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Domingo 06 de Diciembre de 2015

El regreso de los vinilos

Cuando se habían convertido en una especie en extinción, sorpresivamente reaparecieron y hoy están de nuevo en todas las disquerías. Acaso por la intransferible y cálida experiencia que representan, y por la calidad irreemplazable de su sonido, esta vez hayan llegado a quedarse para siempre. Un paseo a través de un hábito entrañable, con algo de ruido a púa.

“Más que una exquisitez de los puristas del sonido, los vinilos hoy en día solo pueden encuadrarse en la ilusión de comprar tiempo: tiempo para escuchar como se hacía antes, tiempo para sentarse y leer las letras, tiempo para detenerse en el arte de tapa y los créditos de un disco, tiempo para recuperar el ritual de escuchar. Esto se puede disfrutar en otros formatos, pero claro, el vinilo es más lindo, y también más caro, y eso le da un valor agregado en esta era de consumismo”, escribió Carolina Taffoni en la edición de Más del domingo 26 de abril.
El planteo es acertado. Desde que los formatos de compresión digital de audio —el mp3 sigue siendo el más conocido y utilizado— fueron incluidos en los reproductores de las computadoras hogareñas, la posibilidad de almacenar música se multiplicó de manera exponencial a tal punto que quizás no alcance una vida para escuchar los cientos de gigabytes que se apilan como un Tetris fuera de control en los discos rígidos de los melómanos.
El formato generó un nuevo modo de consumo: frente a la infinita cantidad de música circulante y disponible en internet, la escucha se volvió apurada y fragmentada. Tuvieron que pasar apenas unos pocos años para que se hiciera evidente que nadie puede escuchar tanta música, o que quizás se la pueda escuchar, pero de un modo muy diferente al que estábamos habituados. En su libro Retromanía (2012), el crítico británico Simon Reynolds analiza el tema en profundidad y compara esta nueva forma de consumo con una adicción: “Como ocurre con internet en su conjunto, nuestra sensación de temporalidad se vuelve cada vez más quebradiza e inconstante: alimentándonos incansablemente con bytes de información, pasamos de una cosa a la otra en busca del próximo subidón de glucosa instantáneo”.
El mp3 fue algo parecido a un espejismo. Visto de lejos, su tamaño pequeño ofrecía la posibilidad de acceder a toneladas de música. Al examinarlo un poco más de cerca, se hacían evidentes sus limitaciones, que pueden resumirse en una máxima aplicable a todo el mundo digital: a menor tamaño del archivo, menor calidad de sonido. Las restricciones técnicas del mp3 hacen que todo suene chato y gris, sin matices ni profundidad.
Pero el mp3 también transformó algunas pautas relacionadas con los modos de grabación. Desde comienzos de este siglo, momento en que el formato se volvió accesible y popular, los discos comenzaron a ser grabados y mezclados con el objetivo de conseguir un volumen alto en los diminutos parlantes de la computadora, incapaces de reproducir la variedad de graves, medios y agudos de la reproducción estándar de un cd o un vinilo. Los dos primeros álbumes de la banda inglesa Arctic Monkeys son un buen ejemplo de esta tendencia.
Los cambios que trajo aparejado este uso de la tecnología digital en la industria discográfica no solo modificaron pautas sonoras, también impactaron en los procesos de creación artística. Cuando el CD reemplazó al vinilo, los discos dejaron de pensarse como un viaje de dos etapas —lado A y lado B—, una lógica crucial detrás de la creación álbumes clásicos como Thick as a Brick (1972), del grupo inglés Jethro Tull —integrado por una sola canción por lado—, o la extensa suite que integra el lado B de Abbey Road (1969), de The Beatles, por mencionar dos ejemplos.
El CD posibilitó la reproducción continua y sin pausas, desplazando la idea del álbum como una experiencia en dos tiempos. Sin embargo, al comprar un CD, uno seguía comprando un álbum. Esa es la opinión de Javier Tenenbaum, que fundó el sello Los Años Luz en 1999. Desde entonces, el catálogo de Los Años Luz sigue creciendo con artistas —Lucas Martí, Los Núñez, Liliana Felipe y Ramón Ayala, entre otros— y títulos de alta calidad, la clase de música que no tiene espacio en las grandes compañías. Para Tenenbaum, “la cultura del vinilo es tan fuerte que, sin siquiera notarlo, seguimos produciendo las obras pensando en ese formato. A pesar de tener muchas más posibilidades, las seguimos pensando de 40 o 50 minutos, buscamos un orden en consonancia con nuestro discurso, y hasta un lado A y un lado B”.
Pero volvamos al tema del tiempo. Como apunta Taffoni en la cita que abre esta nota, entre los motivos del resurgimiento del vinilo está la resistencia a reducir la escucha a una suerte de acción complementaria de la navegación on line mientras se revisan las mil pestañas abiertas en el Mozilla. Se trata, entonces, de recuperar una forma de escuchar: sentarse frente a los parlantes con tiempo por delante y con el único propósito de experimentar los efectos de la música y el sonido.

El músico Coki Debernardi apunta que esta es una de las razones por las que prefiere el vinilo: “Creo que disponer de tiempo para escuchar música es un gran tiempo invertido. La acumulación de música porque sí es como tener billetes del juego de mesa El Estanciero. Prefiero tener pocos discos pero comprados con ganas de tenerlos. La verdad es que no tengo una atracción puramente sonora con el vinilo, ni sé si podría decir que suena mejor, pero sí sé que desde siempre me gustó el formato y la manera de escuchar que implica. No bajo música de internet porque no me atrae y porque escucho música en mi casa, como también me gusta cagar en un inodoro y no en un sillón. Encender una computadora para escuchar música por los parlantitos no tiene nada que ver con mi idea de escuchar música”, afirma.
El periodista Juan Cruz Revello es el conductor de La hora del vinilo, un programa de radio que puede verse y escucharse a través de la web de Plataforma Lavardén. En cada emisión, Revello recibe un invitado con el que dialoga sobre la música que éste seleccionó previamente. La idea del programa, explica el periodista, es recuperar la ceremonia y el disfrute de escuchar música: “Yo quería hacer un programa cuyo único sentido real fuera el de escuchar música. Me parecía que no había programas en Rosario donde la exclusividad del contenido fuera la música, el solo hecho de prender la radio para escuchar música. Con ese objetivo, hablar poco y escuchar mucho, pensé que lo podía hacer con vinilos, principalmente porque tengo muchos en casa y me gusta compartirlos. A mí me pasa que cuando me siento cómodo con algo y ese algo me hace sentir bien, me gusta compartirlo. Entonces pensé: si tengo un montón de discos en mi casa que los termino escuchando yo solo, ¿por qué no hago un programa de radio con estos discos y los comparto con la gente que esté interesada en escuchar? Y así fue. Realmente pensé en hacerlo como si invitara a mi casa a un montón de gente a escuchar música, que es una de las cosas que más me gusta hacer: juntarme a escuchar música”.
Con respecto al mp3, Revello cree que el formato tiene defectos pero también virtudes: “El mp3 permite profundizar el modelo de acumular música en cantidades industriales, escucharla y descartarla rápidamente. Pero supongo que en cada caso particular debe ser diferente lo que se pierde y lo que se gana. Porque también el mp3 te permite tener en el auto un pen drive con cincuenta discos y poder elegir entre muchas opciones en un viaje largo. Y para alguien eso puede ser positivo. Sí entiendo que transitamos una etapa en la que la acumulación de música es notoria, donde no se termina de escuchar todo con atención, donde falta información técnica —saber quién grabó tal instrumento en tal canción— y el sonido es deficiente”, afirma.
No hay una única razón que explique el resurgimiento del vinilo. Si bien en los países centrales de Occidente en cuanto a la edición y venta de música (Estados Unidos y Reino Unido en los primeros lugares) nunca dejaron de fabricarse discos de vinilo, en estos últimos años los lanzamientos se han multiplicado con ediciones aniversario y remasterizaciones de lujo para coleccionistas. Pero esos objetos, que antes estaban sólo al alcance de un público especializado y de alto poder adquisitivo, hoy invaden las disquerías de todo el mundo.

El fenómeno, entonces, trascendió las fronteras, y lo hizo de un modo tan contundente que las sucursales argentinas de las discográficas multinacionales decidieron volver a fabricar discos de vinilo. El asunto amerita un párrafo: durante décadas, las filiales argentinas de las grandes compañías se dedicaron a asesinar la herencia musical de nuestro país, borrando cintas originales y lanzando al mercado ediciones berretas que no respetaban ni al artista ni al comprador; luego, cuando la venta de discos cayó en picada, le echaron la culpa de todo a internet y a lo que denominan, con una cuota importante de cinismo, “piratería”. Cierto: la circulación libre de música en internet generó que la gente comprara menos discos. Pero también es cierto que los compradores crónicos, amantes pasionales de la música, ese público al que las discográficas subestimaron y maltrataron durante décadas, nunca dejaron de ir a las disquerías. Hoy son los remeros del bote salvavidas.
Dejando de lado las grandes compañías, ¿puede un sello pequeño e independiente afrontar el costo de editar sus discos en vinilo en Argentina? Javier Tenenbaum es optimista y cree que, por lo menos para el sello que dirige, es cuestión de tiempo: “Me encantaría editar los discos del sello en vinilo; supongo que todo se irá acomodando y en breve podremos hacerlo. El tema de los costos estará relacionado con la posibilidad de mercado que esta vuelta genere. Es una reparación. En los últimos veinte años se produjo un cambio cultural brutal en el modo de consumir música, y el acto de escuchar música, que no es lo mismo que consumir, se vio muy afectado: se perdió el ritual, ya nadie escucha música como actividad excluyente, ni hablar de un disco como obra, son fragmentos, en varios sentidos, por un lado canciones o tracks sueltos; por otro, un rango dinámico de sonido recortadísimo. El vinilo es el ritual de apoyar la púa en los surcos y dejarla correr; a los veinte minutos tenemos que levantarnos y darlo vuelta para volvernos a sentar y tomar un sobre de tamaño generoso repleto de información”, explica.  
En la misma sintonía, el investigador y escritor Sergio Pujol cree que el renovado entusiasmo por los discos de vinilo tiene que ver con la necesidad de recuperar un modo de escucha más concentrado, menos disperso, conectado con la experiencia original de la música grabada entendida como la hermosa ficción de un concierto privado y hogareño: “Entiendo la renacida escucha del vinilo como síntoma de una necesidad, no tanto como el motor de una nueva escucha. En efecto, la escucha flotante y excesivamente discontinuada con la que nos relacionamos con la música nos deja insatisfechos. El disco nació para crear la ilusión de un concierto casero, y eso se ha perdido con la distribución online y comprimida de la música. Si bien no hay una superioridad moral de la escucha concentrada y ritualizada sobre la distraída y casual —terribles criminales de la historia fueron exquisitos melómanos—, quienes tenemos el hábito de escuchar música con atención solemos sentirnos en falta con la música las veces que la abordamos como parte del multitasking de los tiempos que corren. En este punto, volver al disco, volver a sentarnos frente al equipo de música, preferentemente con luz baja y un café o un rico vino a mano, puede convertirse en un pequeño acto de resistencia contra la aceleración de la vida cotidiana”, reflexiona.


A bailar (y escuchar) con ruido  a púa

El vinilo no solo regresó a la escucha hogareña. En Rosario, pubs y bares —El Diablito, Kerouac, el espacio del CEC llamado Vinilo Café— lo han incorporado como un atractivo más a la hora de amenizar sus veladas. El músico Eloy Quintana, que formó parte de la banda punk Zona 84 y luego integró los Killer Burritos y la banda de Fito Páez, es uno de los fundadores de El Diablito, el primer bar que en los últimos años decidió incorporar el vinilo para musicalizar sus noches. Quintana explica que esta decisión tuvo como objetivo darle a la música un lugar de privilegio, pero también ofrece sus reparos sobre la fiebre actual y, en particular, los altos costos de los discos: “Cuando ponés un disco de vinilo le estás dando a la música un lugar más protagónico, le estás dedicando otro tipo de interés y, por lo tanto, requiere de otro tipo de atención, cosa que en un bar no siempre se logra. Es por eso que no ponemos vinilos todo el tiempo, sólo cuando el momento lo requiere. Más allá de eso, es un formato romántico, y El Diablito tiene mucho romanticismo. De todos modos, pienso que la música supera los formatos y actualmente el vinilo pasó a ser algo elitista, un fetiche caro, y eso es una lástima”, dice.
Coki Debernardi tiene una opinión similar con respecto al fetichismo y el elevado precio de los discos: “Me molesta que se pague por un disco un precio que no lo vale, no hay que pagar de más jamás, los mejores discos son los que se encuentran a buenos precios, el esnobismo es pagar caro algo barato”, dispara.
Agustina Valdés Taborda es la organizadora de dos fiestas en las que sólo se pincha música en vinilo: la 60s Vinyl Party, un encuentro mensual que, después de pasar por La Revuelta, El Muro y Club 1518, parece haberse afincado en Kika (Urquiza 1580), y The Special Vinyl Party, en la que la banda sonora se centra en ritmos jamaiquinos y africanos.
Valdés Taborda ideó la 60s Vinyl Party en 2012 junto con el coleccionista porteño David Peyote, con quien, según cuenta, “nos aburríamos porque no teníamos en Rosario un lugar en que pudiéramos bailar la música que nos gusta. Peyote colecciona vinilos desde hace más de veinte años, tiene un arsenal de discos tremendo, sobre todo de música beat, garage y soul. Sentíamos que a Rosario le estaba haciendo falta una propuesta nueva, con música de los años 60, pero también con música muy nueva. En nuestras fiestas se pinchan clásicos de The Beatles, The Rolling Stones, The Who, The Kinks, The Animals, y también mucho under de la época. Tenemos muy claro que la música de los sesenta nunca va a ser popular, ni siquiera lo es en Buenos Aires, donde los mods andan en motos Vespa”.
La valoración del vinilo como un tesoro es para Valdés Taborda uno de los motivos que determina el entusiasmo de estos días: “Tener un vinilo en la mano no es lo mismo que tener un CD o un reproductor de mp3. Claramente, tenés un tesoro. Nosotros lo vemos como recuerdos supervaliosos, lo vemos nostálgico y  al mismo tiempo bonito. Hay tapas de discos que son increíbles. El arte de quitarle el envoltorio, apoyar la púa... son experiencias que con un CD no podés tener. Con el vinilo tenés un contacto y una comunicación, no es simplemente almacenar música. Aunque son difíciles de trasladar, creemos que merece el esfuerzo. Además, la fidelidad del sonido es única”, dice.
Es evidente que el vinilo volvió para quedarse. En Brasil, después de unos años de inactividad, la fábrica Polysom volvió a encender sus máquinas. En Argentina, Hallo Discos, un sello discográfico independiente, fabrica tiradas reducidas de vinilos y cassettes. También el sello rosarino Sad Punk ofrece algunos de sus títulos en codiciados círculos negros. Y hay ferias, fiestas, blogs y publicaciones dedicadas al asunto. Lo curioso es que, si bien el retorno del vinilo a las disquerías representa una suerte de resistencia cultural en cuanto al modo de consumo musical en la era digital, por otro lado, se trata de un fenómeno al que sólo puede acceder, por sus costos, una reducida porción de melómanos. Una paradoja más de las tantas que regalan los tiempos posmodernos.

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