Ovación
Miércoles 06 de Julio de 2016

El Tata puso un límite, hizo bien

Las convicciones de Gerardo Martino se dejaron ganar por las ansias de dirigir la selección argentina. Porque cuando era el entrenador de Newell's ya había dejado bien en claro su pensamiento crítico sobre la organización del fútbol argentino.

Las convicciones de Gerardo Martino se dejaron ganar por las ansias de dirigir la selección argentina. Porque cuando era el entrenador de Newell's ya había dejado bien en claro su pensamiento crítico sobre la organización del fútbol argentino. Y nada había cambiado en este sentido cuando fue designado oficialmente el 12 de agosto de 2014, a dos semanas de la muerte de Julio Humberto Grondona, quien ya lo había elegido un tiempo antes. Tal vez la ilusión de poder plasmar un proyecto futbolístico al frente del representativo nacional gravitó más que la evaluación de las condiciones y circunstancias. O quizás un diagnóstico equivocado. Pero sin dudas que con un plan de trabajo y un plantel con jerarquía no alcanza para sustituir el soporte estructural que una AFA debe tener.

En ese momento se supuso que sin Grondona, y con el desplazamiento de Carlos Bilardo, el resto de los directivos podrían hacer de la organización del fútbol una entidad acorde a una de las industrias argentinas más exitosas en materia de producción. Pero no. Los mismos que levantaban las manos para formalizar de manera colectiva las decisiones de don Julio, y quienes tras su muerte se convirtieron en críticos rebeldes, fueron los autores de una de las peores realidades de la AFA, quebrando a esa fábrica que todavía subsiste porque algunos jugadores aún surgen. Y porque el Estado continuó con los aportes económicos del programa Fútbol para Todos.

En este contexto era previsible la salida de Martino por decisión propia. No sólo no había mejorado la situación que cuestionaba cuando dirigía Newell's sino que había empeorado. En estos casi dos años de gestión exhibió mucha paciencia, tanta que por momentos tuvo que flexibilizar su capacidad de comprensión para poder soportar tanta desidia dirigencial hacia la selección. No obstante dirigió 29 partidos, de los cuales perdió tres, pero sólo uno oficial. Y llegó a la final en las dos Copa América, las que perdió por penales. Pero que más allá de esto el balance parcial de los resultados deportivos le otorgaban un crédito del 70 por ciento de productividad.

En ese lapso hizo enormes esfuerzos para disimular los errores de logística y la falta de recursos para resolver diversos problemas. Hasta convivió con aquellos directivos que estuvieron más para figurar que para gestionar. Y hasta soportó el atraso salarial propio y de su cuerpo técnico. Cuando Martino recibió a Ovación en enero en el predio de Ezeiza y, ante la consulta sobre si la AFA estaba cumpliendo con sus obligaciones, optó por sonreír y contestar: "Seguimos adelante". Pero la ausencia de conducción en la AFA desde que asumió como entrenador albiceleste hasta esta anarquía asociada la clase dirigente mantuvo una coherencia: la impericia.

Pero todo tiene un límite. El que está estrechamente vinculado a la honestidad y dignidad de cada uno. Por eso el Tata, cuando comprobó que a estos dirigentes no les importaba el papelón que generaban en torno al seleccionado que debía representar al país en los Juegos Olímpicos, optó por irse. E hizo bien.

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