Edición Impresa
Domingo 07 de Junio de 2015

El único instante es el ahora

Aquellos que aman los libros tienen con ellos una relación basada en la sensualidad. Sí, no es necesario que nadie pegue un salto en la silla ni levante medio metro las cejas.

Aquellos que aman los libros tienen con ellos una relación basada en la sensualidad. Sí, no es necesario que nadie pegue un salto en la silla ni levante medio metro las cejas. Los libros son, en primer lugar, objetos. Tienen peso, aroma, color. ¿Nunca han visto a nadie olfatear un libro? Yo huelo los libros que compro y puedo garantizarles que el perfume de un libro mexicano es distinto del de uno español, y ni hablar de uno impreso en la Argentina. También la tonalidad del papel es diferente. No ignoro que estoy loco. Pero el que ama los libros los acaricia, y sabe cómo abrirlos sin causarles daño. Si el libro no llegara a ser cosido (como debe ser), a pesar de que la calidad de los procedimientos de pegado ha mejorado en los últimos tiempos, corresponderá apelar a una delicadeza infinita para evitar que las páginas empiecen a separarse entre ellas como hermanas mal avenidas. Y no me hablen de subrayar un libro: si veo que alguien lo hace, mis manos empiezan a temblar de indignación. Cuando quiero tomar nota de algo relacionado con lo que estoy leyendo, lo hago en un cuaderno o libreta: los libros deben llegar al final de cada contacto íntimo con un lector como si aún siguieran siendo vírgenes. De esa manera, podrán acceder a la mayor cantidad de manos (y miradas) posibles. Los libros no son sólo de su dueño, en cierto sentido son de todos. Cuidar los libros es cuidar la vida.

No hay otro tiempo que el tiempo presente. No hay otro instante que el ahora. Si hay algo que debamos hacer, hagámoslo ya mismo: sea el amor o algún ineludible deber cotidiano. Bien lo dice, a su modo siempre irónico, el poeta chileno Enrique Lihn, en un memorable texto llamado Destiempo: “Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren/ entre la multitud de la igualdad de los días./ Nuestra debilidad cifraba en ellos/ nuestra última esperanza./ Pensábamos y el tiempo que no tendría precio/ se nos iba pasando pobremente/ y estos son, pues, los años venideros.// Todo lo íbamos a resolver ahora./ Teníamos la vida por delante./ lo mejor era no precipitarse”.

Su compatriota Jorge Teillier coincide. Aunque con Lihn nunca se quisieron, aunque eran mucho más enemigos que amigos, los unía la melancolía, la certeza de una inevitable derrota: "No importa que me hayas cortado siete espigas/ yo he roto todos los espejos/ he cerrado todas las ventanas/ y estoy condenado a permanecer/ inmóvil en este pueblo/ donde entre la lluvia y la vida hay que elegir la lluvia/ donde el Hotel lo he bautizado Hotel Lluvia/ donde los plateados élitros de la Televisión/ relucen sobre tejados marchitos.// Tú me dices que todo se recupera/ y que mi rostro aparecerá/ en un río que he olvidado/ y hay un camino para llegar a una casa nueva/ creciendo en cualquier lugar del mundo/ donde nos espera un niño huérfano/ que no sabía éramos sus padres.// Pero a mí me han dicho que elija la lluvia/ y mi nuevo nombre le pertenece/ un nuevo nombre que no puede borrar ninguna mano/ sino la de alguien que me conoce más que a mí mismo/ y reemplaza mi rostro por un rostro enemigo".

Y por hoy basta. Cierro Lihn, cierro Teillier y los guardo con sus hermanos en la biblioteca. Los dejo conversando en la noche. A ver si esta vez se entienden.

Comentarios