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Domingo 06 de Noviembre de 2016

El viejo

Hace mucho que me acompaña. Mucho que en las noches solitarias busco algún disco suyo, lo pongo en la bandeja y lo dejo sonar a volumen medio. Mucho que exactamente después del arranque de la pista uno saco una copa, le echo tres dedos de whisky y un chorro de soda fresca. Y me siento, antes del primer trago, a escuchar a Dylan como si fuera una ceremonia.

Sí, ya hace mucho que me acompaña. Aunque yo soy de una generación que entró en el rock de la mano de los británicos. Fueran Genesis o Yes, Beatles o Stones, Jethro Tull, Emerson, Lake & Palmer o Gentle Giant, Led Zeppelin, Pink Floyd, Van Der Graaf o King Crimson, con la noble excepción de Steely Dan o algún encuentro casual con Creedence todo lo que escuchaba (y escuchábamos) era terriblemente british. Sólo años más tarde descubrimos la movida neoyorquina, la Velvet Underground, Lou Reed. Sin embargo a mí, por una ventana, a mediados de los años setenta se me coló un viento americano: el dulzón y entrañable James Taylor, la dupla Simon & Garfunkel. Después, sin pedir permiso, Neil Young. Y de a poco —porque el hombre no es nada fácil—, Dylan.

El Viejo (así lo llamo, irrespetuosamente) pareció ser siempre viejo, o al menos un poco viejo. Y con esa voz tan particular que pasó de chillona a rasposa, como si su dueño hubiera consumido a lo largo de las décadas el contenido de una tabaquería y una destilería completas, cantó sin cansarse nunca letras tan herméticas como potentes, tan misteriosas como proféticas, tan hondas como sencillas, que contaban historias pero también disparaban imágenes, que ironizaban aunque también predicaban, que agredían pero a la vez consolaban.

Cada uno tiene su propio Dylan. Yo suelo refugiarme, en los últimos tiempos, en discos que no son precisamente los más famosos ni los más valorados por la crítica. A veces me alcanza con la módica dosis dylaniana incluida en la banda de sonido para la película Pat Garrett & Billy The Kid, del gran Sam Peckinpah (1973), donde el Viejo también actúa. O me sumerjo en la melancolía de Time Out Of Mind, de 1997, donde el sonido de Dylan pasa a través del filtro de la producción de Daniel Lanois para producir un disco impecable, que cuando muchos creían que todo había terminado tuvo el sentido de una resurrección. Ahí hay perlas como Not Dark Yet y Make You Feel My Love. O vuelvo a otro disco semiolvidado, Love And Theft, que nos sorprendió en 2001 con un puñado de maravillas como esa canción de belleza desnuda llamada Sugar Baby. Pero si tengo que elegir "el" disco de Dylan elijo sin dudarlo Blood On The Tracks (1975), con ese monumental arranque que es Tangled Up In Blue para llegar a la elegía agridulce de If You See Her, Say Hello.

Hace poco le dieron al Viejo el Nobel de literatura. Montones de plumíferos solemnes se mostraron indignados. Entre ellos sobresale Vargas Llosa, de quien uno ya no puede siquiera concebir que haya escrito obras maestras como La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral. Parece que se olvidó de todo, el gran Varguitas. Y justamente todos polemizan y opinan: si el Viejo merece el premio o no lo merece, si las letras de canciones son o no literatura, y otras pamplinas. Claro que se lo merece, cuestiones formales aparte. Porque sus palabras nos acompañan desde siempre, más allá de su entrelazamiento —tantas veces inolvidable— con la melodía. Porque es un amigo al cual se recurre en los momentos difíciles. Porque, como debe hacer un auténtico poeta, habla con nosotros desde lo más hondo y llega también a lo más hondo. Porque en la oscura noche del corazón ha encendido una lámpara que nadie puede ni podrá apagar.

Gracias, Viejo. Qué importa el Nobel. Importa tu juventud eterna. Importan, y mucho, las canciones. Queremos más.

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