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Lunes 30 de Diciembre de 2013

El silencio de Cristina

La presidenta de la Nación sigue empeñada en mantener su silencio. Recluida en el sur, Cristina Fernández ha decidido no pronunciar palabra sobre los acontecimientos nacionales como solía hacerlo.

La presidenta de la Nación sigue empeñada en mantener su silencio. Recluida en el sur, Cristina Fernández ha decidido no pronunciar palabra sobre los acontecimientos nacionales como solía hacerlo. Ni los cortes de luz, ni la inflación, ni el cuestionamiento de viajes inexplicables de sus funcionarios, ni nada. De una conferencia en cadena semioficial de televisión por día ha pasado al ostracismo. ¿Tiene derecho cualquier titular del poder ejecutivo nacional a permanecer sin hablar de esta forma? La respuesta es no. Al menos de los asuntos que hacen a su función pública, cualquier servidor con cargo en el Estado tiene obligación republicana de dar cuenta de sus actos no sólo por sus acciones sino sometiéndose a la interpelación pública para responder sobre ellos. Mucho más la presidenta. Con especial obligación, en los tiempos que corren.

El día que se jura por Dios, por la patria o por los dos desempeñar un cargo de representación popular se asume voluntariamente que el mismo implica un cierto estándar de "beneficios" y un cuantioso conjunto de obligaciones. Un presidente no es un ciudadano común a la hora de afrontar cuestiones domésticas y por ende está eximido del trajín diario del ciudadano de a pie. El ejemplo más gráfico (es sólo un ejemplo) fue la enfermedad del hijo de Cristina que obligó a ser trasladado de urgencia para su atención médica en un sanatorio de la Capital Federal. No caben dudas de que correspondía el uso del avión oficial. O acaso se pretendía que el deber de madre de ocuparse de su hijo supusiera que debía dejar las funciones presidenciales y dedicarse a reservar un vuelo en una línea comercial, ir a esperarlo al aeropuerto en remís privado y llevarlo a la internación. La familia presidencial directa tiene ciertos "privilegios" de atenciones propios de la magnitud de la magistratura.

A la par de ellos, aparecen obligaciones públicas más fuertes. Un presidente (un gobernador, un legislador nacional o provincial, un intendente y, claro, un concejal) tiene que dar cuenta de sus actos de gestión toda y cada vez que democráticamente le sean requeridos. El titular de una compañía privada puede negarse a responder el porqué de su nueva política comercial sobre la empresa y limitarse a decir que es una estrategia a su cuenta y riesgo. De su trabajo, un gerente sólo responde ante sus accionistas. De su actividad, el presidente responde siempre ante todos los ciudadanos. Lo hayan votado o no.

Es inadmisible el silencio de la doctora Kirchner. Ella, es cierto, nunca ha sido proclive ni al reportaje basado en las repreguntas, ni a las conferencias de prensa ni, mucho menos, a un debate como candidata. Pero frente a cuestiones esenciales como las vividas en diciembre pasado y en lo que va del año, la ausencia de su palabra es preocupante y llamativa. Alzamientos policiales y ausencia de respuesta nacional para pacificar desaguisados de gobernantes provinciales. Crisis de inflación que suponen un impuestazo a todos los habitantes del país con especial impacto en los que menos tienen. Ascensos de máximos jefes de las fuerzas armadas cuestionados por entidades de derechos humanos a los que se convalida con un apretón público de manos sin explicar los motivos de la obcecación en su nombramiento.

No hablar, como no lo está haciendo por estos días la presidenta, supone, además, habilitar lucubraciones sobre el estado de las cosas y sobre quién ejerce el poder. Los ministros de su gobierno, salvo dos, no han cambiado con ella ni una palabra, nunca, desde su enfermedad. Más de dos meses. Uno de ellos, cada vez que ve a un periodista, le pregunta: "¿sabés algo de la jefa?". Insólito. El gobernador de Corrientes, Ricardo Colombi, dijo públicamente que Cristina Kirchner no está gobernando en plenitud. Otros, con macabra voluntad de ser autoprofetas, invocan diagnósticos médicos oscuros. Un empresario del sector autoservicios que estuvo reunido con el secretario de comercio Augusto Costa contó que la mitad del encuentro para decidir el nuevo listado de precios se dedicó a indagar al funcionario sobre este silencio presidencial. Innecesario. Al kirchnerismo siempre le ha gustado el misterio a la hora de gobernar o de tomar medidas de gestión. Una cosa es el manejo de los tiempos para ganar protagonismo político y otro el convencimiento monárquico de que el poder reside en uno y no hay nadie que pueda interpelarlo para saber de qué se trata.

A propósito de este conjunto de precios anunciado el pasado viernes se puede agregar poco de la escasez cuantitativa y del aumento notable de muchos de ellos si se los compara con el congelamiento pergeñado en 2013 por Guillermo Moreno. Una anécdota, del mismo empresario que estuvo en la reunión de diseño del proyecto pinta el estado de ánimos por estos días: cuando comenzó el encuentro un supermercadista del oeste bonaerense quiso romper el clima formal y le preguntó a Augusto Costa si pensaba usar el garrote o el arma de su antecesor para disciplinarlos. El joven secretario hizo un largo silencio, miró hacia abajo y, según este hombre de negocios, dijo: "Yo vengo a pedirles que me ayuden. Nada más". La sorpresa no fue menor.

En otro orden, también causó extrañeza la nula reacción oficial ante las declaraciones muy duras de Hermes Binner contra el gobierno. El actual diputado socialista acusó a esta gestión de, poco más, poco menos, haber perdido la brújula. Ni el padre del tristemente célebre giro "narcosocialismo", Andrés Larroque, abrió la boca. Algunos especulan con que Binner no es el enemigo a vencer con miras al 2015 y puede ser un aliado no voluntario contra los proyectos Sergio Massa y Mauricio Macri. Binner disputa parte del mismo electorado que el Frente Renovador y el PRO. Divididos, suman para el PJ. Sí es seguro que la abdicación de Rubén Galassi a favor de la candidatura a gobernador de Miguel Lifschitz cayó muy bien en el primer piso de la Casa Rosada. Allí el ex intendente tiene buenas relaciones tejidas en momentos críticos de su gestión. En ese primer piso, un viejo armador del peronismo que vio pasar varios presidentes le preguntó a este cronista si este gesto de renuncia implicaba que el ahora ministro de gobierno santafesino iría por la intendencia de Rosario. Y se sonrió.

 

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