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Sábado 15 de Septiembre de 2012

El reto de estudiar un año en cualquier parte del mundo

Santiago Valenti viajó becado para estudiar en EEUU. Ahora es voluntario en una organización que promueve intercambios

A Santiago Valenti la experiencia de estudiar un tiempo fuera del país le cambió la vida. Esta iniciativa que surgió en su adolescencia y le permitió ganar una beca completa para cursar cuarto año en Estados Unidos, lo motivó a su regreso para trabajar como voluntario en una de las organizaciones con sede en Argentina que promueve el intercambio estudiantil. "Deseo que más estudiantes puedan viajar en intercambio y vivan esta experiencia única en la vida", dice Santiago asumiendo la responsabilidad en su tarea como coordinador del programa de recepción de AFS (American Field Service) en Rosario.

"El intercambio me dio la posibilidad de ponerme en los pies del otro y ver el mundo desde otra perspectiva. El estudiante se convierte en un ciudadano del mundo, independiente, más tolerante, que reconoce y acepta al otro como diferente". Santiago, de 20 años, ahora es alumno de tercer año en la carrera de comunicación social de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y relata a LaCapital su experiencia con la que ganó fortaleza y autonomía a los 16 años.

"Más allá del estudio, me llevé una familia a la que quiero como propia, amigos y mucha gente con la que sigo conectado a través de internet. El estudiante de intercambio se convierte en un amigo global", dice quien volvió este invierno al país del norte para visitar a su familia anfitriona luego de cuatro años.

Esta inquietud de viajar y hacer algo diferente surgió cuando tenía catorce años. Mientras la mayoría de sus amigos y compañeros tenían otras inquietudes, Santiago se interesaba por las notas y los artículos que hablaban de estudiar afuera. "Me había empecinado en hacerlo y empecé a estudiar para los exámenes que exigían algunos intercambios, y así encontré en la página de AFS la noticia que la empresa Cargill otorgaba once becas completas en Estados Unidos a estudiantes de Latinoamérica que vivieran a 100 km de alguna de sus plantas", dice. Aunque sus padres estaban de acuerdo, recuerda que no tuvo tiempo para pensarlo o consultarlo, se anotó antes que cerrara la inscripción.

Entre dudas y sueños. "Cuando me informaron que había ganado la beca sentí mucho miedo. Aunque estaba ilusionado, nunca imaginé que podía suceder. La noticia significaba irme un año fuera del país lejos de los amigos y de mi familia", admite con respecto a las decisiones que debió afrontar.

El destino del viaje, aquel que comenzó a soñar en los inicios de su adolescencia, fue Copperopolis, un pueblo pequeño del condado de California. "Se trata generalmente de ubicar al estudiante de intercambio en comunidades chicas, donde las familias acostumbran a pasar más tiempo en la casa, esto contiene mucho más a los chicos", explica. Todos los días Santiago debía trasladarse a Angels Camp, otro pueblo ubicado a media hora de allí, para asistir a clases en Bret Harte Union High School, una institución de aproximadamente 900 estudiantes.

"Me fui cursando la mitad de cuarto año en el colegio Dante Alighieri y regresé para finalizar quinto. Durante el intercambio opté por materias relacionadas con la rama de economía, la misma orientación que estaba estudiando en Rosario. Esto es importante porque facilita luego las equivalencias", aconseja.

Las actividades educativas y los encuentros sociales acontecidos durante el intercambio ocupan casi siempre la mayor parte del tiempo de los estudiantes, y esta modalidad, le dejaba a Santiago poco tiempo para pensar en la Argentina. Tuvo compañeros de todas partes del mundo, y recuerda en especial a su amiga alemana. "Ella fue mi compañera de viaje, me entendía y podía hablar de lo me pasaba en torno a esta vivencia".

Familia anfitriona. Generalmente antes de viajar, el estudiante ya sabe cuál será su familia anfitriona, es decir aquella que recibe y aloja al adolescente durante el intercambio. La familia que recibió a Santiago estaba integrada por el matrimonio y dos hijos: uno mayor de 21 años que en ese momento no vivía en la casa porque estudiaba en la universidad, y otro de 14 que comenzaba el primer año de la secundaria. "Desde el principio los llamé mamá y papá como una forma de entrar en confianza más rápido y cultivar la relación. Muchos estudiantes de intercambio adoptan esta costumbre siempre y cuando la familia anfitriona se sienta cómoda con la decisión. Siempre me cuidaron y tengo una relación especial con mi mamá anfitriona". También advierte sobre los conflictos y problemas familiares que los estudiantes deben superar al igual que cualquier otro chico de su edad.

"El cambio resultó un poco chocante al principio porque tenía que compartir una habitación, algo a lo que no estaba acostumbrado por ser hijo único. También debía acomodarme a los horarios de las comidas y de las salidas nocturnas y cumplir con las tareas familiares asignadas dentro de la casa. Se trata de adaptarse a las costumbres de otra familia, de otra cultura donde la cena, por ejemplo, no es un lugar de encuentro familiar, porque cada uno toma su plato y come en el lugar que desea. A veces no era fácil encontrar espacios para el diálogo, y ese momento extrañaba a los míos", admite el estudiante.

Integración. "El país no hace a la experiencia, cada uno vive la suya, y el idioma puede resultar una barrera pero se supera antes de lo pensado. Por eso aconsejamos a los estudiantes que opten por un intercambio mayor a seis meses, de lo contrario cuando comienza a integrarse a la comunidad educativa y disfrutar de su estadía, deben regresar", destaca el voluntario.

Aunque Santiago demostraba una base sólida del inglés, los primeros meses resultaron difíciles, no lograba integrarse en las conversaciones y los profesores hablaban muy rápido en clase. "Los primeros días, por ejemplo, mis compañeros comentaban algo acerca de un programa de televisión que no conocía, tampoco entendía de que se reían. Acostumbrado a traducir permanentemente del inglés al castellano, noté el cambio cuando la mente comenzó a pensar en inglés. Una vez interiorizado e integrado a su cultura, pude participar de aquellas charlas típicas de la calle, de noticias, música, y entonces me sentí más seguro. Mis compañeros siempre me ayudaron".

colegio y amigos. A Santiago lo sorprendió el orden establecido en cada uno de los espacios públicos, educativos y familiares, y el sentido de pertenencia que tiene la ciudadanía con respecto al colegio. La institución también ofrece la posibilidad de realizar actividades extracurriculares y fomenta especialmente las prácticas deportivas y la competencia entre clubes. "Pasé muchas horas dentro del colegio y fue mi segunda casa".

Gracias a su participación en varios deportes, Santiago tuvo muchos amigos, una relación que no es frecuente de propiciar dentro del aula, dado que el sistema propone rotación dentro del campus y el alumno convive permanentemente con diferentes compañeros.

Con la mirada puesta en el voluntariado pero también en cualquier otra oportunidad de intercambio, a Santiago le gustaría visitar algún país de Europa. "Una vez que pica el bichito, siempre están las ganas de viajar, sin importar cuál sea el destino".

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