adoptar. Sin embargo, están retrasando la llegada de los hijos hasta que sepan con seguridad el destino a donde vivirán el próximo año. “Hay muchos misioneros que tuvieron hijos en las misiones y los chicos pueden ir a las escuelas del lugar y completar la formación en casa”, destacó Natalia.

Experiencias
Tanto Matías como Natalia tuvieron experiencias de misiones cortas en la comunidad toba de Chaco. “Vivimos tres meses en Pampa del Indio y trabajamos con los aborígenes en conjunto con la Liga Argentina Pro Evangelización del Niño (Lapen). Ahí comprobamos la dificultad que existe cuando no podés comunicarte por no saber el idioma. Allí todos hablan qom”, contó Matías.
  “Ellos no sólo hablan diferente, también interpretan distinto el mundo, piensan de otro modo, por eso los métodos de aprendizaje son otros”.
    “Nosotros nos estamos preparando para hacer evangelización y transmitir a Dios a todas las comunidades. Nuestro mayor deseo y propósito no pasa por la ayuda social, que es un medio, sino por comunicar el mensaje de Dios, pero es obvio que un niño con hambre no te va a escuchar y si no le hablás en su idioma tampoco”, destacó. Por eso en la formación que están recibiendo están estudiando con especial énfasis idiomas, dialectos y fonética.
  Natalia, que pertenece a la iglesia bautista de Arroyito, cuenta que desde chica le gustó trabajar con niños. Durante estos años colaboró con un comedor de Granadero Baigorria y realizó distintos trabajos en el barrio toba.
  Además, la formación que están realizando en Bolivia, incluye vivir en distintas comunidades de ese país. Son las “prácticas” de la carrera que les sirven para saber cómo van en el aprendizaje y además para conocer otras culturas.
  “Nosotros no queremos cambiar la cultura de los pueblos originarios”, expresó Natalia con claridad. “Pero sabemos que todo aquello que no sea como dice la Biblia, sí tendrá que cambiar, por ejemplo la práctica del incesto, los sacrificios de bebés o la esclavitud, como sucede en algunas comunidades”, señaló.

Choques culturales
  Matías es más arriesgado y no le importa lo que se encuentre donde tenga que misionar. Allí hará las veces de pastor para armar una iglesia y también será el que se ocupe de formar líderes que puedan dar continuidad a esa obra. Es consciente de que desde el primer día ellos tienen que instalarse sabiendo que en algún momento se tendrán que ir, cuando la comunidad se autoabastezca en la fe.
  Natalia en cambio reconoce que le costó instalarse en Bolivia. “Tuve lo que los profesores llaman choques culturales, que es cuando te molestan cosas de los demás. Pero eso me sirvió mucho para entender que mi cultura no es mejor que la de los demás, sino que es distinta y que soy yo la que tengo que aprender lo bueno de los demás. No fue fácil, pero es sumamente enriquecedor”, confesó. “Nuestra idea no es arrebatarle su cultura y arrollar con la nuestra”, subrayó.
  Los dos sueñan con llegar a instaurar una comunidad evangélica en algún pueblo aislado de Latinoamérica. Y ahora esperan su destino.

 

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