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Lunes 20 de Agosto de 2012

El show mediático de Assange, Garzón y Correa

El caso Assange, y la torpe reacción británica a la concesión de asilo por Ecuador, han dado lugar a un bizarro espectáculo de inversión de roles, que se desarrolla por estos días entre Londres, Estocolmo, Quito y otras capitales latinoamericanas.

El caso Assange, y la torpe reacción británica a la concesión de asilo por Ecuador, han dado lugar a un bizarro espectáculo de inversión de roles, que se desarrolla por estos días entre Londres, Estocolmo, Quito y otras capitales latinoamericanas. Que Suecia vea cuestionada la confiabilidad de su sistema judicial en cuanto a las debidas garantías del proceso penal por los caudillos autoritarios Rafael Correa y Hugo Chávez es, como mínimo, grotesco. Claro, la reacción del gobierno conservador de Cameron les dio un pie ideal, que ni soñaban Chávez y Correa, azotes de cuanta expresión haya de libertad de prensa o Justicia independiente. Londres debió declarar el mismo jueves que se tomaría unos pocos días para estudiar el caso y luego conceder el salvoconducto a Assange sin demoras. En lugar de esto, se encerró en una negativa frontal, que le dio una oportunidad de oro a Assange para recuperar puntaje ante una opinión pública que ya no lo idolatraba, todo lo contrario. El caso de doble abuso sexual en Suecia en su contra no parece un mero invento de los "servicios", y el conocimiento de sus detalles escabrosos ha hecho mella en la imagen "romántica" del australiano, que había perdido muchos amigos en los medios.

Que se dude, como hace el defensor de Assange, el ex juez Baltasar Garzón, de que su cliente tendrá en Suecia todas las garantías exigidas por el derecho penal más avanzado, es sencillamente deshonesto. Garzón reclama "garantías mínimas" a Suecia, como si este país no las diera siempre. El español conoce en detalle los sistemas penales europeos por sus largos años en la Audiencia Nacional. No puede dudar seriamente de la Justicia sueca. De hecho, tampoco tiene derecho a hacerlo de la británica, que también conoce de cerca: es la Justicia que detuvo temporalmente en 1998 al dictador Pinochet a su pedido. Además, como recordó EEUU, en sus tribunales no existe causa alguna contra el hacker australiano. ¿En base a qué pedido judicial extraditaría Suecia al australiano hacia las cárceles del Far West? Es más comprensible políticamente que esas dudas las plantee Correa, un caudillo que amenaza rutinariamente a los medios y a sus opositores. Y que se le sume Chávez era descontado. El venezolano salió a defender el derecho de asilo como si él fuera un campeón de los derechos y garantías. Cientos de detenidos mueren cada año en las cárceles venezolanas. Y Chávez niega sistemáticamente el ingreso a la CIDH, a la que acaba de renunciar. Si Cameron fuese un buen político, hubiera previsto esta burda explotación "antiimperialista", además del pedestal mediático que le regaló a Assange. Si le otorgaba el salvoconducto, el desacreditado australiano hubiera salido velozmente de escena sin mayor gloria, debiéndose ir a vivir al Ecuador de Correa, caudillo al que ya ha tenido que llenar reiteradamente de elogios. Algo muy poco compatible con su imagen de luchador de la libertad de información. En cambio, Cameron le regaló el balcón de la embajada ecuatoriana en Londres y una inmejorable oportunidad de recuperar, sino su imagen, sí un lugar destacado en la cartelera mediática global.

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