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Domingo 30 de Agosto de 2015

“El principal problema de Rosario es la segregación socioespacial”

Esta es la principal preocupación del rector Héctor Floriani cuando reflexiona sobre el desarrollo urbanístico de la ciudad.

“El principal desafío que tenemos en Rosario es la segregación, la división, el desequilibrio socioespacial”. Esta es la principal preocupación del rector Héctor Floriani cuando reflexiona sobre el desarrollo urbanístico de la ciudad. Floriani llega a ocupar el cargo más alto de la UNR tras un largo recorrido académico como arquitecto. Se recibió en 1981 la Facultad de Arquitectura de la UNR con Medalla de Oro al mejor promedio de la promoción. Luego realizó un doctorado en planificación territorial en Venecia (Italia). Fue docente de la universidad e investigador del Conicet, decano de la Facultad de Arquitectura (2003-2011) y director del Centro de Estudios Interdisciplinarios de la UNR (2011-2015).
—¿Cómo ve el desarrollo urbanístico de Rosario?
—En primer lugar quiero decir que el principal desafío que tenemos como comunidad que vive en un espacio compartido, o sea, como socios de un condominio, de un consorcio grande, es la segregación, la división, el desequilibrio socioespacial. No soy ningún revolucionario, yo adscribo ideológicamente al concepto de socialdemocracia, el socialismo democrático. Desde ese lugar de la ideología pienso, desde el reformismo. O sea, la convivencia con la economía del mercado, pero interviniendo para ponerle coto a los desequilibrios que el mercado en ausencia de reglas puede y tiende a generar inexorablemente. Abogo porque colectivamente asumamos el compromiso de trabajar en reducir estos desequilibrios. Y digo que hay dos razones por las cuales vale la pena esforzarse y que tenga prioridad absoluta en nuestro proyecto de comunidad: el primer motivo es de índole ideológica y axiológica, tiene que ver con los valores. Yo no quiero una sociedad desequilibrada, y me consta que la inmensa mayoría de la población comparte conmigo esta visión. Pero también hay razones pragmáticas muy evidentes: nos conviene, a todos; aun a los ricos, entre comillas, también les conviene que la sociedad esté más integrada. Es lo que pasa en esas sociedades que cuando viajamos admiramos y decimos: “¡Ay, qué lindo que es Noruega!”. Pero esforcémonos un poco más para parecernos a Noruega, esto implica ciertos sacrificios.
—¿El urbanismo puede ser una herramienta para enfrentar estos desequilibrios socioespaciales?
—El urbanismo no crea igualdad, pero puede contribuir, en el marco de un proyecto integral, que no es solo urbanístico. Aspiro a que la sociedad vaya colocando cada vez más alto en el ránking de sus prioridades el trabajar conscientemente por producir integración, por reducir el desequilibro socioespacial, es decir son grupos sociales territorializados, ubicados en un mismo espacio. Se entenderá que estoy hablando por un lado del fenómeno de la marginalidad urbana, los asentamientos marginales, o villas como decimos, y por el otro lo que implican estos enclaves de productos inmobiliarios de alta gama. Las sociedades que más han avanzado en el proceso de este desarrollo más integrador, reduciendo la brecha socioespacial entre los sectores altos y bajos,  lo han hecho llevando hacia arriba a los sectores más bajos y no tanto bajando de un gomerazo a los que están más arriba. Pero por supuesto, son sociedades donde los sectores más pudientes aportan con una parte de su renta, de manera significativa, o sea, hay procesos redistributivos progresistas importantes, pero también cuidan muy bien el funcionamiento de la economía. Yo recuerdo en los inicios de mi estadía en Italia, amigos y colegas de allá vinculados a la izquierda, al viejo Partido Comunista, que advertían: “sí, sí, podemos avanzar con este impuesto pero no tenemos que comprometer la competitividad de nuestras empresas”. Esto también hay que entenderlo. Si vivimos en una economía de mercado no tenemos que matar a la gallina de los huevos de oro. En resumen, hay que avanzar en la redistribución sin sacrificar a la gallina, porque nos va a seguir dando los huevos.
—El reconocido arquitecto y urbanista brasileño Jaime Lerner desarrolla el concepto de “acupuntura urbana” para referirse a la necesidad de que el Estado realice fuertes intervenciones en áreas deprimidas de una ciudad para revitalizarlas. El CEC, el Centro Cultural Parque España, la Ciudad Joven, la Isla de los Inventos, el Museo Macro, por citar solo algunos ejemplos, son inversiones públicas que se concentraron en la misma zona de Rosario, no precisamente la más deprimida. ¿En función de compensar los desequilibrios de la ciudad, no hubiera sido más conveniente establecerlos en otros barrios de la ciudad?
—Es un poco embarazosa mi situación porque yo no represento los intereses ni la visión del gobierno municipal en este diálogo, pero debo decir una cosa desde mi visión de urbanista. Con el retorno de la democracia se inició un proceso de apertura de la ciudad al río que surge de la aspiración de la sociedad rosarina de proveer accesibilidad y uso colectivo a la ribera. Entonces la producción de esos cambios fue mérito de quienes tuvieron esta responsabilidad de conducción en las últimas tres décadas. Por otro lado, la provisión de bienes públicos, entre los que se encuentran los espacios públicos y los reequipamientos, están destinados al conjunto de la población.  Pero, ¿la accesibilidad es igual para todos? Bueno, no, claramente para quien tiene la residencia enfrente evidentemente estos bienes públicos están más accesibles que para quien la tiene a tres o cuatro kilómetros, por ejemplo.
—¿Y entonces?
—Por eso la movilidad es también una herramienta fundamental. Y ahí creo que no hemos hecho lo suficiente todavía. El sistema público de transporte de Rosario es mejor que el del resto de las ciudades argentinas, pero eso no es para conformarse. Es preciso que seamos más ambiciosos. Tenemos que pensar en serio en una movilidad colectiva de otro nivel. El transporte en ómnibus se puede mejorar y está destinado a permanecer, pero es imprescindible incorporar la movilidad ferroviaria urbana. Después se verá si es enterrada, en superficie o sobreelevada. Tenemos infraestructura ferroviaria que se puede reconvertir en clave de transporte metropolitano de pasajeros, y esto está mucho más al alcance de la mano. La movilidad es un servicio público que puede contribuir mucho a este objetivo de integración de una ciudad. Debo decir también que la división de la administración municipal en distritos y la generación de centros de distrito ha sido una medida concreta de acercamiento de la gestión municipal a los distintos puntos del territorio de la ciudad.
—Pero ese proceso parece haber quedado congelado, no se profundizó.
—Es verdad, por eso ahí tenemos un desafío: resignifiquemos esa política de descentralización, y tendremos argumentos y componentes para un plan de gobierno de la gestión municipal que empezará en diciembre.
—Es como que hay algo para refundar en la gestión municipal.
—Sí, algo para resignificar, relanzar, repotenciar. Una política de descentralización resignificada y repotenciada es también una herramienta que va en este camino, que para mí es impostergable, de reducción de desequilibrios socioespaciales.
—¿Qué barrio destacaría de Rosario?
—A mí me gusta el centro. El centro tiene cualidades urbanas justamente fruto de su densidad que son muy interesantes. Por supuesto, Fisherton y Alberdi también me parecen interesantes. Pero la densidad habitativa del centro, por supuesto, pero también la de significado, de diversidad, de productos culturales, de vivencias, de encuentros, de oferta de servicios públicos y privados de todo tipo, es su principal potencial. Y esto hay que preservarlo porque es también patrimonial, es un capital social. Debemos saber que hay procesos de degradación del centro que son nefastos que se han verificado en muchos lugares, incluso en ciudades de Brasil, como Recife, y en Estados Unidos. Pero también es cierto que en la mayoría de los países ha habido políticas para recuperar el centro, y en muchos casos lo han logrado.
—¿Cuál es el edificio de Rosario que más le gusta?
—(Silencio)…
—Puede elegir dos o tres si le simplifica la respuesta.
—Ahí está, eso me parece mejor. Igual estaba dispuesto a bancarme la selección de uno solo. Hagamos de cuenta de que tengo que elegir un edificio, diría el complejo Parque de España. Si la pregunta me la extienden a dos, sumo la Comercial de Rosario, en Córdoba y Oroño. Y si me la amplían a tres agregaría el edificio del Centro de Distrito Noroeste Olga y Leticia Cossettini (Provincias Unidas 150 bis). Una frase para contextualizar esta elección: estas son preguntas que no me sustraigo a contestar, entiendo por qué me la hacen, pero a mi consideración es casi de imposible respuesta.
—¿Por qué?
—Porque yo les preguntaría: ¿cuáles son las tres platos de comida que más les gustan? Seguramente hay más de tres, y es muy difícil comparar. Pero por qué digo esto en particular, porque Rosario tiene muy buena arquitectura, de todos los periodos. Rosario tiene un patrimonio edilicio, a veces grandilocuente, y por ende reconocible por la gente, a veces anónimo de mucha calidad. La calidad urbanística no se produce solo ni principalmente por una sumatoria de grandes eventos arquitectónicos fenomenales, sino que muchas veces se construye con buena arquitectura, más bien anónima, pero que genera sistema, que genera conjunto, que genera hábito urbano, y de eso también tenemos mucho.

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