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Sábado 14 de Junio de 2014

El regreso de la extrema derecha

El avance de los partidos xenófobos y racistas en las últimas elecciones para el Parlamento Europeo retrotrae la historia a principios del siglo pasado, cuando nacieron los movimientos nazifascistas.

A pocos días de haberse celebrado el 70º aniversario del desembarco en Normandía, la mayor operación militar de todos los tiempos que significó el comienzo del fin del nazismo en Europa, la historia parece volver atrás. Como en las décadas del 20 o del 30 del siglo pasado se van gestando lentamente en el Viejo Continente movimientos de extrema derecha que van ganando apoyo de la sociedad y votos en las elecciones.

Los resultados de los recientes comicios del Parlamento Europeo confirman esa tendencia con absoluta claridad. El fenómeno más impactante se registró en Francia, la Francia de la Revolución y sus postulados de libertad, igualdad y fraternidad. Allí, el Frente Nacional de Marine Le Pen, agrupación de ultraderecha xenófoba, antisemita y racista, obtuvo nada menos que el 25 por ciento de los votos y pasó de tener 3 a 23 eurodiputados. En las últimas elecciones de 2009 había obtenido el 6,3 por ciento de los sufragios franceses, con lo que su crecimiento fue realmente explosivo. Ahora, en 2014, un cuarto del electorado francés optó por esa facción, que fue la fuerza más votada, para llevar al Parlamento Europeo (integrado por 751 diputados de los países miembros de la Unión), una posición neofascista.

Marine Le Pen es hija de Jean Marie Le Pen, presidente honorario del Frente Nacional, condenado en una veintena de oportunidades por incitar al odio racial, negar el Holocausto y favorecer la expulsión de los inmigrantes. Hace pocos días, volvió a escena cuando afirmó en su campaña electoral para renovar su banca como eurodiputado que con "tres meses de Ebola se pueden arreglar la explosión demográfica mundial y detener la inmigración masiva".

El Ebola es un virus que actualmente afecta a Guinea, Liberia y Sierra Leona, tres países africanos con epidemia de esa enfermedad que ya ha causado en este brote la muerte de 225 personas. El virus, para el cual no hay vacuna, lo transmiten los animales salvajes y se propaga de persona a persona con una mortalidad que puede llegar al 90 por ciento.

Pero eso no fue todo. Jean Marie Le Pen contestó con virulencia las críticas que recibió de artistas internacionales, como Madonna, o francesas, como Guy Bedos y Patrick Bruel, por la renovación de su banca en el Parlamento Europeo. A los cuestionamientos que le hizo Bruel, cantante de origen argelino-judío, Le Pen dijo que "haremos una horneada la próxima vez", con lo que volvió a acuñar una nueva negra humorada en relación a los campos de exterminio nazi, cuya existencia siempre ha negado. Su hija Marine, más hábil y con la necesidad de seguir obteniendo un apoyo más amplio de sectores de derecha no tan radicalizados, cuestionó los dichos de su padre al que le atribuyó haber cometido una "falta política". Eso fue todo, Marine cuestionó el error político de su padre, es decir hacer público lo que realmente piensa, pero no el sustrato ideológico del contenido de esa frase.

No sólo en Francia. En Grecia, el partido neonazi de Nicolás Micholiajos (lo llaman el "Führer") fue la tercera fuerza más votada. En Alemania, el Partido Nacional Demócrata (Nationaldemokratische Partei Deutschland), una agrupación heredera del nazismo, tendrá por primera vez un eurodiputado. En Dinamarca, el ultranacionalista y xenófbo Partido Popular Danés logró una cuarta parte de los votos y envía a Bruselas o Estrasburgo, sedes del Parlamento, cuatro representantes.

En Hungría, un partido ultraderechista que culpa a la población gitana de todos los males del país y estimula su persecución, obtuvo el segundo lugar en las elecciones. En Inglaterra, el partido euroescéptico de Nigel Farage, que se opone a la integración de Gran Bretaña con Europa, al rescate económico de los países más pobres y a la inmigración, fue el más votado. En Holanda, nación con gran tradición de tolerancia al extranjero, 300 mil personas votaron al líder del partido xenófobo Geert Wilders.

El avance de la ultraderecha en Europa podría plasmarse en un bloque propio en el Parlamento. Marine Le Pen ya comenzó a negociar con los partidos de extrema derecha afines de todo el continente, que incluyen también a la Liga del Norte italiana, a los austríacos del Partido Liberal y a los belgas flamencos del partido Vlaams Belang, una agrupación racista, homofóbica y ultraconservadora. Este bloque multinacional necesita, para funcionar como tal, estar integrado al menos por 25 eurodiputados de siete países diferentes. Y no sería extraño que lo consigan.

Los antecedentes inmediatos de esta execrable ola de extrema derecha europea se pueden encontrar en Austria con la irrupción del ya fallecido Jörg Haider, ex gobernador de una provincia de ese país y con un gran caudal de votos, que llevó a su partido a la coalición de gobierno con los liberales en el año 2000.

Haider, abiertamente pronazi e hijo de un afiliado al nacionalsocialismo alemán, fue el primer y único político europeo de posguerra en liderar un partido de extrema derecha que llegó al poder, lo que le valió a Austria sanciones de la Unión Europea. Murió tras chocar el automóvil que manejaba totalmente borracho a altísima velocidad. Pero su visión de la política y añoranza del nazismo caló hondo en vastos sectores de Europa, que no casualmente revive cíclicamente fenómenos nacionalistas de extrema derecha cuando aparecen crisis económicas y malestares sociales.

Como antecedente ilustrativo, cuando Adolfo Hitler fue nombrado canciller del Reich en enero de 1933, su partido nacionalsocialista había obtenido en las elecciones parlamentarias de noviembre de 1932 un 33 por ciento de los votos. Ocho años antes, en 1924, sólo había recogido el 3 por ciento de los sufragios.

En la Argentina. Mientras Europa terminaba con sus dictaduras criminales fascistas en 1945, en Latinoamérica recién comenzaban en la década del 70. En la historia pueden encontrarse también otros fenómenos políticos que llegan a estas costas con décadas de demora. No es que siempre tenga que ocurrir de una manera lineal, pero llama la atención cómo Latinoamérica adopta, en muchos de sus países, fenómenos políticos comunes en distintas etapas históricas: dictaduras, neoliberalismos o populismos.

Si se siguiera con esta línea de pensamiento filosófico determinista el avance de la extrema derecha europea no tardaría mucho, en tiempos históricos, en llegar a esta región del planeta, siempre volátil políticamente, con cíclicas crisis económicas y con sectores marginales proclives a la manipulación. Pero en la Argentina ningún partido capaz de alcanzar opciones de poder en el próximo recambio legislativo y presidencial tiene posiciones asimilables al creciente fenómeno de la ultraderecha xenófoba europea. Y esto esa una gran ventaja y una predicción de que esta vez no se internalizarán aquí pensamientos importados cargados de odio e irracionalidad, pese a que por estos días un partido neonazi obtuvo la autorización judicial para funcionar.

Sin embargo, se advierte con claridad cómo los ciudadanos extranjeros que viven en la Argentina son pasibles de una velada y agazapada discriminación. Se mira con recelo a los alumnos de otros países latinoamericanos en nuestras universidades públicas, se desconfía de los asiáticos que se dedican al comercio de alimentos, por no mencionar los estigmas a colectividades arraigadas por años en el país, la gitana por ejemplo, sobre la que siempre sobrevuela un aura de sospecha. Este fenómeno se lo aprecia en las calles, en las canchas de fútbol o en cualquier otro lugar público donde afloran más fácilmente las pasiones que el pensamiento racional.

Aunque muy lejos de lo que sucede en Europa, se impone en la Argentina una mirada reflexiva y preventiva sobre estos temas vitales, en una sociedad que por suerte mayormente todavía prefiere el pluralismo de ideas y de nacionalidades al oprobio de la xenofobia.

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