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Sábado 17 de Octubre de 2015

El valor de los centros de estudiantes

La organización alrededor de una demanda gremial o una acción solidaria resultan aprendizajes trascendentes.

Lejos tanto de aquellas miradas que, interpeladas en torno a la posibilidad de legislar sobre el mundo de los jóvenes, sólo atinan a imaginar la baja de la edad de imputabilidad o variantes afines de descarga del poder punitivo del Estado, en una asociación mecánica y simplista entre aquella franja etaria y el delito (en modo alguno confirmada por las estadísticas en la materia); como de otras que —bajo ropajes estudiadamente progresistas— proponen remedos de participación a los adolescentes en tránsito por las instituciones educativas, que en el fondo esconden una sempiterna desconfianza para con el protagonismo, y sobre todo, con la organización juvenil, hay un largo camino por recorrer, que es —primero— el de reconocer en los jóvenes y adolescentes a sujetos de derechos, pero que además pueden tener un rol protagónico en la lucha por alcanzarlos y defender su vigencia.
  Desde esta perspectiva, siempre hemos sostenido que la participación juvenil en los centros de estudiantes es (o debería ser) parte constitutiva de la experiencia pedagógica, del proceso de construcción de conocimiento, y no un elemento disruptivo al que hay que hay franquearle el paso desde las instituciones en aras de la salud de la comunidad educativa, o —en el mejor de los casos, y desde apreciaciones más benévolas— un sinsentido que sólo redunda en la pérdida de horas cátedra. Construir una mirada colectiva sobre acontecimientos de la vida cotidiana y de la realidad social, enunciar un posicionamiento, defenderlo discursivamente, cotejarlo, contraponerlo con otros, consensuar o disentir, actuar, organizarse alrededor de una demanda gremial, de un anhelo comunitario o de un acción solidaria, constituyen experiencias de aprendizaje trascendentes, que ninguna clase de “educación cívica” o “formación ética y ciudadana” (a elección del lector dependiendo de su edad) puede reemplazar.
  La provincia de Santa Fe contaba hasta el año 2013 con un marco normativo precario en la materia: una ley de centros de estudiantes de fines de la década de los ’80 de un solo artículo, que había derogado los decretos y disposiciones ministeriales de la última dictadura cívico militar que prohibían cualquier tipo de organización estudiantil, pero que no obligaba a ningún actor institucional (funcionarios, directivos, docentes, etc.) a realizar acciones positivas que garantizaran el derecho reconocido en aquella norma. Sumado a ello, la misma nunca fue reglamentada. En los hechos esto se tradujo en que, en aquellos establecimientos secundarios y terciarios cuyos directivos no mostraban mayor interés en reconocer la posibilidad de organización de un centro, se utilizara el falso argumento de la inexistencia de regulación de los mismos en el ámbito provincial. Paradójicamente, se les vedaba a jóvenes que hoy tienen el derecho de participar en elecciones nacionales desde los 16 años, la posibilidad de elegir democráticamente quien los representara como delegado o delegada de curso.
  Luego de varias experiencias legislativas frustradas, logramos aprobar hace dos años la ley provincial Nº 13.392, de “constitución y funcionamiento de los centros de estudiantes secundarios, y superior no universitarios”, paraguas legal que reconoce el derecho de organizarse democráticamente a todos los estudiantes secundarios y terciarios de nuestra provincia, tanto en las escuelas públicas como en aquellas de gestión privada, y establece la posibilidad —para cualquier integrante de la comunidad educativa— de denunciar trabas o incumplimientos de la normativa vigente, frente al organismo de aplicación de la misma (el Ministerio de Educación de la provincia) . Corresponderá al mismo doblegar negativas que aún hoy persisten, fundadas en una mirada recelosa de la participación sin redes ni formatos partenalistas, la que nace del impulso creativo, tumultuoso, y por ello vital, de quienes no son —como suele machacarse como un mantra— “el futuro”, sino el presente de nuestra patria.

Eduardo Toniolli / Diputado provincial FpV

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