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Domingo 27 de Noviembre de 2016

El semillero de la ciencia rosarina

Cefobi es un instituto formador de prestigiosos investigadores de la ciudad. En su larga trayectoria no faltaron obstáculos, pero el centro siempre se destacó por la perseverancia y los logros de su gente. Sus planes a futuro

Siendo apenas un chico de 17 años Carlos Andreo se instaló en Rosario, el lugar al que su padre siempre había querido regresar. Hijo de un maquinista ferroviario que había dado vueltas por todo el país —y que incluso había comandado La Trochita, el emblemático expreso patagónico que une Río Negro y Chubut—, el muchacho que por entonces vivía en San Cristóbal tenía claro que quería ser ingeniero químico y que para eso tenía que estudiar en Santa Fe. Pero la decisión paterna estaba tomada: los Andreo volverían a orillas del Paraná, a la ciudad del Monumento a la Bandera.

 Lo más parecido que había en Rosario a la ingeniería química era bioquímica, una carrera que por entonces pertenecía a una calificación muy particular. "En ese momento era la Facultad de Medicina, Farmacia y Ramos Menores (que integraban enfermería y bioquímica). Y bueno, yo estudié ramos menores", cuenta con una sonrisa y algo de nostalgia Andreo, director del Centro de Estudios Fotosintéticos y Bioquímicos (Cefobi), el instituto rosarino de ciencia que está cumpliendo 40 años. Un lugar que se caracteriza por ser semillero de científicos talentosos y que dio paso a la creación de otros institutos prestigiosos de la ciudad con proyección internacional.

   Cefobi fue el resultado de un convenio entre la Universidad Nacional de Rosario, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y la Fundación Miguel Lillo, y fue el primer instituto de doble dependencia UNR-Conicet creado en Rosario.

   A poco de dejar su cargo (el puesto de director se concursa el 5 de diciembre), jubilado hace algunos meses y rodeado de egresados y estudiantes, Andreo repasa junto a Más tantos años de historia. Y lo hace conociendo cada detalle porque estuvo en el Cefobi desde el principio. En realidad, desde antes del comienzo. "Vine desde San Cristóbal siendo un pibe. Ingresamos a esta facultad en enero de 1965, haciendo un curso de ingreso de ocho horas diarias, con los 40 grados de calor que siempre tuvo esta ciudad en enero. Fue un curso de ingreso muy exigente, con cuatro exámenes parciales en cada una de las cuatro materias", rememora. En aquellos días, la Universidad Nacional de Rosario era todavía Universidad Nacional del Litoral.

   Aunque ingresar a bioquímica no era su plan A, el investigador y docente asegura que fue la decisión más acertada: "Fue lo mejor que me pudo pasar", enfatiza. Seis años después había terminado la carrera y ya era ayudante de cátedra (primero de química orgánica y luego de química biológica, que era la materia núcleo que dio paso a la creación de Cefobi).

   Andreo señala que las autoridades de la facultad decidieron traer, cuando él cursaba cuarto año, a profesores de química biológica de distintos lugares del país para darle un nuevo impulso a la carrera. "Fue una experiencia que resultó fantástica. Por acá pasaron Leloir, Parodi, Paladini, próceres de la bioquímica argentina". Y en los trabajo prácticos contaron con el apoyo de otra destacada científica, Mirtha Biscoglio.

   "En ese tiempo, en Rosario, ni siquiera sabíamos que existía Conicet —que se había creado unos años antes—. No sabíamos que había becas a las que se podía aspirar, ni qué era una tesis doctoral", dice, y agrega: "Buenos Aires, Córdoba y Tucumán estaban mejor parados que nosotros, pero acá había gente que se empezaba a dar cuenta de la necesidad de crecer. Así se armó un concurso, para que se empezara el cambio, para impulsar la química biológica y la bioquímica en Rosario y lo ganó Rubén Vallejos, en 1968", destaca Andreo, que fue el primer becario de Conicet de la facultad.

   En 1976 había terminado su tesis doctoral. El investigador Vallejos era el profesor titular del departamento de química biológica y director. Era una época en la que casi no existían los institutos científicos en la Argentina. La política era, sobre todo, que hubiese investigadores de Conicet totalmente independientes.

   Con la aparición de los institutos, que permitían un marco corporativo diferente y la chance de gestionar cargos y también recursos, el Cefobi dio sus primeros pasos. Se animó a caminar solo.

   Eran épocas muy distintas a las actuales, casi como de otro mundo. "Cuando hice mi beca — por ejemplo— teníamos que hacer crecer bacterias en un bidón, una especie de damajuana gigante de 12 litros que había que levantar y sacar de un autoclave sin guantes de amianto. ¡No teníamos nada! Viajábamos a Buenos Aires en tren con botellas de dos litros para centrifugar. Medir proteínas era casi imposible acá porque había un solo fotómetro para toda la facultad, cuando ahora hay por todos lados", menciona el actual director, dando cuenta de lo que ha crecido la ciencia en las últimas décadas.


Desarrollos


Los nombres brotan de la memoria del director Andreo: Rubén Vallejos, Juan José Cazzullo, Oscar Angel Roveri ( su compañero de laboratorio de tantos años). Muchos otros que venían de la antigua estructura de química biológica, y también los que empezaban a florecer o a conseguir nuevos bríos.

   Eran épocas de cambios en la ciencia argentina. Leloir ganaba el Nobel de Química; la bioquímica de plantas empezaba a tomar vuelo —a ser una línea de investigación—. Y Rosario necesitaba dar el salto. En ese contexto se inició el Cefobi.

"El centro empezó a crecer. Ingresaron Néstor Carrillo, Héctor Lucero, Alejandro Viale, y tantos otros que dieron origen a institutos importantísimos para la ciudad. Con el Cefobi se crean el Instituto de Química Rosario (Iquir) y el Instituto de Fisiología Experimental (Ifise). Así estaban cubiertas todas las áreas: la de química biológica que luego derivaría en lo que conocemos como biotecnología, la bioquímica básica y la fisiología experimental".

   Sin dudas esa explosión de recursos humanos y el hecho de que empiece a haber doctores en diversas áreas de estudio dieron un empujón impensado a la ciencia local. Un efecto potenciador que aún continúa y que no tiene techo.

   "No imaginaba este desarrollo. Pasamos por muchos momentos muy difíciles. Pero dimos todos los pasos para llegar hasta acá", reflexiona Andreo.

   Rodeado de cefobianos —como se denomina a aquellos que estudiaron, crecieron e investigaron en esos salones de Suipacha 570—, el director del centro recuerda que cuando les dieron ese edificio de tres plantas fue como tocar el cielo. Una mole de cemento que fue un lujo durante años y que ahora muestra claras señales de abandono. Un lugar que sus investigadores aman aunque le falten muchos recursos edilicios y mantenimiento, un sitio que sigue brillando por la fuerza de su gente.

   Los becarios y los docentes (90 personas trabajan allí actualmente) no dejan de producir y desarrollarse, más allá de las dificultades. Esperan la mudanza en poco tiempo más al Polo Tecnológico —junto a los demás institutos que se levantan en la Siberia— . Con otra luz, con más espacio, en condiciones óptimas para seguir creciendo.

   Fabiana Drincovich y María Victoria Busi, ambas investigadoras de Cefobi, y Claudio Pairoba, un ex cefobiano que se dedica a la divulgación de la ciencia, escuchan con atención todo el relato del director. Mencionan además muchos de los hitos de este emblemático instituto, el primer lugar donde se transformaron plantas como el trigo, el maíz y el algodón. El centro que puso en marcha la biotecnología en nuestra zona. "Acá nos dedicamos a distintos procesos en los que participan plantas: la producción, el mantenimiento de los productos que provienen de las plantas, la calidad, el valor nutricional, la bioenergía, la biomedicación. Y todo lo hacemos de un modo muy relacionado con nuestra región. Hoy contamos con una diversidad enorme de proyectos. Muchos de nuestros investigadores trabajan en empresas importantes de la zona y el país. Hubo muchos cambios en 40 años pero seguimos teniendo el mismo objetivo: adaptarnos sin dejar de hacer ciencia básica de muy buen nivel". Las publicaciones y los premios obtenidos por la gente del Cefobi lo confirman.

Charlas y festejos

Como parte de las celebraciones, brindarán charlas tres ex cefobianos que hoy se desempeñan en otros destacados centros de investigación. Los doctores Juan Pablo Ortiz (IICAR, el 29/11), Néstor Carrillo (IBR, el 30/11) y Alberto Iglesias (IAL, el 2/12). Serán a las 18:30 en el aula 1 de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas (Suipacha 531). El acto central de cierre de los festejos por los 40 años de Cefobi tendrá lugar el 6 de diciembre a las 18:30 en el aula 1 de la facultd. Luego habrá una cena que permitirá compartir recuerdos y anécdotas.

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