mas
Domingo 09 de Octubre de 2016

"El que escribe ilumina su oscuridad"

En Hasta que puedas quererte solo Pablo Ramos relata con crudeza su inmersión en el universo de las drogas y el alcohol. Descarnado y duro, el escritor confiesa: "Las ideas literarias no me importan. La gente importa, y la gente sufre"

Dos chicos pelean con guantes de box: sólo un par de guantes para cuatro manos. Uno de ellos usa el derecho; el otro, el izquierdo. Y cuando los golpes de Gabriel —hermano de Pablo Ramos— parecen estar triunfando, el escritor contraataca con su mejor arma: "Toda mi mentira giró en torno al hecho de que él era adoptado. La mentira le entró de lleno al hígado y fue él, sin recibir casi ningún golpe, el que fue noqueado. Ese fue el día en que me di cuenta de que la palabra, mi palabra, era un arma".

En Hasta que puedas quererte solo, Pablo Ramos, quien además es músico y guionista, logra una de sus obras más íntimas y crudas. Un conjunto de crónicas cargado, además, de ternura y agradecimiento hacia quienes estuvieron a su lado. Cuando el infierno dejó de ser encantador.

Una interpretación bastante extendida del término adicto se refiere a quien no puede poner en palabras su angustia vital. Ramos vivió la adicción al alcohol y las drogas, y logró encontrar a través de la escritura uno de los puentes que lo llevarían a la curación.

"Este es un libro confesional, es como si yo hubiera escrito oh Bartleby, oh humanidad. Quise decir «loco, mirá qué gente hermosa, cómo se me fue de las manos. Te quiero contar esto, hermano, sentate que te voy a contar una historia». Esa es la literatura que a mí me gusta. Tratar al lector de hermano, como si ya nos conociéramos. Por eso estuve recibiendo tantos mensajes. Si yo me abro, el otro se abre".

Ni bien llegó a los estantes, el libro fue el más vendido en Eterna Cadencia y trepó al tercer lugar de las cadenas de librerías nacionales. Está dividido en los doce pasos que propone el Programa de Narcóticos Anónimos, cada uno acompañado de una crónica, excepto el quinto, que consta de dos: "Yo soy muy cabulero. Los números pares me ponen incómodo. Mis títulos, por ejemplo, llevan cinco palabras. Lo par es bastante antinatural, nada en la naturaleza es par".

El arma de la escritura fue la que impulsó a Ramos a llevar diarios personales durante años, y la que también lo ayudó a recorrer el camino de la recuperación. En uno de los fragmentos del libro puede leerse:

"Pero, como dije, debemos entrar en nuestra psiquis a oscuras, iluminar cada rincón y abrir cada puerta, mirar de frente a cada fantasma y darle el nombre propio a todo lo que en ella habita. Real o imaginario. Sentir, de una vez y para siempre, cómo son en verdad las cosas, sentir para dejar de resentir, sentir para drenar el pus del alma, para aliviar esa carga de culpa que nos dobla la espalda y nos parte la espina dorsal".

EM_DASH¿Qué importancia tuvieron tus diarios en este libro?

—El diario personal es muy rico. A veces uno lo lee al otro día, pero cuando lo hacés después de dos o tres años, es muy revelador. Yo llevo uno hace años, escribo o le hablo a un casete. Para el libro trabajé con anotaciones que tenía de la época en que estuve internado, me encontré con muchas cosas viejas. Vi también diarios de mi mamá, por ejemplo uno de cuando yo nací, donde contaba la preocupación que ella tenía por nosotros. Uno se olvida de cómo fueron las cosas y lo que impactaron en ese momento. Y cuando releés y cruzás con el presente, es muy fuerte lo que sucede.

Hasta que puedas quererte solo nace a partir de una motivación muy clara. Ramos estaba en Nueva York esperando un vuelo hacia Miami, cuando se entera que su hermano había tenido una recaída. Producto de ese estado se había accidentado gravemente. El escritor se queda hablando con sus familiares por teléfono y pierde el vuelo. Entonces debe ir hacia otro aeropuerto, a buscar otro avión: "Es ahí cuando me doy cuenta de esta relación simbiótica entre mi hermano y yo. Cuando yo estoy en la luz, él está en la sombra; cuando él está en la luz, yo estoy en la sombra. Sentí que no daba más, tenía que contar todo esto. Yo escribo para contarme las cosas, para ordenármelas. Y esa es la motivación principal, mi hermano Gabriel".

EM_DASH¿El libro es también una forma de perdón o de ofrenda hacia tu hermano?

—Sí, es una manera, siempre. La confesión es una forma de perdón. Confesar algo implica la necesidad de ser perdonado, por eso uno se confiesa, ¿no?

EM_DASHEn una de las crónicas mencionás la idea de un guía espiritual o de Dios. ¿Puede haber cura sin esta clase de sostén?

—En realidad el mundo habla de Dios, yo sólo reflexiono sobre la idea de Dios, cosa que los intelectuales dejaron de hacer. Cuando uno se droga o toma alcohol, en realidad está buscando una epifanía, algo que te ponga en otra dimensión. El vacío que se siente cuando dejás la droga no lo podés llenar con tratamientos con palabras, por eso te dan tanta medicación. Como dijo Jung, tenés que tener una experiencia mística, lo tenés que llenar con una epifanía propia. No es necesario pensar en Dios. Pensá en el ser superior que quieras, el río Paraná por ejemplo: algo mayor que vos, algo que no controles, donde puedas tirar algo pesado que se hunda, que se lo lleve. Mucha gente piensa en Dios... yo antes les decía a mis hijos al rezar, "no pienses en Dios, pensá en las cataratas". Hacé de cuenta que ponés en un paquete todos tus problemas, le hacés un nudo, lo tirás y lo trituran las cataratas. No queda nada. Es expiadora esa idea, porque te hace aflojar esa autoexigencia de pensar que todo depende de vos. Uno puede poner los medios, pero los resultados no dependen de uno. Opera otra cosa ahí.

—¿Hubo autores con los que te sentiste identificado por compartir esta motivación? En una de las crónicas citás a John Cheever, a Abelardo Castillo, a Liliana Heker…

—Sí, sobre todo Carver y Cheever, dos personas que hablan mucho de su alcoholismo. Y después un poco por rechazo a Baudelaire, en Los paraísos artificiales. Nunca me interesó Baudelaire, nunca me gustó como poeta y tampoco me gusta esa idea de paraísos artificiales porque hasta la persona más burguesa termina padeciendo las drogas o el alcohol. No conozco a nadie que consuma habitualmente que al final no lo padezca. Fijate por ejemplo en los supermercados chinos, la gente tomando cerveza todos los días, desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde. Gente que pide para una cerveza más, que nunca es la última. Es como tener una sed interminable. No imaginés alcohol, imaginate en el desierto, con toda el agua del mundo pero con la sed interminable. Es un infierno ¿no? Tomás litros y litros de agua y nunca se va la sed. Y en el caso del alcohol, la sed es cada vez mayor, porque el alcohol te deshidrata. Tomás un litro de cerveza y querés otra, porque te estás deshidratando. Y después querés otra, y otra. Y pensás que vas a calmar la sed con eso que te la provoca. Es infernal.

—En la última crónica Toti habla de las drogas como una posibilidad. ¿No es una idea arriesgada?

—La droga es una posibilidad, pero también una solución. Por algo se instala como algo bueno, y recordamos la primera raya, pero olvidamos la última. Porque en algún momento solucionó algo y alivió el dolor. Yo no tengo nada contra las drogas, pero no puedo consumirlas más. Las drogas deberían ser legales, deberían poder comprarse en una farmacia, no en una villa, y que haya conciencia. Y si en un momento tenés un problema, que exista tratamiento. Porque todo es droga, el sexo o la comida también pueden ser droga. El problema es el nivel de ansiedad que generó el capitalismo: la ansiedad de tener, tener y tener. Esto de estar siempre despierto, activo, efectivo. En los supermercados chinos te venden las latas de Power, ¿sabés la cantidad de cafeína que tiene eso? ¿Lo que causa en el corazón? Están hechos para que los tomes con vodka, para que estés activo y sigas chupando y consumiendo. La droga hoy, en la sociedad capitalista, son las luces que les prenden a los pollos a la noche para que sigan comiendo, la industrialización de los alimentos, las ganas de consumir. La droga que más daño causa es el alcohol. Y son las góndolas más grandes y mejor decoradas de los supermercados.

—¿Qué recepción notás que está teniendo el libro?

—Lo están leyendo mucho, sobre todo familiares de gente que tiene una adicción. En pocos días se vendió toda la primera edición. Esto va a implicar una responsabilidad que excede lo literario. Me llegan muchísimos mensajes por día, algunos muy largos. Yo me puse el objetivo de ir respondiendo de a veinte, y tengo alrededor de cien todavía esperando. Lloro mucho al leerlos. Ando con dolor de garganta, y con las defensas bajas. Estoy recibiendo tanto amor, tanto agradecimiento, que no sé ni siquiera si lo merezco. Y no hay dinero que pague esto. Yo le tenía miedo a este libro, y ahora me siento tan cerca de esa gente, que le agradezco a Dios haberlo escrito. ¿Y sabés? Dios es algo que me excede, pero no tengo conflicto. Ni siquiera lo imagino con forma. ¿Qué forma tiene el río de la Plata? No sé...puedo recordar un remanso, o un recodo. Pero ¿qué forma tiene? ¿Cuán profundo es? Un mapita que compre en el kiosco de la esquina no me va a dar la forma. Esto es lo mismo. Tenía muchas dudas de sacar el libro y ahora estoy muy contento y agradecido. ¿Qué me va a importar una idea literaria, o si pongo o no pongo algo mío? Las ideas literarias no me importan. La gente importa, y la gente sufre. A veces con la droga llegás a pensar que lo único que podés hacer es sufrir. Y quien piensa en una solución para el sufrimiento, piensa en suicidarse. Pero de repente te dicen: mirá, acá se puede, sólo por hoy. Los compañeros del programa te dan cincuenta teléfonos, los llamás a la madrugada y te atienden. Se toman un colectivo y van a tu casa. De esa gente hablé. Gente extraordinaria.

"Debemos entrar en nuestra psiquis a oscuras, iluminar cada rincón y abrir cada puerta, mirar de frente a cada fantasma y darle nombre propio a todo lo que allí habita"

Rosario Spina

más@lacapital.com.ar

ESPECIAL PARA MÁS


Comentarios