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Domingo 03 de Mayo de 2015

Elogio de Bernardo

Miradas. El lechero se llamaba Bernardo. A todos los pibes que crecimos en Tablada (república ubicada entre bulevar Seguí, San Martín, 27 de Febrero y el río Paraná), nos traía la leche a casa. Leche suelta, a granel.

El lechero se llamaba Bernardo. A todos los pibes que crecimos en Tablada (república ubicada entre bulevar Seguí, San Martín, 27 de Febrero y el río Paraná), nos traía la leche a casa. Leche suelta, a granel. Era leche que el tipo cargaba de las vacas recién ordeñadas en La Planchada del Bajo Ayolas, a las cuatro de la mañana. De ahí a los tachos, al carro tirado por el caballo y luego, calle arriba. Ayolas fue siempre empinada, como los codos de los vecinos. Ahí donde Berni imaginó a Juanito Laguna y Rosa Wernicke escribió "Las colinas del hambre".

La lechería estaba (la casa sigue ahí) en Ayacucho al 3500; un portón añil de chapa con un banderín azulgrana encima, pero no por San Lorenzo. En ese territorio, el azul y rojo tenía un solo significado: charrúa, Gabino Sosa, De la Mata, Carlovich, Central Córdoba. Bernardo Frontera era un hincha ilustre, tan identificable en los tablones de 1º de Mayo y Virasoro como el mismísimo Trinche o Pepe, aquel hermoso niño Down de una edad intemporal que fue la mascota del equipo inolvidable de los setenta: Mainonis, Carlovich y el Bebé Cassinerio. Adelante, Patoruzú Sullivan, el Saso Fachetti y el debut del Bocha Forgués. Para entonces, Bernardo ya tenía un Jeep IKA carrozado y los tachos saltaban menos por el empedrado de adoquines lustrados por la llovizna. De otro modo, desde la planchada que estaba en los confines de avenida Grandoli, hasta llegar a las casas, la mitad de la leche se le convertía en crema o manteca. Los tachos se llamaban tambos, y dicen que de un batuque parecido ayudantes de tamberos, en los viajes hasta el pueblo, para entretenerse empezaron a golpearlos y aparecieron un candombe, una milonga y al fin un tanguito. Tambó, tambó es el origen de todas nuestras melodías.

La propiedad de los Frontera era la típica casa chorizo con la galería a la derecha. A la izquierda, en lugar de patio, había un camino de adoquines hasta el establo. El fondo era un centro de manzana con gallinero, cubos de alfalfa y unos patos tipo Saturnino, que todos los niños del barrio se morían por espiar. Raúl Gustavo Aguirre lo hubiera ilustrado con aquellos versos suyos: “Quienes se acercan a espiar, se desesperan; quienes se acercan a mirar, se maravillan”. Y me consta que muchos niños del vecindario aceptaban ir a la maestra particular, una sobrina de Bernardo, sólo para poder conocer la reserva natural que había en el fondo.

Yo no. A mí no me hacía falta porque era olfa y además, amigo del alma de Juanci, sobrino de Bernardo. El establo y el tambo eran mi casa. Esas galerías eran el búnker del equipo de la capilla del asilo de ancianos, altillo de Batman y Robin o escondite de la afición manual por las Memorias de una princesa rusa. También eran la sede oficial y permanente de todos los campeonatos mundiales de botones. Jugábamos por plata, por asados, por naranjada. Una Coca Cola en ese barrio era como un viaje a Disney. El pizarrón era el mismo de las tareas escolares y todavía hoy soporta, en mi altillo, alguna síntesis argumental para un cuento. No puedo evitar el recuerdo de una tarde de lluvia en que apareció Marcelo Bielsa, invitado por mi hermano Oscar, con un escrupuloso equipo de botones, con unas camisetitas de papel todas iguales, unos números con diseño Warhol sacadas de un calendario de Pinturas Alba de 1968. Todo un detalle; y quizá el germen de todo lo que hizo después en las canchas verdaderas, aunque esa tarde yo le gané cinco pesos con los botones de un tapado viejo de mi abuela María.

Una infancia neorrealista. Bernardo era el director técnico del equipo, nos llevaba en el Jeep lechero a jugar por todos los baldíos del Saladillo, la cancha de Trupia, Mangrullo, Tiro Suizo y hasta barrio Las Flores. Los días que jugaba Víctor Ramos para nosotros era aburrido: Condorito se gambeteaba a todos, 7 a 0, 9 a 1, no tenía gracia... y menos las caras de los rivales, que no eran chicos diplomáticos ni educados en liceo de señoritas. Para el Tanque de Grandoli atajaba un petiso orejudo de apodo Topo Yiyo, que siempre dejaba paquetes extraños detrás del arco y luego sería un mito: el primer delincuente infantil de la ciudad. Pero para entonces, para nosotros, era solamente un chico. Uno más, hasta simple y feliz, para adentro.

De aquel equipo de Bernardo salió una base para el de la Vigil, campeón Evita 1975: Gustavo Chan, gemelo de Riquelme, Condorito Ramos (máximo scorer en la historia de Ñuls), Bigote González y un servidor, wing derecho o vector izquierdo agarrando para el centro; total, que ya dije, siempre alrededor de la derrota. Bernardo era fanático de Boca, después de los charrúas, claro. Su Santísima Trinidad eran el Trinche Carlovich, Gabino Sosa y Riquelme. El descenso que se cernía sobre Central Córdoba en el 2001 y el éxodo inminente de Riquelme al Barcelona lo tenían muy angustiado. El mundo es la aldea de uno y es difícil seguir viviendo cuando desaparece: sueño, hormigón, mujer o wing izquierdo. Total, que vamos siempre alrededor de la derrota.

Entonces decidió apurar el carro y se fue para siempre, tres días después que las Twin Towers. Como si hubiera aprovechado el descuido; Bernardo era un simplón metafísico de esos que nunca se quejan ni hablan por gusto. Es un lujo cada vez más raro encontrar tipos así. Como cuando pegaba aquel grito a punto en la planchada, calle arriba, más arriba... porque Ayolas era muy empinada. ¿Qué cuentas le puede pedir San Pedro a un lechero casa por casa? ¿A tu propio lechero, a granel, de la infancia? Si hasta yo ahora mismo no sé si estoy hablando de la infancia o del sueño de la infancia. Tablada se me ha quedado congelada en esa imagen de Bernardo dándonos una charla técnica en los tablones del sulky, entre los tambores de leche y los patos saturninos picoteando la grana y la lustrina del adoquín las tardes de llovizna.

Yo no creo que pase un día en que cortando mi café con la tira blanca, no me acuerde de esos gestos, la pureza, sus consejos, las botellas de vidrio sin tapa y aquella catarata blanca y espumosa en el jarrón de mi vieja. Me he guardado para siempre un gesto invisible que él tenía, el rebenque compasivo sobre el ayudante y un murmullo, casi una súplica: “Arre, arre Charrúa...”. ¿De qué otro modo podía llamarse el caballo?

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