Ovación
Jueves 11 de Agosto de 2016

El rosarino Juan Pablo Sarjanovich, el hombre que decidió vivir en las alturas

Juan Pablo Sarjanovich intentará convertirse en el primer argentino en subir a la octava montaña más alta del mundo: el Manaslú, de 8.163 metros, en Nepal.

El rosarino Juan Pablo Sarjanovich tiene 40 años y la mitad de su vida la dedicó a subir montañas. A él no le cierran mucho estos cálculos, pero a ojos de buen cubero podría decirse que en las últimas tres temporadas trepó en desnivel más de 70 mil metros o 70 kilómetros (como desde Rosario a Cañada de Gómez, pero hacia arriba). A lo largo de los años subió varias veces al Champaquí (2.884 metros, Córdoba), en cuatro oportunidades fue al Aconcagua (6.962 metros, Mendoza), trepó el Huayna Potosí (6.088 metros, Bolivia), ascendió al Cotopaxi (5.897 metros, Ecuador), alcanzó el volcán Ojos del Salado (6.891 metros, Catamarca) y recorrió el Torre Cerredo (2.698 metros, Picos de Europa). El año pasado intentó en el Himalaya: subió al Manaslú (8.163 metros, Nepal), pero por problemas climáticos no hizo cima. Reincidirá en diez días. Intentará convertirse en el primer argentino en subir a la octava montaña más alta del mundo, una de las 14 "ochomiles" del Globo (ver aparte), un desafío para todo aquel que disfruta más de vivir en la altura que al ras del piso.

Juan Pablo es licenciado en administración agraria. Pero en realidad confiesa que trabaja para poder ir a las montañas. De hecho vive más en ellas que en departamento que habita en el centro de Rosario. "Llevo dos años entrenando para lograr esta meta en el Manaslú. En una semana corro 100 kilómetros y pedaleo 60 más. Voy todos los días al gimnasio, hago una dieta sin harinas ni grasas. Ya estuve 40 días viviendo en esa montaña el año pasado. Para mí esto es como jugar un Gran Slam", le dijo a Ovación con una naturalidad que causa envidia a cualquier sedentario.

"¿No se sufre con tanto esfuerzo?", le preguntó este diario. "Sí" —contestó— "pero mucho menos que lo que padece una persona que trabaja ocho horas en una oficina de lunes a viernes. Me sacrifico, pero disfruto. Esto es un estilo de vida", dijo Sarjanovich.

Una trepada en más de 8 mil metros puede llegar a costar unos 8 mil dólares (entre pasaje, equipo y entrenamientos), pero Juan Pablo sostiene que no hay que aspirar a un objetivo tan alto si de subir y disfrutar de una montaña se trata.

"Los cerros de Córdoba son bellísimos, el Uritorco, el Champaquí y otros tantos, basta una mochila, dos litros de agua y unos sánwiches para caminar por hermosos lugares, de hecho quien hizo que me enamorara de esto fue un docente del colegio Gurruchaga, Juan Echeverría, quien nos llevó en segundo año con mis compañeros a Alpa Corral (cadena cordobesa de 830 metros de altura). Allí fue que me dije: esto será lo mío", recordó.

Bártulos. A varios días de partir a Nepal, Juan Pablo muestra los bártulos que ya tiene preparados para su experiencia de 8 miles. Una campera y un pantalón de pluma, que pesan 3 kilos cada uno, una bota de altura (son tres botas en una) que pesan 1.400 kilo cada una, más los grampones, casco, piqueta, medias, guantes, 6 paquetes de yerba y una camiseta de Rosario Central.

"Son unos 13 kilos de ropa a los que se le suma el hielo, transpiración y demás. Peso 63 kilos y en la montaña me transformó en alguien de casi 80. Allá alquilo la carpa, la bolsa de dormir para 40 grados bajo cero y los calentadores", comentó antes de aclarar que también lleva consigo sus tapices.

"Encontré cómo matar los tiempos muertos en la montaña: ni leyendo ni sacando fotos, tejo tapices, una terapia que heredé de mi papá. Uno lo terminé en la cumbre del Aconcagua y otro, en Ojos del Salado", recordó.

En su facebook, Juan Pablo se define como "aventurero empedernido" y algo de eso debe haber, porque además de trepar, corre por las montañas (tardó 5 horas en atravesar 40 kilómetros por el Champaquí) y viajó en su Volkswagen Vento azul a Colombia (20 mil kilómetros) y a Perú (10 mil kilómetros) siempre para trepar.

Dijo que el cielo más bello lo vio en Plaza Canadá (a 4.900 metros, en el Aconcagua). "Los atardeceres allí son inolvidables", aseguró. También en esa montaña pasó el frío más crudo: 15 grados bajo cero. Dijo que nunca se enfermó y que llegó a estar 16 horas sin orinar. Que el paisaje imborrable lo vio en Manaslú. "Vi debajo mío picos monstruosos de 7 mil metros, nevados o tapados por las nubes", describió. Aseguró que sufrió siempre más el calor que el frío, pero nunca padeció mal de altura. Nunca se perdió, pero que alguna vez llegó a padecer tanta sed que tomó agua de barro. Y confesó que la macana más grande que se mandó fue intentar subir al Aconcagua sin entrenamiento, ni experiencia, cuando aún fumaba.

"Las experiencias se pagan caro en la montaña: he llegado a ver gente sin dedos por congelamiento". Por último habló de la soledad. Dijo que se lleva bien con ella. Pero aclaró: "No es lo mismo estar en soledad que solo: en la montaña nunca lo estás".

Comentarios