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Jueves 20 de Junio de 2013

El tango y la memoria de los rosarinos

Si algún caminante de la noche de la ciudad, abismado, empezara de golpe a silbar ese tango excepcional que es "Fuimos", existe un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que ignore que su melodía fue obra de un rosarino.

"Fui como una lluvia de cenizas y fatiga/ en las horas resignadas de tu vida./ Fui como una gota de vinagre derramada/ fatalmente derramada sobre todas tus heridas./ Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve,/ rosa marchitada por la nube que no llueve./ Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,/ que no puede vislumbrar la tarde mansa./ Fuimos el viajero que no implora, que no reza,/ que no llora, que se echó a morir".
Si algún caminante de la noche de la ciudad, abismado, empezara de golpe a silbar ese tango excepcional que es "Fuimos", existe un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que ignore que su melodía fue obra de un rosarino. El notable coterráneo del caminante se llamaba José Dames, y no sólo acompañó a Homero Manzi en esa obra maestra tardía del poeta de Añatuya, sino que compuso junto a Horacio Sanguinetti el siempre vigente "Nada", que llegó a la friolera de trescientas grabaciones, aunque se lo recuerde fundamentalmente en la recia voz de Julio Sosa. Además, Dames se reunió con José María "Katunga" Contursi para plasmar la joya romántica que se llama "Tú".
Pero esta trascendente información es conocida por demasiado pocos: la mayoría de quienes caminan las calles de esta ciudad desconocen prácticamente todo acerca de sus principales referentes ajenos al universo del fútbol, el rock o la pantalla televisiva. Sin embargo el tango, género musical popular urbano por excelencia del siglo veinte argentino y una de las grandes formas cancionísticas de todos los tiempos, no se desarrolló únicamente en esa "cabeza de Goliat" (Martínez Estrada) denominada Buenos Aires: los aportes montevideanos y rosarinos son cruciales para su evolución, aunque también deba señalarse el valioso aporte de otra ciudad olvidada, Bahía Blanca.
Además, el tango no fue producto del relativismo ético de un grupo de "creativos" publicitarios ni el invento de algún productor ávido de dinero. Todo lo contrario: se trata de una de las más genuinas creaciones del pueblo argentino, es decir, de sus clases medias y bajas.
Lautaro Kaller es un investigador riguroso del tango en Rosario: en realidad, "riguroso" es un calificativo que puede quedarle chico y acaso merezca ser calificado —afectuosamente— de obsesivo. En su libro "El tango en Rosario. Origen y desarrollo de la orquesta típica rosarina", publicado por el sello editorial de la UNR, construye un valioso inventario de los aportes de la Chicago argentina al dos por cuatro, a través de una minuciosa serie de treinta y tres biografías. Los elegidos son nombres relevantes, en muchos casos de músicos que han trascendido con largueza los límites de su espacio natal para proyectarse al país y el mundo: tales los casos del recordado violinista Antonio Agri y los inspirados bandoneonistas Néstor Marconi y Rodolfo "Cholo" Montironi.
Lejos está Kaller, empero, de dejarse seducir por el brillo de marquesinas ajenas: paso a paso recorre las peripecias vitales de muchos hombres para quienes el tango no sólo era una vocación y una profesión, sino un auténtico modo de vivir.
La lista de nombres biografiados incluye, por ejemplo, al magistral bandoneonista Antonio Ríos, considerado por Aníbal Troilo como "el mejor del país" y oportunamente convocado por Astor Piazzolla para la legendaria versión a cuatro bandoneones de "Recuerdos de bohemia", de Enrique Delfino (los otros tres eran Daniel Binelli, Rodolfo Mederos y el propio Astor).
Y en el nombre de ese tango aparece, justamente, una palabra clave para comprender el destino de estos intérpretes profundos del alma popular: la palabra "bohemia". Ajenos, en efecto, a todo intento sistemático de conseguir el éxito, su profesionalismo intachable a la hora de lidiar con las partituras solía disolverse en las volutas de la noche. El caso de Ríos nos informa, también, de otro detalle fundamental para explicar la falta de reconocimiento masivo a su notable talento: sencillamente, Antonio no quería alejarse de Rosario. Y ya se sabe dónde atiende Dios.
El libro de Kaller está lleno de historias que no merecen un triste destino de archivo: forman parte de la memoria más honda de una ciudad que cambió tanto en estos últimos tiempos que corre el riesgo de desvincularse para siempre de lo mejor de su pasado. El tango es una marca registrada de Rosario, que tiene su propio estilo de bailarlo y también su inconfundible escuela para tocar el bandoneón. (En ambos casos, la característica predominante es una honda sobriedad, un ostensible desprecio hacia la espectacularidad o el mero efectismo. En síntesis: rasgos para un retrato de la melancolía rosarina).
Señal, entonces, de identidad profunda de la ciudad, confirmada luego en las creaciones de la Trova, el tango rosarino merece ser investigado a fondo. Kaller, en esta obra, da ejemplo y abre camino. Habrá que seguir en la brecha: Rosario recién empieza a ser todo lo que puede ser. Y para convertir en hecho concreto cada una de sus numerosas posibilidades debe, antes que nada, conocerse y valorarse a sí misma.

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